La última vez que comenté algo sobre mi familia, fue hace dos años. Una de mis tías más jóvenes, con quien llevara yo una relación más de primos que de tíos, había sido declarada deshauciada. Un cáncer maligno se la llevó. Resistió un año más de lo esperado, y al final, perdió la batalla.
Para nosotros siempre fue la Flaca. La Flaca estuvo con nosotros en las buenas y en las malas. Nosotros estuvimos con la Flaca en las buenas y en las malas. Hace dos noches el sufrimiento de mi querida amiga terminó por fin. Era justo que terminara, pero ella siempre se negó a morir. “Voy a llegar a mi cumpleaños,” decía, y lo cumplió. Cumplió los cuarenta años y un día de edad. No pudo celebrarlo como le hubiera gustado. Pero no importó. Al cumplir los treinta y nueve hizo la festa para acabar con todas las fiestas. Previendo que pasaría lo que pasó. Estuvimos con ella todo lo que pudimos. Arreglamos todos sus asuntos. No dejamos ni un cabo suelto. Y, cumpliendo su último deseo, no la vimos morir. Nos dijo que saliéramos. Su último deseo: que la recordáramos siempre viva. Y esperamos. A las cuatro horas el médico pronunció las palabras. Y supimos que la Flaca ya estaba en paz.
La Flaca tenía, aún antes de morir, sentido del humor. “No quiero ir al Cielo. Debe ser muy aburrido. Quiero ir al Infierno porque ahí está toda la gente interesante.” También era una atea irreverente. Incontables viejas beatas sufrieron las preguntas incómodas que la Flaca les hacía. Si decían que Dios le enviaba su enfermedad como una prueba, ella decía “Prefiero reprobar y repetir el año.” Tampoco entendía por qué un dios tan poderoso no podía convencerla a ella y a otros tres mil millones de personas que era el chipocludo, el jefe de jefes, y mejor aún que el pan en rebanadas. Y sabía de lo que hablaba. Conocía la biblia al derecho y al revés y podía citar con precisión un versículo que contradecía a otro. Escucharla discutir con un Testículo de Jehová era algo para apreciar con palomitas de maíz recién hechas.
La Flaca deja una herencia, A mí y a mi esposa nos deja una hija, mi ahijada. Ella ya sabe por lo que pasó su madre. Ella sabe que es parte de la familia. Ella se quedó sola en este mundo. pero nosotros estamos aquí para ayudarla. Para velar por ella el tiempo suficiente como para que ella lo haga por su cuenta. Porque la Flaca deja en su hija una parte de sí. La mejor parte: una mente inquisitiva y libre. Una mene que no tiene miedo de preguntar y de investigar, con sed de conocimeintos y ansias de aprender. Hay grandeza en su destino, sí, si ella lo sabe aprovechar. Y lo hará, porque ella es hija de su madre y de su padre. Porque la familia la ayudará a cumplimentar su destino, y ella forjará su destino. Caminará por el sendero que ella elija. Y lo caminará sola por desición propia. Ella no quiere ayuda. La tendrá si la pide. La ayudaremos cuando haga falta. Mas quien sabe a dónde dirigirse es ella.
Adiós, Flaca. Te vamos a extrañar. Te vas, pero no te vas. Te fuiste, pero te quedaste. Mientras tu hija viva, tú estarás con nosotros.
Adiós, Flaca. Nos veremos más pronto de lo que crees.