Son las cinco de la noche cuando me siento a escribir esto. Hace cinco minutos el sol se ocultó detrás de la Isla de Vancovuer y aquí nos quedamos a oscuras. La ciudad esta iluminada, gracias a lo barato que sale la electricidad por estos lados, y yo ya no me atrevo a caminar por la calle porque no puedo verme los pies, y no precisamente por la barriga: ceguera nocturna, que no pretendo corregir aún por cuestión de tiempo de recuperación. Lo haré el próximo año al regresar a México.
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