Tarjetazo, dije yo, y me llevé a Lilith y a mis críos a ver a los Canucks enfrentarse a los Patos.
A falta de emociones futboleras, pues no me atrevo a ir a ver a los Whitecaps por miedo a que me vayan a decepcionar, intenté ver el hockey sobre hielo, ahora que ya hace frío aunque la temperatura no se acerca al punto de congelación. Además era domingo y estábamos todos aburridos.
El primer problema se presentó al ingresar al estadio. Como el tráfico es un desmadre por la zona, y nos fuéramos caminando, pues vivimos lo bastante cerca del estadio como para que no sea necesario tomar el autobús, no esperaba encontrarme yo tal multitud de gente para simples juegos de exhibición antes de la temporada regular. De cualquier manera logramos entrar tras dar una vuelta olímpica. Mea culpa, me equivoqué de entrada y para buscarla me fui a la derecha, como es mi costumbre… para regresar casi al punto de entrada, pues la puerta estaba a la izquierda. Finalmente entramos y ocupamos nuestros lugares. Acostumbrados al estadio Jalisco, mis chilpayates dijeron “Esto está bien chiquito.”
–Pues sí, pero si fuera más grande haría mucho calor.
–¿Y qué pasa, papi?
–Pues que se derretiría el hielo.
–Ah…
Yo sé que lo hacen por seguirme la corriente, pero a veces me entra la duda de si mis hijos creerán en verdad que lo que dice su viejo es verdad o no.
El juego empezó, y empezaron los golpes y madrazos. A pesar de lo emocionante del partido, al menos para mí, Tobi e Ichuel se limitaron a quedarse dormidos en el segundo tercio, a pesar del griterío. Lilith, que nunca había asistido a un juego de hockey, no paraba de preguntarme qué cosa estaban haciendo los jugadores por toda la cancha. Yo, que tengo una total y completa inhabilidad de ver objetos en rápido movimiento, nunca pude ver el puck y no lo vería ni aunque se dirigiera a mi cara. Por eso ya no manejo. Cuando el tercer tercio terminó y el marcador entre Ducks and Canucks estaba empatado a 3, empezó el tiempo extra. Lilith me miró con esa cara que pone cuando me quiere decir mentiroso pero sin decírmelo, porque yo le había dicho que son sólo tres tercios los que se juegan. Por fortuna a los 22 segundos se marcó el gol y se terminó el tiempo extra, con victoria para los Patos de Anaheim (y la única de los siete juegos de la pretemporada) y yo me limité a sonreir con la satisfacción del trabajo bien hecho. Cargamos a los niños a la salida y terminamos despertándolos porque cada día están más pesados (y yo más viejo) para que recorrieran los últimos metros, que son en bajada y la Robson St. estaba un tanto cuanto resbaladizo.
Llegamos al edificio, subimos al elevador y metimos a los niños al sofá que hace las veces de cama. Lilith y yo teníamos hambre y decidimos ir a cenar algo fuera en lugar de preparar algo. ¿A qué romántico lugar fuimos a saciar nuestro apetito? Al 7-Eleven que está en la calle Denman, por un café y un sandwich de pavo y queso havarti. Cada día que pasa me planto con mayor firmeza en la mediana edad.
Caluros saludosos.
Jack.