Naciones Unidas en casa
October 2nd, 2008 | Filed under Life in Vancouver.Es la hora de la cena. Son apenas las seis de la tarde, casi noche a estas alturas, pero definitivamente muy temprano para mis hábitos tapatíos. Tomando en cuenta que son las ocho de la noche ellá, perfectamente puedo hacerme a la idea de que no es tan temprano todavía.
Mientras el ascensor sube hasta la rebanada de aire que me toca en el edificio, saludo a los vecinos, a quienes finalmente conocimos la semana pasada. Tienen un gato blanco que tiene la costumbre de restregarse contra mis pantalones negros cuando me ve. Cosa rara, si no soy yo, el gato en lugar de restregarse se va hasta lo más profundo del piso y hay que acorralarlo entre varios. Así conocí a los vecinos: salí yo del elevador y el gato llegó directo a restregarse contra mis pantalones, y pude agarrarlo antes de que el desgraciado se fuera a otro piso a esconderse. Magnetismo animal, creo que le dicen.
Entro a casa y me encuentro con un espectáculo que llamaría yo como dantesco si no fuera tan interesante: había nada más y nada menos que 4 chiquillos en casa, además de los míos propios. Una coreana, un japonés, un hindi y una persa, además de mi par de mexicanos. Jugaban scrabble junior, juego que tiene la ventaja de que no necesita saber leer para colocar las palabras en la posición adecuada, a pesar de que los chilpayates ya conocen algunas letras. Lo que más me sorprendió fue que todos hablaban una forma más o menos completamente ininteligible de inglés. Porque no se les entendía nada, lo que no impedía que se comunicaran con gran eficiencia. Todos resultaron se compañeros de la escuela a la que Ichuel y Tobi asisten, cosa bastante interesante, y vienen en grupos de dos, uno en el grupo de Ichuel y otro en el grupo de Tobi, cosa aún más interesante. Estaban todos ellos dedicados a las labores propias de su sexo y edad cuando noté que la niña persa, que no iraní, porque nació en Canadá, la niña persa, decía yo, se había quitado la mascada que hacía las veces de burka y estaba tirada sobre una pila de libros de referencia. Intrigado por dicho comportamiento, puesto que normalmente no se quitan esa cosa ni para dormir, y con gran habilidad lingüística de mi parte, logré que me dijera la razón por la cual se había quitado la mascada.
–Pica –dijo. It itches.
–Fair enough… –fue mi respuesta.
Llegó la hora de la cena. Lilith hizo una especie de pastel de carne al más puro estilo griego cuyo nombre tengo 10 años tratando de aprenderme y no puedo. Tomando en cuenta que la niña persa es musulmana y el niño hindi, evidentemente, hinduísta, tenía yo serias dudas acerca de si comerían el citado pastel de carne, que incluye carne de carnero, res y cerdo mezclados con trigo y especias varias. Cuando la niña persa preguntó si nosotros comíamos cerdo, y dijera Lilith que sí pero que si no quería podía prepararle algo más, y la chiquilla dijera que no, porque quería probar el cerdo porque en su casa no lo comían, me relajé un poco. El niño hindi dijo casi lo mismo, excepto que él quería probar la carne. La coreana y el japonés no tenían problemas.
Y comieron. Y les gustó. Y no me extraña, porque esa cosa es deliciosa. Entre bocados, la niña persa preguntó si nosotros también habíamos seguido el Ramadan. Ayer miércoles creo que fue el Ein, último día del ramadán para los musulmanes. A menos que haya sido el martes. No sé y la verdad no me interesa. Yo, con ese ateísmo recalcitrante pero con buen rollito que me caracteriza, le dije que no, que nosotros celebramos algo muy parecido, que es el ramendán, y que todos los viernes comemos espaguetis con albóndigas para alabar a nuestro dios, “the Powerful and Almighty Monstruo de Espagueti Volador.” Todos los chiquillos (salvo los míos, obvio) se quedaron con los ojos pelones sorprendidos de que alguien pudiera creer algo así con un nombre tan raro. Poco importó, porque les dijimos que el Mondesvol perdonaba todos los pecados y travesuras sin importancia a quienes lo adoraban y que si querían venir a cenar el próximo viernes, podrían comer con nosotros y podrían decirle a sus padres que iban a cenar algo que siempre cenaban, para que no los fueran a regañar en sus casas. Somos una mala influencia, sin duda, y los chiquillos lanzaron vivas, hurras, hossanas y similares. Creo que los viernes va a ser día internacional en casa. Al dar las siete y media Lilith dijo que ya era hora de llevar a los niños a su casa, ligero detalle que yo no había tomado en cuenta. Entonces me asaltó la duda: ¿y cómo van a regresar a casa, si no tenemos auto? Despidiéndose con la chiquillería y dándome un beso, Lilith resolvió mi duda: todos viven en el mismo edificio que nosotros, sólo que en diferentes pisos.
Qué pequeño es este edificio, no cabe duda.
Caluros saludosos desde esta tierra húmeda.
Jack.
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