Y siguiendo con el tren de pensamientos
Publicado por Don Pastrami el 15/04/2008, a las 02:38:56 pm categorizado como La Famiglia. Este artículo fue comentado una vez.Estuve pensando seriamente qué fue lo que me impulsó a solicitar el permiso de migración, si la verdad es que no quiero migrar y no me considero material de migración. Además de todo, vivo muy bien aquí y tengo todo lo que un hombre pudiera desear, excepto, tal vez, un seguro médico contra accidentes más barato. Si yo no quería migrar, y no quiero migrar, ¿qué o quién me convenció de migrar? La respuesta, aunque usted no lo crea, fueron mis hijos.
Fue un viernes en la tarde de enero. Ya había hablado yo largo y tendido con mi compadre hace unos días alrededor de una pizza y unas cervezas sobre la posibilidad de regresar a Canadá con mi familia, y mis dudas al respecto. Mi compadre me lanzó un discurso no con lo que debía hacer sin con el cómo moverme en la embajada de Canadá para darme más importancia de la que tengo y agilizar los trámites. Pero yo no me decidía.
El factor desencadenante fue un día que mi compadre cayó por sorpresa en la casa. Me sorprendió mucho ver a mi compadre en casa. Más me sorprendió ver a mis hijos y a sus amigos alrededor de mi compadre. Mucho más me sorprendió ver que todos estaban viendo una película. Y mucho más aún me sorprendió ver que todos, sin excepción, estaban viendo la película en inglés. Por tanto, para no interrumpir el proceso, hablé en el mismo idioma:
–Hey…
–Hey… –respondió mi compadre, sin despegar los ojos de la pantalla. Estaban viendo V for Vendetta, la película favorita de mi compadre, que es un anarquista de primera línea.
–Whatcha doin’ –pregunté en mi mejor acento de los barrios bajos de Manhattan.
–No’in’. Whatching the movie, having a bud. –respondió entre dientes mi compadre.
–True, true…
–Now, either you take a seat over there and shuddefudgeup, or geddafudgeout. –respondió mi compadre.
Los ninos se rieron pero no despegaron los ojos de la pantalla, donde V estaba ocupado bailando con Evey. Opté por callarme. Un rato después, cuando la película terminó, mi compadre dijo:
–Okay, kids, now you are more mature than yesterday but less than tomorrow. So I want you to fly away and play some nice games while we the adults have a nice chat, all right?
–Yes, Mr. Quoth… dijeron todos los niños, y se fueron a lugares más interesantes mientras mi compadre se acomodaba a sus anchas en el sillón.
–¿Qué pasó aquí? –fue lo único que pregunté. Y lo pregunté en español, puesto que siempre regreso a mi idioma original.
–Que tus hijos hablan inglés mejor que tú. Carajo, hablan inglés mejor que yo, que lo estudié durante un chingo de tiempo, y yo no tengo antecedentes de angloparlantes en al menos tres generaciones mientras que tu familia no ha dejado de hablarlo desde que tu bisabuelo descendió del Mayflower.
–Mi bisabuelo… –empecé a decir…
–Ya lo sé, cabrón, ya sabes a lo que me refiero.
–Pues, a decir verdad…
–Ay, güey… –suspiró mi compadre–, a que tus hijos necesitan mundo. ¿Sabes cuántos idiomas hablan tus hijos?
Me quedé callado. Primero, porque me sorprendió la pregunta, después, porque no conocía la respuesta. Español, obvio, y yo hablo en inglés bastante seguido, al menos por teléfono, así que probablemente pudieran haber aprendido algo…
–Mi ahijado habla inglés y sabe algo de francés. Mi ahijada sabe moverse en inglés, griego y francés. Los gemelos hablan una mezcolanza de francés, inglés, griego, alemán, japonés, italiano, español y lengua viperina. Ichuel habla con tu madre en francés y con tu suegra en griego. Tu señora habla griego, francés, inglés y español. Tú mismo conoces los rudimentos del portugués, italiano, inglés, francés, español, alemán y nahuatl. En tu familia, compadre, son diplomáticos por naturaleza porque saben hablar un montón de idiomas.
Ligeros detalles que yo no había tomado en cuenta, más que nada porque siempre los dí por sentados. Mi compadre continuó:
»¿Qué chingados haces aquí? Ahorita tus hijos podrían estar en un ambiente internacional de poca madre, aprendiendo un chingo de idiomas, y si no se convierten en diplomáticos como tu abuelo y tu padre, por lo menos como traductores se ganarán la vida. Carajo, cabrón, tienes los medios, la oportunidad y la ventaja, aprovéchala.
–A ver, cabrón, para tu carro –dije yo, que ya me había cansado de que me sermoneara mi compadre–, ¿me quieres decir por qué te metes en lo que no te importa?
–Ah, que no me importa, cabrón, nomás eso me faltaba. A mí en realidad me importa más bien poco lo que hagas o dejes de hacer tú, pero me importa mucho lo que hagas o dejes de hacer con tus hijos, que además de todo son mis ahijados. Los cuatro. A tí no te gusta viajar porque te pasaste toda tu infancia viajando. Incluso de adulto te pasaste toda la vida viajando. Pero terminabas regresando a tu casa porque sabías que era un lugar a dónde regresar, nomás que ya se te olvidó dónde es tu casa.
»Tus hijos, en cambio, te han visto viajar pero se han quedado aquí siempre. Viajas solo porque te da miedo llevarte a tus niños contigo. Te fuiste a Canadá solo porque no quisiste que tus hijos sufrieran un shock cultural. Te los llevaste de vacaciones a que pasaran las fiestas juntos, pero los regresaste con tu hermana porque no querías que perdieran ni un día de escuela. ¿Nunca se te ocurrió, cabrón, que ellos querían sufrir ese shock cultural? Tú pensabas que tus hijos estaban felices porque te iban a ver cuando te los llevaste a Montreal, y que estaban tristes porque te iban a dejar de ver, pero la verdad es que estaban felices porque iban a conocer Montreal y estaban tristes porque iban a dejar de ver Montreal. Tus hijos quieren viajar porque tienen envidia de que tú conoces todo el puto mundo y saben que le diste la vuelta al mundo en ochenta cantinas, ¿y ellos qué conocen? Florida, California y Texas.
»O sea, ¿Tú sabes que Jay lee en inglés porque quiere ser astronauta? ¿Tú sabes que Nirvana quiere ir a Francia para poder hablar frances como su abuela? ¿Tú sabes que Ichuel cree que Grecia está aquí cerquita, porque al fin y al cabo su abuela es griega y siempre llega rápido cuando le habla y quiere que venga a casa? Nomás me falta saber qué quiere Tobi, pero no habla porque no quiere, aunque entiende todo en todos los idiomas y responde si haces preguntas directas bien hechas. Yo hacía lo mismo de chico, pero a su edad yo estaba más interesado en la química que en la física, aunque en ambas actividades no hay nadie con quién hablar. Ahorita tus hijos son como esponjas, cabrón. Si te los llevas a Canadá por un par de años, que no alteren el flujo de su educación aquí y allá, los cabrones van a ser más cabrones que tú y yo juntos, cabrón. Y ya me encabroné, yo ahorita necesito más bien unas chelas, no te me vayas que voy a la cocina.
Más o menos eso es lo que recuerdo que me regañó mi compadre, que efectivamente se fue a la cocina, se trajo una cerveza (sólo una, porque no es gran bebedor), la destapó, se la bebió de Hidalgo y continuó con su diatriba.
–¿En qué iba?
–En que mis hijos son unos cabrones.
–h, gracias, no sé qué haría sin tí. Iba yo. Ustedes, la familia Maybrick Mitkas, son la única célula de multiculturalidad que conozco en Guadalajara, lo que no habla muy bien de mis habilidades sociales pero eso no viene ahora al caso. El caso es que a ustedes no puedo más que imaginármelos haciendo chuza en lugares donde la multiculturalidad sentó sus reales, y ya estuviste en esa ciudad. Es el lugar donde, si bien no me los imagino viviendo per sécula seculorum o tal vez más tiempo, sí me los imagino pasando un buen rato. Aprovecha, cabrón. Aunque no lo quieras ver eres material de migración y les estarás dando una ventaja a tus hijos que a mí me hubiera gustado tener de chiquillo. Cabrón, estás en mejor posición económica que yo y te puedes dar el lujo de irte. Te envidio, cabrón, y más voy a envidiar a mis ahijados si se van. Yo no sé si su lugar está en México, pero de que merecen algo más y de que se los puedes proporcionar, pues ya estuvieras haciéndolo, cabrón. Y sin peros, que la oportunidad que te dieron la hubiera aceptado yo de haber sido tú, sin rechistar.
–A ver a ver a ver, ¿quieres que me vaya y que deje aquí todo lo que tengo?
–Sí, pero no. Dejas aquí cosas materiales, y no te vas para siempre. Te vas creo que por cinco años. Ese es tiempo más que suficiente como para que tus hijos aprendan que no todo en la vida son calles con el pavimento lleno de baches: que también hay banquetas llenas de chicles en el primer mundo. Mira, fíjate bien. Te vas como historiador. ¿No fue lo que siempre quisiste ser, cabrón? ¿Un historiador cabrón? Ahí estás, en la UBC, y además te pagan. Apenas arriba de la línea de pobreza pero te pagan. Luego, te llevas a Lilith. ¿No podrá encontrar un empleo allá? ¿En el barrio griego, por ejemplo, para practicar su lengua materna? Apuesto que le dan chamba en la UBC, y aún si no se la dieran, eres rico y te puedes dar el lujo de pagar el curso que necesites para que revaliden estudios. Y ganan un chingo los médicos allá. Tu hermana pudo. Tus hijos están en la primaria. ¿Crees que no pueden tomar la primaria allá? El plan de estudios es igual pero en inglés y podrán hablar más idiomas con sus amigos. Es más, los gemelos se la pasarían pipa allá, y me dejo colgar un huevo si no logras que les hagan válidos los estudios aquí en las escuelas que dependen de Canadá. Es más, –dijo, bajando la voz–, mi ahijado hasta más contento va a estar porque se va a despegar un rato de la niña esa de los moños, que es más bien asfixiante aunque eso puede ser por mi particular punto de vista.
–Bueno, pues la verdad es que visto así…
–Nomás tienes que pagar tus deudas, que ni son muchas porque la neta pagas todo en efectivo. Pagamos los carros, que ya ni falta mucho para que los termines. Los vendemos y te giro el dinero. O me lo quedo, en su caso. Tu casa se queda. Mientras estás fuera yo te la cuido, y sirve que cambio tu pinche tubería de agua que la verdad está más allá del bien y del mal. Mientras tanto, te largas con tus hijos y tu esposa y vives una aventura de cinco años que te va a reportar, veamos, si mis cálculos no me fallan, cincuentamil dólares de ganancias. ¡¿Qué más quieres?! Si no te vas tú me voy yo, cabrón. Voy por otra chela, ya me encabroné… –dijo mi compadre y me dejó confundido, como suelo quedarme cuando no hablo mucho.
Mas mi compadre no regresó. Fui a la cocina, donde noté que la cerveza seguía, cerrada, en la mesa, pero que estaba hablando con Moños sobre Vancouver. De hecho, entré yo y Monos me preguntó:
–¿Es cierto que se van a Vancouver, señor?
–No sé todavía… –respondí, mientras abría yo la cerveza de mi compadre y me la bebía de un solo trago.
–¿Los puedo ir a visitar?
–No veo por qué no… –dije, tras acabarme la cerveza.
Mi compadre se paró, me dio un apretón en el hombro, y me dijo “Me saludas a mi comadre” antes de cerrar la puerta.
Yo me quedé ahí, meditando sobre el regaño que mi compadre me había recitado. Más tarde lo platiqué con la Famiglia. Incluso me comuniqué con Holi, cuando la diferencia de horario entre México y Alemania lo permitió. La respuesta fue unánime. Incluso Uno, que no entendía muy bien la conversación pero la seguía lo mejor que podía, dijo que era una oportunidad que no podía desperdiciar. El siguiente lunes hablé con mi compadre, que ya tenía toda la información y los formatos necesarios llenos a mi nombre, listos para firmar y adjuntar fotografías.
–¿Cómo sabías que te iba a decir que sí?
–Te conozco, puto, te conozco. Además quiero que estés allá y compres los boletos para las Olimpiadas.
Y así será. Compadre, desde aquí, y públicamente, te agradezco lo mucho que haz hecho por mí en todos estos años. Y nos veremos en Vancouver a tiempo para las Olimpiadas.
1 comentario hasta el momento ↓
Compadre, tú sí que ya ni chingas. ¿Cuándo me has oído decir tantas pinches chingaderas al msmo tiempo, cabrón? ¡No mames! ¡Exijo una explicación! (plop)
Por otro lado,la verbosidad que me atribuyes semeja de manera razonablemente fiel la realidad.