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Schiller 529

February 14th, 2007 | Filed under La Famiglia.

Por causas que quedan fuera de mi control hube de transladarme a la infernal ciudad de México para arreglar algunos asuntos en la Embajada de Canadá, sección de inmigración, Schiller 529, Polanco, esquina Rubén Darío. La causa principal radica en que los canadienses me cambiaron la pichada y estuve a punto de poncharme por tercer strike.

Yo ya tenía perfectamente arreglado mi permiso de trabajo para Québec. Los quebequenses, no me cansaré nunca de decirlo, son una sociedad diferente por iniciativa propia. Uno, el nuevo y sufrido novio de Cata, insiste en que los quebequenses son canadienses pero los canadienses no son quebequenses. (Le quebecoise est canadien, mais le canadien n’est pas quebecoise.) Yo tenía todo listo y preparado para irme este marzo a Québec a dar un semestre de clases en el Baccalauréat en Histoire du Mexique dans le Siècle XIX en la Universidad Lavat (Cuantas Mayúsculas) cuando me avisan hace cosa de dos semanas que la University of British Columbia at Vancouver quiere mis servicios por otro semestre. Con lo cual, como es evidente, se trastocaron totalmente los planes que tenía para mi viaje.

Porque si bien ya tenía todo listo para ir a Québec, tras haber visitado anteriormente Schiller 529 y además Taine 411, ya que los quebecuás tienen su propia Délégation générale du Québec à Mexique, supongo que para compensar algún complejo de inferioridad por no ser independientes (y me dicen las malas lenguas que en las siguientes elecciones, si ganan los independentistas, puede reunirse el quoúrum necesario para convocar un nuevo referendum al respecto; más información después de unos mensajes). Así pues, si bien yo tenía mi visa de trabajo en Québec, ahora debía solicitar una nueva visa de trabajo para Canadá (porque Québec no es Canadá…) y ahí fue donde la puerca torció el rabo.

Supongo que de haber tenido contactos en el mundo diplomático como antaño no hubiera tenido ningún problema, pero como ya no los tengo (y la única de la Famiglia que quedaba con pasaporte diplomático era Cata, y se le venció a mediados del año pasado) tuve que entrevistarme con el cónsul de inmigración en persona para desfacer el entuerto, ya que era sumamente raro que tuviera dos propuestas de trabajo en esas condiciones. Intenté entrevistarme con el cónsul el lunes, pero la única hora que tenía disponible era a las 8:45 de la mañana y yo no estaba en condiciones de llegar lúcido en ese momento: por puro amor a la ciencia (puñeta mental, le dicen en los círculos en que me desenvuelvo) pensé que si me iba el lunes en el vuelo de las 5:45 del lunes, llegase a las 6:35 al DF, tomase el metro a las 7 de la mañana, y tomando en cuenta todos los problemas para transbordar hasta Polanco, incluyendo un eventual cambio de dirección por culpa de alguien que tampoco conociera la ciudad, llegaría a la embajada a las 9:30 con un triste portafolios a manera de equipaje, si me iba bien. Además la desmañanada no tenía sentido. Pensé en irme el domingo anterior, pero hubiera sido un desperdicio de tiempo, dinero y esfuerzo en un día inútil y perdido (además de una noche de hotel adicional). Decidí irme por ETN en el camión de las 11:59 del domingo. Aterricé (es un decir) en la Terminal del Norte a eso de las 6:50, tomé el metro a las 7:00, transbordé a las 7:25, me sentía yo esperanzado de llegar a tiempo a la cita, tomé el metro a las 7:40, llegué a Polanco a las 8:20, pedí informes sobre la calle Schiller a las 8:40, volví a pedir informes sobre Schiller a las 9:00, y me enteré de que me habían enviado al lado equivocado de Polanco. Para cuando llegué a la embajada eran las 9:15 y llamé a la secretaria del cónsul para confirmar mi cita, por si de pura casualidad el cónsul tampoco había llegado. Y para mi fortuna me contestó que el cónsul no había llegado (serendipias, serendipias) y entré justo a tiempo (tras haber depositado mi portafolios en el casillero correspondiente) para verlo entrar en cuanto me senté en el mullido sillón de cuero (en realidad una silla de sala de espera tapizada en tela). Apenas entró me pidió perdón por haberme hecho esperar, dsculpas que acepté graciosamente (me reí y le confesé que yo también había llegado tarde) y hablamos sobre mi caso en particular. Del otro lado de su oficina alrededor de 10 personas esperaban que les otorgaran visa de tránsito, visita, estudio o trabajo, no necesariamente en ese orden y mandaron llamar a uno de los inspectores, una gorda muy buena gente que casualmente me había atendido la vez pasada. Un par de llamadas telefónicas de larga distancia después se resolvió mi problema con relativa facilidad: debía iniciar todo el procedimiento de nuevo pero esta vez con el conocimiento de que ya había estado empleado por una universidad canadiense y de que iría yo como parte de un intercambio entre profesores.

Para cuando terminó mi entrevista ya no era hora de que pudiera entrar a la sección de inmigración, y tal vez lo que era más importante, yo tenía hambre, así que quedé con la gorda que llegaría mañana a las 8:45 de la mañana para ser el primero y que llevaría exactamente los mismos documentos que la vez anterior, exceptuando mi nuevo título que todavía no me ha llegado (se supone que llegará hasta el 2008, porque los españoles hacen las cosas muy lentamente para no equivocarse. Eso me dijo una de las sinodales en mi titulación…).

Compré un cheque de caja en un banco de la zona, desayuné en una cafetería de la calle Presidente Masaryk y me dí a la tarea de buscar un hotel cercano entre mis recuerdos de la ciudad de México (muy cambiada, por cierto: yo la recordaba siempre con el cielo gris y ahora el cielo estaba azul). No pude. Apenas me había sentado a la mesa escuché una voz a mis espaldas.
–Perdone, ¿No es usted Leonardo DiCaprio?
–Oiga, qué pasó, ya nos llevamos así de feo…
–Jack, carnal, qué milagro que te dejas caer por estos rumbos…
Era uno de mis primos, a quien llamaré Alex. Les digo que debe ser una especie de maldición egipcia…
–Compadre, cómo estás…
–Vente para acá, acabamos de llegar… ¿Vienes con tu señora y tus chilpayates?
–No, venía de ida y vuelta a la embajada canadiense…
–¿Y dónde estás hospedado?
–En ningún lado, acabo de llegar…
–Perfectamente, entonces, hospédate con nosotros, tengo un cuarto libre…
–¿No se enojará tu señora esposa?
–Por favor, no es ninguna molestia. Eres familia…
–Eso me temo… –me dije a mí mismo. Por fuera sólo dije “Bueno…”

El desayuno llegó, me enteré de la vida y obra de aquel par de chichimecas (”es que ya aguantamos un chingo de imecas, primo”)y cuando intenté pagar la feroz cuenta no me dejó. Salimos, acompañé a mi primo en sus actividades cotidianas para no entorpecerle el día (además no tenía otra cosa qué hacer) y me saqué cada susto con la forma de manejar de los capitalinos que me juré a mí mismo no volver a esa infernal olla de grillos a menos que mi psiquiatra me declare mentalmente incompetente. Creo yo que la causa principal de los problemas de tráfico de la ciudad de México se debe a que los conductores piensan que los semáforos y la cortesía son meros formulismos. Pero divago. A eso de las cinco de la tarde mi primo fue a hacer un retiro bancario (su señora, a quien llamaré Laura, trabaja en un importante banco azul) y el trío fuimos a su casa. En teoría, al menos, porque antes me llevaron a concer un centro comercial con nombre bancario que antes era una factoría papelera, y yo no quise decirles que ya lo conocía para no arruinarles la experiencia. Allá Laura vió unos zapatos que le gustaron, y yo, con la excusa de entrar a comprarme otros (encontrar zapatos de mi medida es bastante complicado, y casualmente entre los remates estaban dos pares que entraron, así que los compré) le dije al dependiente que le mostrara los zapatos. Laura se los probó, vió la etiqueta con el precio, suspiró, dijo algo sobre el día de quincena, y yo le dije al dependiente que los cargara a mi cuenta. Alex y Laura protestaron, a lo cual contraprotesté, con la excusa de que si de por sí nunca los veo, y en cuanto me largue al Norte Verdadero (así dice el himno canadiense en inglés) menos los voy a ver, y además me iba a hospedar en su casa una noche, lo menos que podía hacer era regalarles algo por las molestias causadas. Alex y Laura siguieron protestando, pero Laura dejó de protestar cuando firmé el voucher de la tarjeta.

Era hora de ir a casa. Tras una hora de camino (y un principio de infarto) llegamos a su departamento, que está hasta la quinta chin… no, un momento… hasta la carretera libre a Cuernavaca, sí, ahí está. Mi primo, que es arquitecto, vive en una rebanada de aire ubicada en un quinto piso, rebanada que apenas mide 55 metros cuadrados y de la cual Laura es ama y señora. Yo me sentía claustrofóbico en ese ambiente, pero supongo que para ellos está bien, dado que no tienen hijos (”Ni los tendremos, primo, no mientras sigamos viviendo en el DF.”) Bravo por ellos.

Laura se desvivió preparando una cena pantagruélica a base de pasta italiana para pagarme los zapatos (y yo pensé que en mi vida compraría un par de zapatos de 800 pesos… por lo menos los puedo deducir gracias a que la factura no especifica si son zapatos de ante rojo o botas industriales reforzadas) que consumimos con gran avidez mientras Adela Micha daba las noticias y yo platicaba mi vida y obra y le volvía a sugerir a mi primo que se regresara a Guadalajara; con el auge de la construcción y mi reciente jubilación entrecomillada podía hacer negocio con gran facilidad. Vi en Laura un brillo en los ojos, como diciendo quiero pero no me dejan, y Alex prometió que lo va a pensar, como dice cada vez que lo contacto.

Finalmente llegó la hora de domir. Y casi igual de rápido llegó la hora de despertar. Eran las 7 de la mañana cuando aquel par ya estaba en total actividad para que yo pudiera llegar a mi cita de las 9 de la mañana (confieso que se me había olvidado que estaba hasta la goma de lejos) y a eso de las 8 de la mañana ya estábamos preciosamente atorados en el tráfico a la altura de Ciudad Universitaria. Me despedí de Alex, que se quedó con el coche mientras Laura y yo nos íbamos al metro. Llegamos antes que Alex al mismo punto. Me despedí de Laura, que tomó su metro con rumbo desconocido, y yo tomé el metro con rumbo a Polanco. Tras dibersos transbordos (incluyendo uno porque me había equivocado de dirección) llegué a la avenida Horacio a las 9 en punto. Decidí tomar un taxi para no llegar tan tarde (y lo tuve que guiar) y 10 pesos después ya estaba listo para entrar a la sección consular. Un rápido escaneo (los guardias me reconocieron y me saludaron cordialmente) y ya estaba yo frente a la gorda, que estaba atendiendo a una chica china que quería una visa de turismo. Cinco minutos después la chinita se sentó, frustrada, mientras la gorda me mandaba llamar por mi nombre y recogía mis papeles y mi cheque de caja por valor de 1400 pesos. Entregué mis papeles, me dió cita para la una de la tarde, y me preguntó si yo, que había viajado tanto, no entendía mandarín… Le dije que no, pero que haría el intento.

La chinita, a quien llamaré Lin, estaba estudiando español e inglés, vivía en México porque habían transferido a su familia gracias a que su padre era algo muy importante de una empresa manufacturera china, y quería ir a conocer Vancouver y a su familia allá, aparentemente un primo lejano o algo así. Hablaba un inglés y un español muy básicos, y si le hablaba lentamente y con términos sencillos podía entenderme y viceversa. Como la gorda me viera platicando con Lin, nos llamó a los dos y me explicó a mí qué es lo que hacía falta para que le dieran a Lin su visa, y yo a mi vez tomaba los papeles de Lin y los introducía en la ranura correspondiente, para que la gorda los revisara. Cuando llegamos a la forma migratoria 3 parecía que todo iba viento en popa. La gorda le dio cita a Lin a la una, y yo decidí acompañar a Lin a desayunar algo. Siempre he sido muy caballeroso.

En el desayuno, que tuvo lugar en el mismo restaurante de ayer, pero sin mi primo, descubrí que Lin llevaba apenas un año en México y que la mayor parte de ese año se lo había pasado encerrada en su casa de acuerdo a las costumbres chinas de no salir a la calle en una ciudad que no conoces o algo por el estilo. Hacía cosa de tres meses había entrado a un curso de español y a uno de inglés, que llevaba al mismo tiempo, y le gustaba mucho el país, y hasta la ciudad, porque sólo se movía a pié por la zona en la que vivía. En la plática me enteré de que al inútil del padre lo iban a regresar a China a fin de año pero ella no quería irse porque aquí estaba muy a gusto, y como ya era mayor de edad (iba a cumplir 19 años en marzo) se quería quedar. Yo le ofrecí ayuda (ya me veo a fin de año, pero en fin…) y ella me agradeció mucho. Si puedo hacer de celestino, yo diría que mi compadre Grillermo estaría encantado de conocer a esta chica.

Entre plática y plática dieron las doce y media, pagué la cuenta, le regalé a Lin un libro en español que ví en la torre de libros junto a la caja (y yo me compré otro, para aprovechar) y emprendimos el camino con rumbo a la embajada.

A la una, tras una revisión igualmente exhaustiva que la anterior por parte de los guardias (hablarles como amigos y preguntarles cómo les va da buenos resultados en todos lados excepto en los Estados Unidos de América) Lin y este humilde narrador reingresamos a la sección de inmigración. La gorda nos llamó, me entregó mi sobre de exámenes médicos (otra vez) y le dijo a Lin que se le había otorgado una visa de una sola visita, entre abril y mayo, por 15 días. Lin se alegró, dijo algo acompañado de muchas inclinaciones de cabeza que yo le traduje a la gorda como “Te está muy agradecida” y ambos procedimos a retirarnos. En Presidente Masaryk paré un taxi para Lin, que me agradeció (pronunciando “gacias”) y se fue a donde queda su casa.

Yo decidí caminar por Homero y tomar el metro para ir a la terminal del norte. Dado que mi equipaje consistía en el mismo portafolios con el que llegué, y que no había nada más que me detuviera, me largué cual viento fresco a eso de las 4 de la tarde. 7 horas después, ETN me depositaba en la nueva central camionera de Guadalajara, y Lilith pasó por mí a las 11:00 de la noche, justo después de que ella saliera de su turno en el hospital civil.

Y se supone que no tenía nada qué contar…

7 Responses to “Schiller 529”

  1. David O | 15/02/07

    Oye, ahora que lo pienso, me pasa lo mismo con el cielo del DF, antes de irme era casi café, cobrizo y ahora ya no tanto… Quizá sea por las temporadas en que lo visito

  2. Don Pastrami | 15/02/07

    Algo está pasando porque, como diría el Maestro Polo Polo, it is not normal…

  3. Grillermo | 16/02/07

    Oye, compadre, no la amueles…. No porque tú estés casado yo también tengo que estar casado…

  4. Cataclísmica | 16/02/07

    Ay, no te hagas güey, primo. Bien que sabemos tú y yo que si no te has casado es por no tener con quien.

  5. Holocáustica | 16/02/07

    Creo que es más fácil que se case Katzi a que te cases tú, Memo…

  6. Holocáustica | 16/02/07

    ¡Katzi! ¡Estás en internet! Ahorita te hablo.

  7. Don Pastrami | 16/02/07

    Compadre, la verdad es que Lin es una muchacha que ni mandada a hacer para tí. Además de estar guapa la niña tiene unos increíbles deseos de aprender, y yo sé que si bien tu ya no enseñas mas que el cobre, por lo menos te entretendrías explicándole tus cosas. Creo yo que si le dieran chance de estudiar se decantaría por una ingeniería o cosa similar. De todos modos ya le pasé tu correo y no creo que el padre de Lin se niegue a dejar aquí a su hija cuando te vea (aquí entre nos, mi compadre es un monstruo de 100 kilos de músculo, de esos que cargan cuatro sacos de cemento sin quejarse…)

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