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Dr. Maybrick, Ph. D. Aftermath (viii)

January 24th, 2007 | Filed under La Famiglia.

Iba yo tranquilamente caminando por el Paseo de la Castellana cuando de pronto llegué al Pequeño Manhattan y de ahí, al Santiago Bernabéu. Y me dije a mí mismo, “Mí mismo, aunque no haya juego, puedes decir que ya estuviste en el Bernabéu.” La tienda de regalos estaba abierta y me traje una gorra para mi colección. Regresé al aparthotel, no sin antes zamparme en el camino un bocata de chorizo y una coca-cola (símbolo del imperio, que diría Chávez).

Lilith me esperaba. Tenía la intención de celebrar mi doctorado, a juzgar por el hecho de que había puesto a enfriar una botella de vino espumoso baratón y había comprado una charola de carnes frías y quesos selectos. Básteme decir que todavía hasta hace unos días tenía yo el temor de que la Famiglia aumentara, pero la Diosa Fortuna nos sonrió por una vez.

A la mañana siguiente nos levantamos temprano y nos dirigimos, en medio de una agradable temperatura de 8 grados sobre cero, con rumbo a Barajas. Yo tenía la firme intención de vender mi boleto de avión si se daba la oportunidad, pero ¡Caray! Air Madrid despegaba de otra terminal. En el camino una curiosa congregación de chiquillas de diversos pelajes, colores y tamaños nos recibió, preguntándome en un inglés tan bueno como un burro en bicicleta si les podía ayudar a contestar una tarea para el cole. Supongo que nos vieron cara de guiris, así que aprovechamos para ayudarles y reirnos un rato. Contesté yo que sí, entonces, y me preguntaron mi nombre.
–James Maybrick…
–¿An jau du yuspél it?
–jota a eme e ese eme a yé bé erre i cé ka.
–ah, vale… ¿güer ar yúfrom?
–South Park, Colorado.
–¿Du yu laik or contri?
–Yeah –y con tono de maestro de ceremonias de “Cabaret”– It’s Beauuutiful.
–¿Uat uas yur favorit fud?
–Paella, but of course…
–¿Uil yu com aguéin?
–Will you invite me?
–¿yes?
–Okay, I’ll be back.
–¿Mai ai teik a picshur uityú?
–Yeah, why not?
–¡Gracias!
–¡De nada!
–¡Ah! ¿habla castellano?
–¡Claro! Y ustedes necesitan mejorar su inglés, pero van muy bien. Me saludan a su miss en el cole, ¿vale?
–¡Vale! –y se fueron a buscar a otra víctima.
A continuación llegó una nube de chiquillos a proponer lo mimso. Como supongo que eran de la misma escuela, les propuse a ellos que entrevistaran a Lilith, pero les advertí que como ella hablaba en griego yo les iba a traducir.
–Vale. ¿Cómo se llama?
–Lilith Miktas Palatinaikos.
–Vaaaale, qué nombre tan guay… ¿De dónde es?
–Atenas, Grecia.
–¿Le gustó España?
–Kala Christougenna Kieftihismenos… (Feliz Navidad)
–¿Qué dijo?
–Que le gustó mucho su país.
–Ah, vale… ¿y qué fue lo que más le gustó?
–Kala Kenourios Chronos… (Feliz año nuevo…)
–El jamón serrano…
–Ah, vale… ¿y piensa volver a España?
–Kyrie Eleison, koinè glôssa… (Señor, ten piedad… en lengua común)
–Que espera volver, y muy pronto.
–Ah, vale… ¿puedo tomarme una foto con ustedes?
–Elenchi (refutable)
–Claro…
Y nos tomamos la foto con el niño. Por fortuna, antes de que llegara el tercer grupúsculo de colegiales a pedirnos una entrevista, pasamos al mostrador de Delta.

Claro está que en España las cosas son diferentes. Al contrario que en los Estados Unidos, aquí una maleta llevaba sobrepeso, mientras que otras dos no lo llevaban. Pues en el mostrador nos ayudaron a acomodar el contenido de las maletas para que ninguna llevara sobrepeso, y ya está. Las cuatro maletas se fueron perfectamente documentadas (yo aún me asombro del hecho de que llegamos con DOS maletas y se fueron CUATRO) tomamos nuestro equipaje de mano y nuestros boletos y nos lanzamos con rumbo al punto de embarque. Lo malo fue que, justo en el punto donde nos verificaron nuestros pasaportes (y de nueva cuenta no me dijeron ni pío ni por mi cara ni por mi nacionalidad ni mucho menos por mi nombre, lo cual agradezco infinitamente), dimos vuelta a la derecha cuando resultaba que el punto de embarque estaba justo enfrente de la puerta. Bueno, un error lo tiene cualquiera.

De cualquier modo entramos a un duty free a ver cosas que ni necesitamos ni queremos comprar, con una excepción: vinos y licores. Claro está que lo que siempre busco nunca aparece. Me refiero al vino de hielo, que por ser fino, caro y escaso no aparece ni de casualidad en la mayor parte del mundo excepto en Alemania y Canadá. Un rato después, en la puerta de embarque, cómodamente sentados, yo tratando de obtener una conexión gratuita a internet y Lilith comprando una botella de agua en una máquina despachadora, nos dijeron que el vuelo tendría un ligero retraso mientras se le cambiaba un filtro de aceite o algo así a uno de los motores. Finalmente logré conectarme (aunque brevemente) desde el aeropuerto, envié cuatro correos, publiqué mi despedida de tierras madrileñas y justo en ese momento, se cortó la comunicación, le tiraron el agua a Lilith, y anunciaron que el vuelo iba a ser abordado.

Y abordamos, Lilith enojada porque le habían tirado su botella de agua de medio litro y un euro y medio, y yo enojado porque no alcancé a comprar otra botella para mí cuando nos tocó entrar. Por cierto que una niña de la ciudad de México se me acercó a preguntarme así como quien no quiere la cosa (y en inglés) si no era yo Michael Moore. Era evidente que ya me hacía falta una afeitada…

El vuelo partió sin contratiempos a eso de las dos de la tarde. Le tomé una foto final a un avión de Air Madrid que estaba cubriéndose de polvo en las inmediaciones y acto seguido apagué el celular. Del vuelo ya no me acuerdo gran cosa. Estaba yo muy ocupado contando las veces en que un chiquillo suizo iba de adelante para atrás a gatas por el piso del pasillo (48 veces) buscando un zapato que él mismo aventaba por debajo de los asientos. Y no había forma práctica de regañar al niño, que hablaba en alemán (idioma endemoniado del cual sólo se decir sauerkraut y Deustche Welle). Hasta que un pasajero, enojado, tomó el zapato y lo lanzó al otro pasillo del 767. Aquello fue el acabose, y el pasajero y los padres del niño se enfrascaron en una discusión al respecto en el cual ninguno de los dos lados pudo comprender a su interlocutor. Creo que hasta pude identificar al flight marshall, y de no ser porque estábamos a mitad de la nada, porque el chiquillo del demonio ya traía hartos a todos, seguramente nos hubieran hecho descender en algún aeropuerto para desalojar a los suizos. La neutralidad suiza y la carabina de Ambrosio es lo mismo, yo sé lo que les digo.
Como venganza, cuando el avión descendió en Atlanta los suizos fueron cuidadosamente escoltados con rumbo a la zona de aduanas. Ignoro si los habrán regresado o si los admitieron (supongo esto úiltimo) pero el resto de los pasajeros casi aplaudimos.

La llegada a Atlanta fue sin contratiempos y a una temperatura agradable de 18 grados. Pasamos aduana muy fácilmente y sin problemas, el vista incluso trató de practicar su español conmigo, y me preguntó si era bueno visitar España, a lo cual yo le indiqué que pidiera vacaciones y se fuera allá a conocer mundo. En cinco minutos ya estábamos oficialmente dentro de Gringolandia. Y entonces sucedió algo curioso, que nunca me había sucedido en mi vida: apenas recogimos las maletas tuvimos que volver a depositarlas para que se las llevaran.

Debo decir que era mi primera vez en Atlanta, y por tanto desconocía el funcionamiento de esa estructura que llaman aeropuerto. Resulta ser que aterrizamos en el último bloque, y que para poder llegar a la salida debíamos ingresar a un tren ligero subterráneo y automatizado. Evidentemente, el tren es para las personas, no para las maletas, así que las maletas se entregaban en un lado para que se fueran en otro tren con rumbo a la terminal, y allá nos encontraríamos.

Y efectivamente, allá nos encontramos. El vuelo a Guadalajara salía al día siguiente, así que hice la opción obvia: deposité las maletas en un guardaequipaje (previo desembolso de 48 dólares) y con sólo el equipaje de mano Lilith y yo fuimos a buscar un hotel. Y entonces apareció la opción obvia: el tablón de anuncios del aeropuerto. Una llamada nos indicó cómo salir y a dónde ir, qué shuttle tomar y cuánto nos iba a costar la noche. Y allá fuimos.

El shuttle del hotel Days Inn, que era el que me había llenado el ojo porque el anuncio era el más despejado, ya había partido. Y me senté a esperar al siguiente “vuelo” mientras Lilith veía anuncios en inglés y me preguntaba qué significaba alguna palabra que no entendía. En eso estábamos cuando llegó una negra descomunal. Yo creo que era más fácil brincarla que darle la vuelta. Me acordé de doña Eufrosina, la mamá de Memín Pinguín. Con el más puro acento de un negro que ha salido en el Show de Maury Povich, me dijo:
–What are you waiting for, honey?
–The Days Inn Shuttle.
–Which one? There are four o’them, north, south, east, west… Why don’t you come with me to the Best Western, hon? It’s cheaper, it’s nearer, it has free breakfast and free internet access for just 38 bucks a night…
–Okay, let’s go then…
Me convenció lo del desayuno gratis. Y allá fuimos. Nos subimos al shuttle, saludamos a otras dos pasajeras japonesas (me dijeron konbanwa, y yo respondí de igual manera junto con una inclinación de la cabeza), dejé mi gorra y mi maleta en un asiento, tomé la maleta de Lilith y la puse en otro asiento, besé a Lilith y Aunt Jemima cerró la puerta del shuttle y nos fumos por esas calles que sólo quienes trabajan en un aeropuerto conocen.

Y llegamos al Best Western, y bajé todo, y luego bajé a Lilith, y me despedí de las japonesas con un oyasuminasai.

De verdad, me salió el racista que todos llevamos dentro. Al mío lo llamo Adolf. Estar rodeado de tantos negros (y negros negros, de esos que más que personas parecen negativos fotográficos) en pleno Sur norteamericano, y que todos me obedecieran (aunque fuera con billetes de por medio) siendo yo blanco y barbado, me hizo sentirme como esclavista. Qué asco me doy a veces. Total, que pagué mis 38 dólares, nos dieron una habitación en el quinto piso, pedí de cenar vía telefónica (es lo que tienen los hoteles gringos, que Pizza Hut y Domino’s Pizza tienen servicio a la habitación) y nos acostamos a ver la BBC América (pasaban Who’s Line is it Anyway, con las actuación estelar de Stephen Fry).

A la mañana siguiente despertamos temprano. Eran las 8 de la mañana y ya estábamos desayunando (gratis) en el mini restaurant del hotel, de donde partimos temprano con rumbo al aeropuerto cargados de maletas. El Shuttle llegó a las 8:45, y partimos sólo Lilith y yo.

Me senté en el mismo asiento que había utilizado la noche anterior (era donde mejor cabía yo) y me encontré con una sorpresa… la cual contaré mañana.

4 Responses to “Dr. Maybrick, Ph. D. Aftermath (viii)”

  1. anonimo con escarcha | 24/01/07

    Michael Moore!!!!!
    (ya me imagino una conversacion entre ustedes…..)

  2. Don Pastrami | 24/01/07

    yo no… lo que es peor es que me cae gordo Michael Moore…

  3. Mus | 24/01/07

    Tienes que decirme dónde conseguiste una conexión gratuita a Internet en el aeropuerto de Barajas. Yo debo de tener un aspecto patético cuando voy, caminando por las terminales e intentando engancharme a una tal conexión inalámbrica. :(

    Cada país tiene su aroma. En España (aunque ha mejorado bastante), el primer aroma es de cigarrillo. En los Estados Unidos (aunque ha empeorado notablemente), el primer aroma es a pinches palomitas de maíz atascadas de grasas trans y otros maleficios cardiovasculares. ¡Aggg! En México no sé cuál es el aroma, porque casi siempre que entro lo único que pienso es qué voy a decir cuando me encuentren las delicatessen o aparatos que traigo de contrabando.

  4. Don Pastrami | 24/01/07

    Me encontré en un bote de basura una cuenta de usuario y una contraseña que alguien había tirado. No sólo no es heróico, sino que funcionó por casualidad. ¿y por qué alguien anotaría en un papel los datos del enlace que te venden electrónicamente? ignórolo…

    Y en Guadalajara el primer olor es a rana despeinada…

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