Dr. Maybrick, Ph. D., aftermath (vii)
January 16th, 2007 | Filed under La Famiglia.La costumbre en la San Pablo CEU es que únicamente el graduado, el jurado y el director de tesis vayan al festÃn en honor al nuevo doctor.
Por tanto, Lilith y la coordinadora del doctorado se fueron por su cuenta a celebrar en mi honor (supongo que a un lupanar de esos que por estos lados les llaman chippendales) mientras yo me encaminaba junto con mi director del tesis al Cuatro Estaciones. De los colados no supe más. La coordinadora del doctorado, por cierto, es una niña tapatÃa y abogada ella, muy agradable y de la UdG, que está estudiando dos doctorados al mismo tiempo. No tiene vida social y le hace mucha falta. Y no es porque no tenga con quién: simplemente no quiere. El primero de los dos colados la saludó con una familiaridad que únicamente he visto entre Ed y su novia, caray…
Pero esto no es para hablar de mi coordinadora, no. Es mi blog y por tanto voy a hablar sobre mÃ. DecÃa yo que este humilde narrador y sus seis alegres colegas nos fuimos al Cuatro Estaciones a disfrutar de la buena mesa. Bueno, el único que no la disfrutarÃa plenamente serÃa yo, y no me refiero precisamente a la cuenta. Mi director de tesis y yo nos fuimos en su automóvil (no en el de usted, lector, en el de mi director de tesis), y enfilamos rumbo a la calle del general Ibáñez , en un trayecto que se me antojó más rápido caminarlo que conducirlo.
El Cuatro Estaciones es un restaurante al que en circunstancias normales no hubiera entrado ni de casualidad, pero al que ahora acudÃa guiado por el instinto de manada. Cuando entramos la mesa ya estaba reservada y nos atendió un camarero con un acento español tan cerrado que por las mañanas debÃa abrirlo con llave inglesa.
Nos sentamos a la mesa (tomé rápidamente un asiento en una esquina que me permitiera extender mi brazo y mi pierna derechas en caso de emergencia) y el resto de mis nuevos colegas se sentaron entre risas, bromas, chanzas y chistes. Las conversaciones eran de una profundidas que me aterraba, y sólo recuerdo que cuando alguien me preguntó:
–¿Y qué opina de la bolsa, mi amigo?
Y yo respondÃ:
–Ah, ni me lo recuerde. Ayer, para más señas, se me rompió ésta…
En eso llegó el camarero con la carta. Empecé a sospechar algo cuando và que el menú decÃa “Especial San Pablo CEU” pero lo dejé pasar. Y entonces comenzó mi horror. El Cuatro estaciones es comida mediterránea, y abundan los pescados y mariscos en la carta. Lo cual plantea un curioso problema en mi caso: yo soy alérgico a los mariscos. Cuando estoy especialmente sensible, me lleno de unas curiosas pústulas rojas que recuerdan al sarampión. Y la carta especial estaba llena de esas cosas, caray. Ensalada de bogavante, merluza, atún rojo… vi un filete tártaro y estuve a punto de pedirlo pero tuve una mejor idea. Le pregunté al mesero (que tras escucharlo hablar perdió la categorÃa de camarero) y le pregunté si tendrÃan, de pura casualidad, algún suculento solomillo. Al escuchar la respuesta afirmativa, le dije que me lo trajera bien hecho. Me dijo que ese platillo no estaba incluÃdo en el menú que nos habÃan traido, tras lo cual le dije que me importaba un carajo porque yo era el que habÃa pagado. aunque lo dije de manera un tanto distinta y en voz más bien baja:
–Caballero, soy quien hizo la reservación y quien va a pagar la feroz cuenta, y además soy alérgico a los mariscos, por lo que me considero en el derecho de obtener la atención que se espera de un restaurant de ésta categorÃa. Además, su ayuda será recompensada.
Creo yo que la palabra operativa fue “recompensa” porque el mesero se movió con una velocidad inusitada y confirmó el platillo con el chef (con el cocinero, pues, sólo que de alta categorÃa). y en poco tiempo disfrutaba yo de un suculento solomillo con un sufle de papas. Los dos estaban para morirse. Yo veÃa pescados y mariscos por todos lados y yo realmente no sé cómo agradecerles a ustedes, devoradores de frutos del mar, que dejen libres para los carnÃvoros solomillos tan exquisitos como éste. Mis respetos al chef y al ganadero.
El pantagruélico banquete estuvo abundantemente regado con vinos de dudosa procedencia, cortesÃa del mesero (le dije que de las botellas que le pidiéramos se reservara una para él y sirviera una de calidad bastante inferior), y a los doctos doctores les importó más bien una chingada que la última botella fuera producto de los viñedos de Chatêau Radiateur y tuviera ese sabor a ácido de baterÃa que sólo las personas más exigentes y los paladares más finos y educados solicitan en su bebida. De paso el mesero quedó muy contento con su botella de vino fino y yo me evité darle propina.
Mientras tanto las conversaciones sobre lo parecidos que éramos los mexicanos y los españoles continuaban. En una de esas el cuarto doctor me preguntó cuándo me nacionalicé mexicano, y yo le dije que nunca.
–¿Entonces no es usted mejicano?
–SÃ lo soy, doctor.
–¿Pero no era usted inglés?
–No que yo sepa, doctor. Siempre he sido mexicano.
–¿En dónde dice usted que nació?
–En Palermo, Sicilia.
–Entonces es usted italiano, no inglés.
–No, doctor. Soy mexicano.
–Pero si usted no nació en México…
–Pero mis padres son mexicanos.
–Estoy un poco confuso.
–No se preocupe, doctor, yo lo estoy desde que nacÃ. Soy un mexicano nacido en el extranjero pero soy mexicano de pura cepa…
Los demás doctores nada más veÃan al cuarto doctor tratando de hacer cuentas con los dedos y la quinta doctora me confió que el doctor ya chochea.
Finalmente me llegó la feroz cuenta. Saqué el recibo para ver la cifra: 560 euros incluyendo impuestos y vinos. Estuve a punto de comentar si alguien habÃa roto una vajilla, pero me mordà la lengua y deposité mi tarjeta de crédito negra en la ranura correspondiente de la terminal, que para mi desilusión la aceptó sin rechistar.
Salimos del Cuatro Estaciones cuando ya oscurecÃa y mi director de tesis se ofreció a llevarme al aparthotel. Acepté. Llegamos con mucha rapidez a pesar de tanta obra (y conocà partes de la ciudad que no existÃan cuando era niño, con eso les digo todo) y procedà a desprenderme del uniforme de doctor para colocarme el de turista.
Y me lancé a caminar por el paseo de la Castellana simplemente para ver a dónde llegaba…
> Y me lancé a caminar por el paseo de la Castellana simplemente para ver a dónde llegaba…
Convenientemente aligerado de 560 euritos por el bien de la economÃa española, estoy seguro que pudo usted caminar sueltecito y llegar muy lejos, mi buen.
Y que lo digas…
¡¿Pagase 560 euros?! ¿Pues qué tanto comieron los doctores, oye? ¿Oro?
Oye, mi niña, ¿por qué a tà nunca te ha dado por escribir? Aunque sea en pildoritas como los Cataclismos de Cata…
No creo poder escribir con la constancia que tienen tú y Katzi. No entraba quà desde mediados de diciembre, antes de que te fueras, y me perdà de casi todo ¿y hasta crees que voy a ponerme a escribir? Ahorita porque he estado evitando hacer dobles turnos, que si no ni por esas.
¿Cándo me invitas al Cuatro Estaciones? jojojo
¿qué te parece el año que entra en febrero?
Me parece bien, mientras no sea el 30 de febrero.
¿qué no se supone que si tú eras el festejado te tenÃan que pagar a ti?
Nunca me haré doctora en España… no, no, no.
Yo también quiero ir al Cuatro Estaciones. Aunque sea el 31 de febrero.