Dr. Maybrick, Ph. D. Aftermath (vi)
January 16th, 2007 | Filed under La Famiglia.Llegó el gran dÃa. El dÃa cuchicuchesco. El dÃa de la verdad. El dÃa en que entraba el maestro James Maybrick y, en caso de defender con éxito las posturas expuestas en su tesis, saldrÃa el Doctor James Maybrick, doctor en Historia Iberoamericana.
Nos levantamos a las 8 de la mañana y desayunamos en Rodilla porque no tenÃa ánimos de desayunar en Starbucks y no habÃa un Vip’s a la mano. DebÃa estar en la San Pablo CEU a las 10 de la mañana, y allá fuimos Lilith y su servidor por medio del Metro madrileño. Yo cuidándome de no tocar ninguna obra ni ninguna pared, porque iba Ãntegramente vestido de negro. Negros los zapatos, negros los calcetines, negro el pantalón, negra la camisa, negra la corbata, negro el saco, y negra la conciencia. Diversos tonos de negro, sÃ, pero ¿qué hombre en su sano juicio es capaz de diferenciar entre negro grafito, negro medianoche, negro eclipse, negro perlado y hasta negro claro? (dije hombre: los gays no cuentan em este caso). Yo me limité a ponerme lo que Lilith me dijo y ya.
Llegamos un poco adelantados, asà que aproveché para comprar El PaÃs y El Mundo (si hubiera periódicos llamados La Ciudad y La Provincia también los hubiera comprado) en el quiosco que estaba a dos cuadras de la universidad. Como era de esperarse, que fue la razón fundamental por la cual compré los periódicos, mi director de tesis, los sinodales y el presidente del jurado llegaron inmediatamente después que yo, sin darme tiempo de leer más que el nombre de cada diario. Aprovechando que ya estábamos todos reunidos, ingresamos al salón correspondiente, que estaba junto a la capilla, que a su vez estaba junto a la tienda de regalos, lo que no me deja de parecer algo extraño. Yo siempre con mi palillo de dientes en la boca, entré penúltimo y mi director de tesisi cerró la puerta detrás de él. Me acomodé en el escritorio ubicado a la izquierda del presidium, junto con una pila de papeles sumamente impresionante que habÃa llevado sólo para apantallar (1500 páginas tamaño A4, la mayor parte provenientes de tres resmas de papel en blanco que compré especialmente para la ocasión), la copia de mi tesis empastada en imitación auténtica de falsificación genuina de copia original de fina piel de Rusia a base de vinilo, una botella de agua mineral (que en México es simple agua embotellada, lo que no deja de sorprender a mis compatriotas cuando piden agua mineral y les traen una botellita de agua común y corriente, sin minerales ni burbujas) y un cronómetro.
El presidente se sentó al centro, los cuatro sinodales a sus lados (dos a la derecha, dos a la izquierda), a su izquierda una cruz grande con una cruz más pequeña que representaba… dos cruces una sobre la otra, creo… (ejem…) y a su derecha un retrato chiquito del Rey Don Juan Carlos I de España. Todos estuvieron hablando un poco entre ellos hasta que el presidente del jurado dijo que iniciaba la sesión.
Y, evidentemente, dió inicio la sesión.
Tras pontificar un rato sobre el hecho de que la historia era esto y aquello y que México y España tenÃan mucho más en común que la lengua castellana y las corridas de toros, el presidente del jurado me cedió la palabra para que expusiera el tema central de mi tesis. Le dà un leve toque al cronómetro para ponerlo en marcha, porque pretendÃa no excederme de los diez minutos. Debà haberme grabado. No es por falsa modestia, pero estuve genial. Como todas las cosas que hago, claro está. Y comencé con algo que sonaba más o menos asÃ:
ExcelentÃsmo doctor presidente del jurado. Honorables miembros del presidium. [etc.] Estimados amigos. La relación entre España y sus colonias en América fue tranquila y sin sobresaltos durante prácticamente trescientos años. La llegada de los conquistadores españoles al continente americano introdujo un cambio fundamental en el orden establecido. Derribó imperios, arrasó con ciudades, y trajo enfermedades desconocidas para los pueblos de las Américas. Mas también trajo cultura, orden y ley, algo en conjunto tan disÃmil a lo hasta entonces conocido que terminó por forjar una cultura distinta en todos los aspectos. A diferencia de los ingleses o los franceses, que sometÃan u obligaban a la población de sus colonias por la fuerza, los españoles (no exentos de soberbia y vanidad en sus primeros años de conquista) se mezclaron con la población y forjaron, desde adentro, una sociedad, una cultura que no era ni española ni indÃgena, sino cien por ciento americana. Inspirada en los cambios europeos, la sociedad hispanoamericana veÃa a la metrópoli no como un amo sino como a una madre, una especie de modelo a seguir. Y a la llegada del siglo XIX, España se vió obligada a hacer lo que todas las madres desearÃan que nunca sucediera: dejar libres a sus hijos para que vivieran su propia vida.
Mas éste sÃmil, puramente romántico, dista mucho de ser lo que en realidad sucedió. Un análisis detallado nos hace entender que fue una serie de errores sucesivos, cada uno insuficiente para derribar al vasto imperio español, mas en conjunto capaz de minar los cimientos en que reposaba la frágil estructura que era el orden colonial. Cuando ésto sucede, y las colonias se liberan, la América española entra en una etapa tal de anarquÃa que los intentos por implantar el orden dan por resultado esquemas muy distintos de leyes. Los ataques que recibieron algunas colonias por parte de otras potencias contribuyeron a la forja de caracterÃsticas legales destinadas a proteger aquellos pilares débiles o a reforzar los pilares fuertes de la sociedad. La diferencia entre estas corrientes de pensamiento llevó a la diferenciación de la América Española que conocemos hoy en dÃa como América Latina.
Como historiador, era para mà de sumo interés analizar este perÃodo desde una perspectiva histórica diferente que me permitiera comprender las circunstancias que moldearon a los paÃses latinoamericanos. Está claro que debÃa concentrarme en un sólo paÃs y en un sólo perÃodo de tiempo, y decidà centrar mi tesis en la formación del gobierno y el cuerpo de leyes de México hasta culminar con la formación actual del Estado Mexicano. Mas un análisis tan detallado de un paÃs tan grande con una historia tan rica era tarea titánica. El esfuerzo deberÃa ser enfocado a un área clave. Y ésa área clave se encuentra tras la pérdida de la mitad del territorio mexicano ante los Estados Unidos de América, en una guerra injusta y cruel de la que nuestro paÃs nunca se ha podido recuperar. Tras la pérdida de las amplias extensiones de tierra que hoy forman los estados de Texas, Nevada, Nuevo México, California, Utah, Colorado y Oregón, y de las cenizas de un par de fallidos imperios mexicanos, emergió un México renovado con todas las caracterÃsticas del México actual, con excepción de la estabilidad polÃtica y nacional. Resulta imposible desligar este estudio de todos los aspectos sociológicos, económicos y legales de aquellos años en que mi paÃs estuvo sumido en la incertidumbre, donde las revoluciones y levantamientos eran el pan de cada dÃa, y donde para romper la frágil paz social bastaba la presencia de un caudillo reclamando, con apego a derecho o sin el apoyo de la Ley, su parte del premio por haber expulsado a los franceses de México, y derribado a un frágil imperio dirigido por un mexicano, Maximiliano I, a quien condenaron a ser incomprendido por todas las generaciones del presente.
Y todo esto puede ser rastreado hasta sus orÃgenes en manos de tres personas. Carlos III, que desperdició una oportunidad de oro que hubiera convertido a las colonias en provincias; Fernando VII, cuyas ansias de poder hicieron trizas el frágil equilibrio entre los colonos leales a la corona y los colonos independentistas; y Napoleón III, a quien su afán de dominación del mundo lo cegó ante lo evidente e inevitable: que las Américas eran diferentes. En este trabajo se analizan estos temas hasta su conclusión, inevitable, que ha convertido a México en lo que es hoy en dÃa. Este trabajo se centra en los aspectos legales que forjaron dos constituciones mexicanas, la Constitución de 1857, en vigor durante la República Restaurada, y la actual Constitución de 1917, modelo de solidaridad y justicia que ha servido como ejemplo para otras naciones. Muchas gracias por escucharme, señor presidente.
Si pensaba yo que iba a durar sólo 10 minutos, me equivoqué. Duré exactamente 6 minutos con 45 segundos, con voz clara y pausada y un tanto dura, como si estuviera yo dando clase en lugar de defender mi tesis. El doctor presidente del jurado tomó la palabra y, para no hacer grande el cuento, resumiré lo que dijo diciendo que me fuera bajando los pantalones porque me la iban a dejar ir. Y le cedió la palabra al primer sinodal.
Éste primer sinodal comenzó describiendo mi trabajo como algo muy bien estructurado pero que incluÃa numerosas faltas de ortografÃa y estilo (58 en total), lo cual, en un trabajo tan grande como el que hice, era de esperarse que existieran, mas que debÃan ser corregidas si deseaba publicar la tesis en mi paÃs. Me ofreció también una copia de los errores existentes, de los cuales en su mayor parte los presuntos errores resultaron ser palabras con otrografÃa diferente en México. AsÃ, en lugar de obscuro uso oscuro, que es una falta en España pero en México es hortografýa correcta y válida. Me indicó también lugares donde me contradecÃa, que aunque no afectaban el valor del párrafo o frase sà parecÃa fuera de lugar, hasta que me dà cuenta que ahà faltaban comillas para indicar que era una cita que yo refutaba. Puras cositas asÃ, más que nada estilo y desvelo. La primera prueba estaba superada.
El siguiente doctor me informó que a su parecer la tesis trataba de abarcar demasiado. Según él, hubiera podido prescindir de los primeros capÃtulos para centrarme en la etapa posterior al Porfiriato que desembocó en la Constitución de 1917, y trataba de atacar eso bajo el argumento de que intentaba abarcar demasiado. Aunque dijo que el estilo que utilicé, poco ampuloso y rebuscado, facilitaba mucho la lectura y comprensión del mismo. Segunda prueba superada.
El tercer doctor me regañópor no haberme extendido más. A su parecer, la investigación histórica que hice merecÃa estar mejor documentada y amplia, al grado tal de que el hubiera prescindido de los capÃtulos finales para centrarse más en la investigación de las circunstancias que conllevaron a la creación de la Constitución de 1857. Me indicó, además, que no le hiciera caso ni a él ni al segundo doctor, que al ser él especialista en Historia Americana del siglo XIX y el segundo doctor en historia de España Moderna, sus puntos de vista iban a ser radicalemnte diferentes. Tercera prueba superada.
La cuarta doctora me indicó que, después de todo, sis tres compañeros de la facultad no tenÃan idea de lo que hablaban. Para la cuarta doctora, faltaba un capÃtulo que explicara de una manera más amplia las circunstancias que llevaron a México a perder el Norte, para detenerme en el Imperio de Maximiliano. Eso lo explicaba ella porque, como habÃa reemplazado a un docto doctor que habÃa fallecido recientemente y de quien guardo gratos recuerdos (y que además era su padre), no habÃa estado involucrada en el desarrollo de la tesis sino hasta las etapas finales. Me indicó que debido a esa falta de profundidad en algunos aspectos no estaba totalmente convencida del valor de esa tesis per se, no asà de la calidad de la investigación, que era muy buena. Y también me rogó que, cuando reescribiera la tesis y la convirtiera en libro, le enviara una copia. Cuarta prueba superada.
Quedaba el presidente del jurado. Entre otras cosas, me dijo que no estaba de acuerdo con algunas de las interpretaciones en que descansaban los cimientos de mi obra (plagiándose de paso una frase que yo me plagié de algún lado) pero que, sorprendentemente, aún si quitábamos esas interpretaciones, el resultado seguÃa siendo firme y completo, lo cual era muy raro en una tesis de doctorado. También me informó que le sorprendÃa la diferencia de opiniones sobre la tesis, y que ninguno de sus colegas habÃa estado nunca involucrado en una situación en la que todos gustaran de la tesis en su conjunto mas no por completo en especÃfico, motivos que en otras circunstancias, en otro tema y en manos de otros doctores posiblemente hubieran terminado por rechazar una tesis muy interesante. Y me cedió la palabra.
Le agradecà a los doctos doctores que le señalaran dónde se encuentran los puntos débiles de mi tesis, y me cuidé mucho de llevarles la contraria. Prometà mejorar en todos los aspectos y ser un niño bueno que no hará travesuras (y tuve que morderme la lengua para no decir en realidad esta última frase). Acto seguido, el presidente nos informó que el jurado deliberarÃa a puerta cerrada, al término de la cual me informarÃan el resultado.
Como era de esperarse, Lilith, mi director de tesis, el doctor Fulano de Tal, la coordinadora del doctorado y un par de colados que llegaron quién sabe de dónde y a quienes no habÃa visto nunca (y que sin embargo, me saludaron por mi nombre al entrar y me felicitaron por mi examen) salimos al pasillo a esperar. Yo no fumo, y sentÃa necesidad de fumarme un cigarro, de preferencia un Cohiba cubano de esos que le hacen a mano a Fidel (aunque Fidel ya no los pueda fumar). ImagÃnense cómo estaba yo de nervios, no tanto por el resultado del examen (que sabÃa yo que habÃa aprobado) sino porque el restaurante que habÃa elegido la Universidad San Pablo CEU para celebrar el resultado, aprobado o no aprobado, se veÃa de mucho lujo y postÃn y mi saco negro no parecÃa apropiado para la ocasión. Como sea, a los 10 minutos, que aproveché para calcular lo que me iba a salir la feroz cuenta, la puerta del salón se abrió y nos indicaron que pasáramos. Retomé mi lugar, miré fijamente a los ojos al Rey y le rogué al Monstruo de Espagueti Volador que no me salieran ronchas en el Cuatro Estaciones.
Eldoctor me informó que la deliberación habÃa sido ardua y difÃcil, por diversos motivos, y que al final se habÃa logrado un consenso. Que consistÃa en lo siguiente.
Este jurado ha determinado que se le otorgue a James Maybrick Ruiz el grado de Doctor en Historia, y se le inscriba cum laude en el libro correspondiente. Enhorabuena, colega.
Por dentro estaba rebosante de alegrÃa y si no salté es porque temÃa que se me rompiera la columna vertebral. Con toda la ecuanimidad que me fue posible, dije simplemente:
Gracias, señor presidente.
Y abandoné el estrado para estrechar las manos de mis nuevos colegas.
Se sintió bien. Muy bien.
La Ciudad no sé, pero en Valencia venden Las Provincias.
Espero que se trate de otra de esas bromas en las que siempre caigo. En España ambas formas son correctas, si bien obscuro está “pasada de moda”.
Iba a apuntar eso mismito que dijo madmax. Ese tipo era un… bueno, me lo callo por respeto, porque ya son ustedes dos compañeros.
Respecto a los diarios, por si sirve de algo, hace algún tiempo se publicaba el ‘Pueblo’.
ImagÃnense cómo estaba yo tras haber visto que la mayor aparte de las faltas de hortografýa eran en su mayorÃa obscuro y substitución. El doctor me dió una lección de ortografÃa tal que me sentà transportado a la España de 1907. Curiosamente, mi manÃa de confundir “haz” y “has” apareció pocas veces. Aunque también debo decir que el doctor cuenta con setenta años y pico. También me decÃa que para él mi seseo en mi acento era una cosa muy rara y que no podÃa concebirlo en un inglés como yo. No quise decir nada al respecto.
¡Jajaja! Hala, pues a ver si encuentra un inglés, de verdad o hasta de aspecto, que diga las ces inglesas como /th/.
Lo que hay oÃr, ma’e mÃa. ¿Y no lo miraron raro sus colegas?
No. Ya se acostumbraron…
SÃ, me pasó eso con el agua mineral, menos la última noche que abrà una botella del minibar que decÃa “Agua mineral” y resultó ser agua mineral con burbujitas y toda la cosa.
En cuanto a tu nuevo tÃtulo, felicidades, luego cuentas la cena, jojojo.
madremÃa como están los catedráticos…
http://www.rae2.es/obscuro
¿y no se dieron cuenta de que tu pila de papeles estaba en blanco?
La moda ahora es escribir “trasportado”, asà que tuviste otra falta de hortografÃa