Un largo adiós
December 21st, 2006 | Filed under Descategorizados.Quiero pero no puedo. Deseo seguir publicando algo pero no tengo tiempo de escribir. Asà que hice la opción obvia: desempolvé algunos cuentos. Durante todo el tiempo que su seguro servidor no esté, aparecerá un cuentecillo al dÃa. La diferencia es que esta vez el cuento es de Cata.
Un largo adiós.
Abrà los ojos en medio de la oscuridad, solo hay soledad y frÃo. Una sonrisa torcida se dibuja en mi rostro. Estoy sola, como siempre debà estar. Este vacÃo apenas me deja respirar y siento algo muy extraño que no habÃa sentido antes. Creo que soy invisible. La noche lo cubre todo. No recuerdo qué pasó, aunque me sentÃa aliviada. Me levanté de aquel suelo viejo y sucio, y sin pensarlo me puse ese vestido rojo que nunca me habÃa atrevido a usar. Me solté el cabello, me limpié el rimel corrido y pinté mis labios. Me sentÃa hermosa sin necesidad de verme en el espejo. En aquel cuarto, yo podÃa sentirme tan cerca de tà como nunca lo has estado. La foto de mi tocador me recuerda cómo éramos. Yo era muy feliz pero me temo que tú no. ¿Por qué estabas sumido en ese maldito silencio cuando lo que necesitaba era sentir que estabas conmigo? Y también estaba él. Tan inocente, sonriendo ante todo y estaba dispuesto a hacer todo por mÃ. Pero no eras tú, nada hubiera funcionado para hacerme feliz. Suspiré mientras acariciaba hacia la caja que habÃa destinado para las mejores cosas de mi vida. Cartas, libros, fotografÃas, flores marchitas, viajes, poemas, cuadernos, recuerdos, soledad y mi melancolÃa inagotable.
–Antes creÃa ser fuerte y tener el control. Hasta que te conocÃ. Y tú me tratas asÃ, ya no aguanto más y no sé qué hacer pero… ¡te amo tanto! Pensé que eso era suficiente. ¡Qué equivocada estaba! Me heriste tanto que no pude evitar repetir la historia con cualquiera que intentara amarme. No sé donde estás pero te buscaré y te lo juro, amor mÃo, te encontraré. No importa cuanto tiempo me lleve, de cualquier forma yo estaré contigo.
TenÃa tantas cosas por resolver. Tomé un pesado sobre amarillo, apagué las luces y dejé mi pequeño departamento atrás. Caminé por varias horas y el sol ya comenzaba a salir. Vi la casa en el horizonte y temblé. HabÃa pasado mucho tiempo y la última vez que estuve con ella todo resultó un desastre. Pero sabÃa que debÃa hacerlo pues era hora de enfrentar el pasado. Ése siempre ha sido mi problema: escapar antes que arriesgarme. Pero no dejarÃa que sucediera de nuevo.
Cuando tuve el suficiente valor, me dirigà a aquella casa blanca que tanto extrañaba. Todo este tiempo la habÃa guardado y ahora la utilizarÃa. La pequeña llave dorada en mi puño abrió la puerta; y aunque habÃan retapizado los muebles y cambiado las cortinas, el ambiente era el mismo que recordaba. Sonreà al ver mi foto en la pared. Al entrar a la sala, el labrador negro con el que crecà me dio la bienvenida, moviendo la cola y corriendo hacia mi. Mi madre estaba tejiendo en el sillón y me senté junto a ella, pero ella no se movió. Y la entendÃa, estaba muy dolida.
–Lo siento. De verdad, lo siento tanto. Nunca fue mi intención dejarte sola asÃ. Si hubiera sabido lo que pasarÃa después, te juro que no me hubiera ido. Estabas tan enojada y yo tan asustada que pensé que alejándome las cosas iban a mejorar. Es importante que lo sepas. Quise desaparecer por completo, creà que esa serÃa la solución y cuando quise volver, fue imposible. Pero asà quise que sucediera. Sé que es difÃcil para ti aceptarlo. Siento el daño que te cause pero no me arrepiento –no detuve las lagrimas. Ya no tenÃa miedo de llorar. Me sentÃa extrañamente feliz y no me importaba mostrar algo de sensibilidad. Ya no me reprimirÃa más –. Nunca te lo dije ¡pero te quiero tanto! –y la abracé como nunca lo habÃa hecho, con todo el corazón, como si fuera mi última oportunidad de hacerlo. Al levantarme e ir hacÃa la puerta, todavÃa sentÃa su calor.
–Adiós, mamá– dije contenta y le lancé un beso. Justo en ese momento, ella levantó la mirada de su tejido y me vio directo a los ojos. Lloraba ella, y yo también. Y me fuÃ.
De nuevo empecé a caminar y me dirigà a otro lugar. HabÃa alguien más de quien despedirme. Pasé por el centro de la cuidad, caminé entre la multitud sin que nadie notara mi presencia. Llegué a su departamento; recordé cómo solÃamos pasar juntos las noches de los sábados viendo pelÃculas y riendo. HabÃa dejado la puerta abierta, asà que pude entrar con facilidad. Lo encontré borracho en un rincón, sentado en el suelo y mirando por la ventana. Acababa de llorar, pues sus lágrimas seguÃan frescas. Cuando me senté en el sillón, me miró con sorpresa. Yo intenté sonreÃr aunque su forma de mirarme me intimidó una vez más. No sé cuanto tiempo pasamos en silencio pero cada segundo que transcurrÃa me hacÃa sentir más tranquila.
–¿Recuerdas ParÃs? Fue uno de los mejores momentos de mi vida y me hubiera gustado que fueran eternos y compartirlos sólo contigo–sonreà con sinceridad al ver que me escuchaba– ¡Como me tuviste paciencia en el Louvre! Yo empeñada en conocerlo de pies a cabeza, y tú, completamente aburrido, fingÃas interés cuando te comentaba sobre mis obras de arte favoritas. Gracias por hacerlo posible, el viaje y todo lo demás. Te reÃas de mis bobadas, te gustaban mis poemas y fuiste el único que logró captar mi esencia. Y siempre regresabas, no importaba lo que dijera o cuan horrible me comportara, siempre volvÃas a mÃ. Te traje las fotos del viaje. Están en el sobre amarillo sobre la mesa del comedor. Siento haberte gritado asà la última vez que estuvimos juntos, sólo intentaba protegerte de mÃ. –con la mano temblorosa acaricié su rostro. Cerró los ojos y suspiró–. Debà haberme enamorado de ti pero no pude evitar amarlo a él como a mi vida. Y tu siempre luchando por mÃ. ¿ahora entiendes a lo que me referÃa? No importa ya. Deja de llorar y vuelve a sonreÃr. No hubieras podido detener el dolor que me atormentaba –sonrió sin quitarme la mirada de encima. Me levanté, y puse en el estéreo el disco que le regale hace dos años. Nos encantaba. Le susurré un adiós al oÃdo y me marché.
Un inmenso dolor se apoderó de mÃ. El recuerdo aún estaba vivo y no entendÃa porqué lo sentÃa tan inusualmente reciente. Mi corazón se aceleró al imaginar que no volverÃa a verlo de nuevo. TenÃa que estar con él y verlo aunque sólo estuviera allá un segundo. Me apoyé en una pared. Esta vez mi impaciencia me obligó a correr para encontrarlo. Corrà con los ojos cerrados pero nada intervino en mi camino. Fue fácil saber dónde estaba. Como la noche en que lo conocÃ, recuerdo que estaba dispuesta a parar de sufrir. Fui a tomar una última copa a un bar cercano. No sé qué vio en mà pero en cuanto entré, me sonrió. Nunca pude olvidar esa sonrisa. Cuando hablaba de sus planes el brillo en sus ojos iluminaba tu rostro. Sólo querÃa tenerlo cerca y escuchar su voz. Es irónico como los mejores momentos de mi vida los pasé con alguien más pero aquellos que más disfruté fueron con él.
–Nunca te diste cuenta. ¿verdad? Nunca comprendiste porque dependÃa asà de ti –dije mirando al suelo parada ante su puerta, soltando una carcajada dolorosa al viento– Literalmente, salvaste mi vida. –todavÃa me encontraba sumida en el pasado cuando abrió abruptamente la puerta y me miró asustado. ¿Acaso esperaba no volverme a ver?
–¡Hola! –te dije sonriendo, pero pasó de largo y subió al auto– ¡No! ¡Espera! Solo quiero hablar contigo… –Pude ver que estaba nervioso; nunca lo habÃa visto dudar. Cerré los ojos y me aferré a su brazo, sentÃa su perfume, mi dulce adicción. Encendió el auto, pensativo y con esa expresión seria y dura sin relación con la vulnerabilidad que habÃa mostrado.
Nunca hicieron falta las palabras. Antes sus detalles eran los que hablaban pero todo cambió y no entiendo por qué. No lo podÃa soportar, ódiame, dime que te desagrado y que no me quieres volver a ver pero no seas indiferente. Después de todo, ¿qué puedes esperar que sienta? Me miraba de reojo constantemente como para asegurarse de que todavÃa estuviera ahÃ. No dijo nada, ni siquiera cuando bajó del auto para comprar un ramo de claveles, mis flores favoritas. Fingà no emocionarme pero estaba sonriendo por dentro. Llegamos a un extraño para mÃ. Me aferraba a las flores como si fuera lo único que me mantendrÃa junto a él. Todo era borroso cuando descendimos del vehÃculo pero aún distinguÃa su silueta e intenté seguirla. Quise tomarle de la mano pero me respondió con un desagradable sobresalto. Y se sentó en una banca junto a un árbol.
– Necesito hablar contigo, hay muchas cosas pendientes, hay tantas qué decir. TodavÃa podemos estar juntos… –pero él parecÃa no escucharme.
– ¿Por qué todo sucedió asÃ? –sus ojos estaban húmedos– Fue mi culpa, si hubiera estado ahà esa noche…
–¿Qué? No entiendo nada…
–¡Maldito, te juro que lo encontraré y haré que pague por todo lo que te hizo! Seguramente está borracho en su apartamento, tirado en el suelo y revolcándose en su arrepentimiento. Te pido que me perdones por no hacer nada para evitarlo…
–¿De qué hablas? ¡MÃrame a los ojos y dime que está sucediendo!– mi malestar y mi confusión crecÃan y se mezclaban con mis lágrimas. Una sensación extraña y cada vez más distante me rodeó. Me senté sobre una piedra frÃa y un escalofrió me hizo volver a reaccionar.
–Me gustarÃa poder volver a abrazarte– dijo. Extendà mi mano para acariciarlo, y descubrà mi cuerpo lleno de cicatrices repugnantes. Imágenes horribles llenaron mi cabeza, sentÃa que todo sucedÃa de nuevo…
–Tengo miedo… toma mi mano, no te vayas –su voz era un hilo–. No imagino mi vida sin ti. No es justo. Aún nos quedaba tanto por vivir juntos. A pesar de todo, si volviera el tiempo y pudiera escoger, una vez más regresarÃa contigo. Esta vez te amarÃa intensamente, sin preocuparme por el mañana, porque sé que estarÃas ahÃ…
Una luz intensa encendió la noche y me arrastraba hacia ella. No querÃa soltarlo pero todo se esfumó. Cuando quise mirarlo de nuevo, descubrà una tumba que llevaba mi nombre y en aquel panteón, lloraba un hombre por primera vez en muchos meses sobre el sepulcro de la mujer que amaba. Mientras colocaba un ramo de claveles, se despedÃa de ella.
De mÃ.