Cubrir un encubrimiento.
December 9th, 2006 | Filed under Descategorizados.Quiero pero no puedo. Deseo seguir publicando algo pero no tengo tiempo de escribir. Asà que hice la opción obvia: desempolvé algunos cuentos. Durante todo el tiempo que su seguro servidor no esté, aparecerá un cuentecillo al dÃa.
Para poder crear una máquina de movimiento perpetuo –dijo Zenderbaus meintras bebÃa algo que supuestamente era café– deberÃamos eliminar esas molestas leyes de la termodinámica. A menos, claro, que encontráramos una fuerza irresistible o un objeto inamovible. Pero la pregunta que me hago es más sencilla. ¿Será posible derogar, al menos por un momento, las leyes de la termodinámica?
Como respuesta miré yo la taza en la que estaba sirviéndome el mismo brebaje, y la olà tratando de detectar algo extraño, digamos, éter. Pero sólo olÃa a infusión de calcetÃn sudado –digo– café, y dado que Zenderbaus siempre estaba diciendo tonterÃas, decidà arriesgarme a beber.
–Mi estimado colega –dije con voz ronca tras el primer sorbo–, parece usted soslayar el hecho fundamental de que una fuerza irresistible y un objeto inamovible son mutuamente excluyentes en el universo. Y dado que no conocemos nada inamovible y mucho menos nada irresistible, como no sea la señorita McPherson aquà presente, me temo que tus elucubraciones estan totalmente fuera de lugar.
Shondra me miró, como se suele ver a gente como yo, es decir, a tipos que has conocido toda tu vida y a quienes ves un poco abajo de tu escala social, más o menos a la altura de los caracoles de jardÃn. Acostumbrado a su mirada, la ignoré y continué.
–De hecho, toda esta serie de asociaciones libres nos ha dejado una conversación tan poco heterogénea que apuesto una botella de coñac a que nadie recuerda cómo empezó todo.
–Yo quiero esa botella –dijo Figueroa, tirando el contenido de su taza por el drenaje–. Empezamos quejándonos de la mala calidad del café, luego pasamos a los usos de la cafeÃna, de ahà a las bebidas carbonatadas, leyendas urbanas, fraudes paranormales, vida extraterrestre, fuentes de energÃa, fuerzas en conjunto, leyes fÃsicas, movimiento perpetuo, termodinámica, y ahora recapitulamos.
–No. En realidad empezamos hablando de solventes. Luego comparamos los solventes con el café. Me quedo con mi botella.
–A todo esto –insistió Zenderbaus–, debes decirme por qué mi máquina de movimiento perpetuo es inviable. Porque estoy a un pelo de lograrlo.
–Bien por tà –dije–. Revolucionarás la ciencia. Si lo logras.
–Y bueno, dime por qué no puedo.
–Ya te lo expliqué. No puedes derogar las leyes de la termodinámica por más que quieras. El beber esa cosa te hace mal para los oÃdos.
–Te crees muy listo, ¿verdad?
–La verdad es que sà lo soy. Soy más genial que Einstein, Newton, Galileo y mi tÃa Francisca juntos.
Al escuchar esto Shondra se levantó, tiró su café por el drenaje, se sirvió un poco de agua y mascuyó algo como “Ya va a empezar…”
–Muy bien, Einstein. Y supongo que la búsqueda del solvente perfecto también va que vuela.
–Viento en popa.
–¿Por qué un solvente perfecto sà tiene esperanzas de realizarse y en cambio una máquina de movimiento perfecto no?
–Porque, a diferencia de derogar leyes fÃsicas, yo hablo de aprovecharlas. Mi solvente perfecto será capaz de utilizar las propiedades del cuerpo a disolver para su beneficio. Ya he logrado avances impresionantes y mi solvente cuasiperfecto es tan poderoso que desintegra el vidrio como si fuera un cuchillo caliente cortando mantequilla.
–Já. –dijo Shondra–. Te apuesto lo que quieras a que eres incapaz de lograrlo.
–¿Lo que sea?
–Lo que sea.
–¿Incluso casarte conmigo?
Ella dudó un momento, pero en cuanto se recuperó de la impresión dijo:
–Incluso eso. Pero si pierdes pedirás tu traslado a Kuala Lumpur.
–Muy bien. Hagámoslo interesante. Un año.
–Tres meses.
–Seis meses.
–Trato hecho.
–Muy bien –dijo Figueroa–, yo soy testigo.
–Y yo también –dijo Zenderbaus.
Y no dijimos ni una palabra más hasta que nos reincorporamos a nuestras actividades.
Cinco meses y 28 dÃas después trabajaba yo en mi laboratorio. Soportaba constantemente la presión y burlas de Shondra, que no dejaba de recordarme cada vez que nos veÃamos que el tiempo se agotaba. Esa vez no dejé que se fuera. La tomé del brazo y la invité a que viera mi obra maestra. Mezclé los dos últimos ingredientes y los incorporé a mi compuesto y la magia se hizo. El recipiente pronto se disolvió, seguido de la mesa, el piso, y siguió por los veinte pisos que estaban bajo mis pies, atravesó los cuatro sótano y la tierra bajo él, y sin detenerse. Avanzaba a gran velocidad, como si fuera en caÃda libre. Para cuando pude reaccionar, el agujero ya llevaba varios metros de profundidad y un sordo rumor provenÃa de la cueva, que se habÃa vuelto muy profunda. Lo único que quedaba de la acción del solvente era una enorme columna de calor.
Los fÃsicos se pusieron a trabajar de inmediato para analizar mi compuesto y sus propiedades. Fue imposible analizarla en vivo, y sólo lograron hacerlo a través de un análisis por computadora. Descubrieron que por alguna razón la molécula, una vez formada, se doblaba de tal manera que su punta penetraba en la cuarta dimensión, lo que explicaba la fuerza y la velocidad de mi compuesto: ¡Ya llevaba varios dÃas actuando antes de que tocara el soluto!
El solvente habÃa salido disparado con tal fuerza y eficacia que habÃa atravezado al planeta como en caÃda libre, y continuó hasta llegar a la atmósfera. Es evidente que el agujero en la capa de ozono es producto de mi solvente, lo mismo que el calentamiento global.
Pero no me importa. Yo obtuve lo que querÃa. Tras ver los resultados, Shondra dijo:
–Deberé pedirle el vestido de novia a mi madre. Quiero una casa con jardÃn y alberca. Dos hijos, niño y niña, nada más. Y desde ahora te advierto que no pienso dejar de trabajar ni voy a ser tu esclava. Espero que se parezcan a mÃ. ¿Cómo debo referirme a mi suegra? Debo apartar ya cita en el spa, mira cómo tengo la piel. No creas que te vas a ir los jueves por las noches a beber con tus amigotes…
Ahora creo que debà haber esperado tres dÃas más para terminar mi solvente…