El Dios Egipcio de la Muerte
December 8th, 2006 | Filed under Descategorizados.Quiero pero no puedo. Deseo seguir publicando algo pero no tengo tiempo de escribir. Asà que hice la opción obvia: desempolvé algunos cuentos. Durante todo el tiempo que su seguro servidor no esté, aparecerá un cuentecillo al dÃa.
El Dios Egipcio de la Muerte
El Inspector Lorenzo Mendizábal entró, exactamente a las 9 de la mañana, a su oficina. Como de costumbre, la lectura del periódico le impidió ver la puerta, y como de costumbre, la eficaz señorita Ivanka habÃa previsto esa contingencia y habÃa abierto las puertas de par en par y despejado el camino. El inspector dió un cabezazo y su sombrero de los lunes aterrizó en el lugar donde segundos antes estaba un florero con rosas rojas. Entró a su oficina, y mientras cambiaba de página se quitó la gabardina y la colocó donde debeÃa haber estado el perchero; en su lugar la señorita Ivanka tomó, acomodó y colgó el abrigo en el respaldo del sillón de cuero rojo con botones de bronce donde el inspector se sentó. Sin dejar de leer el periódico, Mendizábal subió los pies al magnÃfico escritorio de caoba, acomodándolos sobre una carpeta que la eficaz señorita Ivanka colocaba ahà todos los dÃas con un doble propósito: evitar que el inspector rayara la cubierta y colocar ahà los casos más urgentes del dÃa.
Cinco minutos más tarde y tras beber la taza de café muy cargado con dos de azúcar y sin leche que habÃa aparecido por artes secretariales, el inspector bajó los pies, lanzó el periódico con rumbo al bote de basura más cercano y utilizó el comunicador para llamas a sus subalternos. En exactamente 14 segundos y 35 milésimas se encontraban en el despacho los detectives Colt, Beretta, Smith y Wesson de la policÃa metropolitana, en posición de firmes, mas el doctor Wingtower, que era el asesor cientÃfico. Mendizábal se puso de pié, tomó el puro ncendido que descansaba en el cenicero de cristal cortado, le dedicó una mirada, le dió una fumada larga y profunda, exhaló el humo, dejó el puro en su lugar, tomó la carpeta y comenzó a leer, caminando en cÃrculos alrededor de su sillón. Y comenzó a hablar.
–Comencemos con el primer caso, el mal llamado “Misterio de la Calle del Chaco.” Un ciudadano español, acaudalado banquero (si se me permite usar el pleonasmo), es encontrado muerto en su despacho particular, en su casa, con su abrecartas enterrado en el centro exacto del corazón y con manchas de chocolate en la camisa. Sospechosos, la esposa, de nacionalidad irlandesa; su mayordomo, Jeeves, inglés de pura cepa; su chofer, Jaime, de nacionalidad portuguesa; el jardinero, Phillip, escocés; la cocinera, Doris, de nacionalidad italiana; la doncella (si es que tal cosa aún existe), FifÃ, de nacionalidad francesa, y una visitante suiza, que sin embargo esá comprobado que no se encontraba en la casa al momento del asesinato. Cada uno de los sospechosos le echa la culpa a otro y todos tienen coartadas circunstanciales.
El inspector se mesó la barba (o lo que hubiera sido la barba si no se hubiera afeitado esa mañana), musitó un “Hummmm…”, y chasqueó los dedos. Miró a Colt y a Beretta y les dijo:
–Arresten a la suiza. Ella es la criminal.
–Pero inspector… –replicó Colt– No pudo ser ella…
–Esperaba más agudeza mental de usted, mi estimado amigo Colt. El banquero querÃa ahogar su frustración, ya que la cocinera se negara a prepararle un aperitivo por estar en trance amoroso con el chofer, mientrs que la doncella hacÃa lo suyo con el mayordomo. El jardinero estaba muy ocupado con la dueña de la casa, y la suiza, que estaba más bien repelente, no parecÃa adecuada para la tarea que rondaba la mente del banquero. Asà que el banquero tomó una fondue y un platón de frutas, y colocó en ella cuanto chocolate pudo encontrar en casa. Entre ese chocolate se encontraba una parte sustancial del que habÃa traido la visitante suiza para su consumo personal. Ella se enteró, y fue a increpar al banquero, a quien asustó, razón por la cual se llenó de chocolate la camisa. Enojados, el banquero y la suiza se hicieron de palabras, y en un momento dado la suiza tomó el abrecartas del banquero y se lo enterró en el corazón. La presición de la puñalada la delató: sólo un ciudadano helvético serÃa capaz de tanta precisión.
–Asombroso, sencillamente asombroso, inspector –dijo el doctor Wingtower–. Pero queda el detalle de que ella no estaba presente en el momento del asesinato.
–Precisamente. Nada más sencillo para un suizo que retrasar todos los relojes de la casa, para crearse asà una coartada perfecta, y volverlos a adelantar cuando llegó la policÃa investigadora.
–Asombroso, sencillamente asombroso, inspector –repitió el doctor Wingtower.
Colt y Beretta salieron corriendo por la puerta de la oficina, con intención de detener a la criminal, ladrando órdenes por sus radios. El inspector Mendizábal pasó al siguiente caso.
–Veamos. El “Caso de la Torre Américas.” Un abogado, Gaudencio Trinquetes, famoso cobrador de cuentas difÃciles, es encontrado muerto. Al principio, se sospechaba de un suicidio, pero dado que se encontraron 66 casquillos percutidos se desechó esa idea por improcedente. Investigaciones posteriores relevaron dos sospechosos, un hombre a quien el abogado le llevaba una demanda contra un corredor de bolsa que le habÃa hecho perder cincuenta millones de pesos; y un inventor a quien le habÃan plagiado una idea morrocotuda. Mas sin embargo estaba comprobado que el tipo se encontraba de vacaciones en Huatulco el dÃa del asesinato, con un gran número de pruebas, una de las cuales se llama Carla y le salió como lumbre, mientras que el inventor fue observado en vivo en la televisión en el preciso momento en que se cometÃa el crimen. Complicado el caso, ciertamente es, pero no imposible.
El inspector se sentó un momento en el silón, reclinó el asiento, miró detenidamente el techo, dijo “Al techo le hace falta una mano de pintura” y se puso de pie con velocidad de saeta.
–El corredor de bolsa. Él es el autor intelectual.
–Asombroso. Sencillamente asombroso –exclamó el doctor Wingtower–. Pero si me permite, el corredor no tiene que ver en este asunto…
–Se lo perdonaré, doctor, porque no es usted investigador. Verá: cuando el inventor fue con el abogado, discutieron amargamente sobre el asunto de los millones en regalÃas que le debÃan tocar por el invento del removedor automático de pelusa para el ombligo que tan popular se ha vuelto últimamente. El abogado se lavó las manos (pues acababa de comerse una naranja) y le explicó al inventor que habÃa que tener paciencia. El inventor salió a rumiar sus penas en un bar cercano, donde se puso a platicar de sus desventuras con un tipo que resultó ser el corredor de bolsa a quien el abogado perseguÃa. El corredor de bolsa le ofreció la quinta parte de las ganancias del desfalco al primer sospechoso, a cambio de que matara al abogado, que estaba ya muy cerca de la pista del dinero. El inventor, que pensó que 10 millones era una buena cifra a cambio de su alma, aceptó y preparó un método para matar al abogado sin comprometerlo. Ese dÃa intentó alejarse lo más posible de la torre y se subió al Tren Ligero, mas sin embargo se bajó en el parque Revolución en lugar de transbordar hacia Tetlán, y se encontró en medio de una marcha del orgullo gay. Los manifestantes quisieron acogerlo entre su seno y el inventor, con un miedo rayano en el terror pánico, echó a correr en medio de la multitud, siendo filmado por las cámaras mientras una multitud de “locas” lo perseguÃan diciendo cosas que hubieran hecho sonrojar al Ãnima de Sayula. En una caÃda que se dió activó el dispositivo que cometió el asesinato a control remoto, y los policÃas alcanzaron a cogerlo y subirlo a una camioneta antes de que las “locas” hicieran lo propio.
–Asombroso, sencillamente asombroso –volvió a exclamar el doctor Wingtower. Smith y Wesson ya habÃan salido corriendo a detener a los criminales, al frente de una intensa movilización policiaca.
El inspector Mendizábal abrió un cajón de su escritorio y sacó una revista de crucigramas. Lo abrió en la página 64, y comenzó a trabajar. De pronto se escuchó un golpe en la mesa de caoba y la voz atronadora del inspector.
–¡Me lleva la chingada! ¡Otra vez el Dios Egipcio de la Muerte! ¡Seis Letras! ¡Eufrasio!
–Eufrasio tiene ocho letras— informó el doctor Wingtower.
–Ya lo sé, estoy llamando a mi ayudante.
Eufrasio entró y se cuadró frente al inspector.
–Eufrasio, necesito que se vaya como de rayo a la embajada de Egipto. Sonsáqueles lo que pueda. Cuélguese de los teléfonos. Monte guardias. Intercepte la valija diplomática. Torture al embajador si es necesario. Necesito obtener el nombre del dios egipcio de la muerte.
Eufrasio salió corriendo a cumplimentar el encargo.
–¡Señorita Ivanka! –gritó el inspector– ¡Vayase a la biblioteca pública y búsqueme entre todas las historias de CorÃn Tellado una cuyo tÃtulo tenga 13 letras! Y usted, doctor Wingtower, se me va como de rayo al aeropuerto y tome el primer vuelo que salga con rumbo a Bolivia. Necesito una lista de todas las plantas medicinales utilizadas por los aimaras que tengan 7 letras –el inspector se puso su sombrero y su gabardina–. Mientras tanto yo iré al INEGI a buscar el nombre de una montaña de 5 letras en el Cáucaso. Hay crucigramas mucho más complejos de resolver que cualquier crimen…