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Homeopatía-Howto…

November 23rd, 2006 | Filed under Para lelos.

¡Sea un héroe ante sus vecinos! ¡Cure todas las enfermedades de sus amigos hipocondriacos! ¡Gane dinero a toneladas vendiendo agua a $1000 pesos el litro! ¡Aumente el tamaño de su…! Perdón, un spam se coló… veamos, iba yo en, ah, sí… ¡Conviértase en médico homeópata!

La homeopatía, en pocas palabras, es un fracaso. Su historia comenzó allá por 1796, cuando un médico sajón llamado Christian Friedrich Samuel Hahnemann Spires decidió que la medicina de su época no era buena.
La historia, por supuesto, es más complicada de lo que parece. Empezando por el hecho de que Hahnemann nació en Meissen, en lo que hoy es Alemania, el 10 de abril de 1755. Hahnemann murió en París, Francia, el 2 de julio de 1843. Entre esas dos fechas, Hahnemann vivió su vida. Al ser sajón, nuestro ilustre personaje hablaba alemán, el mismo enrevesado idioma de Gutenberg, lo cual tiene su mérito. Mayor mérito es el hecho de que a los 20 años Christian Friedrich Samuel hablaba con fluidez inglés, francés, italiano, griego y latín, y posiblemente portugués y español. De hecho el muchachón se ganaba la vida como traductor y profesor de idiomas. Unos años después nuestro muchacho aprendía a hablar árabe, siríaco, hebreo y caldeo entre otros. Hahnemann estudió medicina en Leipzig y Viena. Se tituló como médico por la universidad de Erlangen en 1779. Su tesis, que le valió recibir honores y titularse magna cum laude, fue sobre el tratamiento de los calambres. Comenzó su práctica profesional en 1781, y poco después se casó con una señorita (hasta ese entonces) llamada Johanna Henriette Kuchler. Dado que no había televisión en ese entonces, Samuel y Johanna tuvieron 11 hijos. Empleado por el Duque de Anhalt-Köthen, en lo que durante ese tiempo era Prusia, Hahnemann introdujo la práctica de la cuarentena.
Hanneman pronto descubrió que los médicos y la medicina de su tiempo eran igual de efectivos que un burro haciendo papiroflexia. Abandonó la medicina y se dedicó a la química, a la traducción y a escribir.

Efectivamente, en el siglo XVIII y buena parte del siglo XIX, la gente sufría mucho cuando le tocaba ir al médico, que en su mayor parte lo único que sabían hacer bien era reducir fracturas. Las operaciones se hacían sin anestesia y con ayuda de mucho alcohol (dentro del paciente). Hasta que llegaran Horace Wells y William Morton allá por 1846, las operaciones requerían un trozo de cuero para que el paciente lo mordiera, junto con dos gigantones que detuvieran al paciente y un buen número de correas. En ese tiempo había médicos tan rápidos que podían amputar una pierna en un parpadeo.

Como sea, la cosa es que Hahnemann se encontraba traduciendo el “Tratado en Materia Médica” de William Cullen cuando llegó al capítulo en que Cullen (evidentemente) describía los usos y abusos de la chinchona (o quina), árbol peruano del cual se extrae la quinina. Cullen decía que, debido a sus cualidades astringentes, la quina (o chinchona) era muy efectiva para tratar la malaria. Pero Hahnemann sabía que había otras sustancias astringentes que no eran efectivas contra la malaria. Así que hizo lo que cualquier médico que estudiaba química y trabajaba como traductor haría: probó en sí mismo la planta en cuestión. Y no poco, no: se tomó una dosis grande. El resultado no podía ser más raro: le dió una curiosa fiebre intermitente con pulso rápido y enfriamiento de las extremidades, un cuadro muy similar al de la malaria. Hahnnemann sabía eso porque, cuando era médico a las órdenes del gobernador de Transilvania, le dió malaria (o posiblemente paludismo, que es lo mismo, ya que es provocado por un microorganismo del Reino Protista, Filo Sporozoa, Clase Esporozoea, Subclase Coccidea, Orden Haemosporidea, Familia Plasmodidae y Género Plasmodium, especies vivax, ovale, malariae y falciparum, esta última realmente peligrosa). El atarantado de Hahnemann pensó entonces (”observó,” dicen los homeópatas) que la quina producía un estado similar a lo que se decía curar, y decidió que si estando sano la medicina producía los síntomas que curaba en un enfermo, al darle a un enfermo la medicina se contrarrestaban sus efectos. No hizo más pruebas, porque tenía la razón: el azufre afectaba la piel sana y ayudaba en la piel enferma, la belladona provocaba fiebre y enrojecimiento, justo lo que ayudaba a curar, y además ya lo había dicho Paracelso: el veneno, en dosis bajas, puede curar (La frase de Paracelso es “El veneno está en todas las cosas, y no hay cosa sin veneno. La dosis es lo que lo hace un veneno o un remedio” por si se lo preguntaban). Así que, con base en esa única experimentación, Hahnemann postuló la Ley de los Similares: Lo Similar Cura Lo Similar.
La realidad es que Hahnneman había sufrido un ataque alérgico.

Convencido de que su Magnífica Observación era correcta, Hahnemann comenzó a tratar pacientes con drogas y venenos que producían los mismos síntomas en una persona sana. Lamentablemente, sus pacientes de pruebas caían como moscas. Hahnemann, siempre observador, observó que la ingesta de las cantidades de drogas que producían los síntomas que trataba de curar casi siempre resultaban fatales para el enfermo. Para solventar ese problema, había que eliminar la toxicología. ¿Y cómo hacerlo? ¡Diluyendo! ¡He ahí la solución! Retire un millón de pesos de la cuenta de alguien de un solo jalón y todos lo notarán. Retire un peso de un millón de cuentas y a nadie le importará un comino (axioma: suficientes pecesillos se comerán una tesorería).
Haciendo una analogía a nuestro dilema, si el arsénico en altas dosis te mata, el arsénico en bajas dosis te cura. Paracelso no puede estar equivocado, ¿verdad?

Y Hahnemann empezó a diluir, y a diluir, y a diluir, y luego diluyó un poco más. Y como sus pacientes no sólo no empeoraban sino que mejoraban (la mayor parte porque su organismo se hacía cargo del problema solo, los otros simplemente se morían) Hahnemann supo que tenía en sus manos una herramienta poderosísima: mientras más diluído estaba el medicamento, mejor. Así que volvió a diluir, y a diluir, y a diluir, y luego diluyó un poco más.
Hasta que…
Caray…

Hasta que diluyó tanto que ya no había nada que diluir.

El principio de la dilución del atarantado de Hahnemann implicaba que, mientras más diluida una sustancia, mucho más potente era una dilución. Para ejemplificar esto, me documenté perfectamente bien con un homeópata, que me dió la fórmula exacta para realizar, a la manera tradicional, el remedio de Hahnemann para el insomnio. Por si fuera poco, compré una pila de globulitos de azucar y lactosa y unos frasquitos para medicinas homeopáticas que me costaron como 25 pesos en el centro (que compré en Juárez y Gonzalez Ortega, a la vuelta del exconvento del Carmen para mas inri).

Para realizar esta medicina, lo primero que necesitamos es una droga que produzca los mismos síntomas que queremos curar. Insmonio, insomnio, insomnio… ¿qué cosa nos produce insomnio? Una cuenta que se vence, por supuesto, pero eso no es suceptible de diluirse. Busquemos algo más corriente: el café. Preparemos un litro de café bien cargado, de esos que deshacen la cuchara cuando la acercas y que son capaces de golpearte por la espalda si te descuidas. Turco, expresso, de olla, lo que sea, si produce insomnio ése es nuestro café.

Una vez que está preparado el café, tomemos un centímetro cúbico de café, es decir, un mililitro, y diluyámoslo en 99 centímetros cúbicos de alcohol, que son 99 mililitros. Tomemos estos 100 cc y procedamos a mezclarlos por medio de ingeniería cinética. Con el envase bien cerrado, golpeemos 10 veces una superficie dura pero flexible (como un almohadón de cuero relleno de pelo de caballo, como Hahnemann) para obligar al contenido a mezclarse. Perfecto, tenemos una dilusión a 1C. Pero esta dilución era muy concentrada para el espíritu bondadoso de nuestro héroe. Tomemos un mililitro de nuestro alcohol cafeinado, y diluyámoslo en otros 99 cc de alcohol. Perfecto, ahora tenemos una potencia de 2C. Pero esto es muy concentrado aún. Para que sea realmente efectivo es necesario diluirlo hasta 10C. Es decir, que debemos diluir otras 8 veces nuestro café. Entonces, y sólo entonces, tendremos la oportunidad de tomar un centímetro cúbico de nuestro alcohol y verterlo sobre los globulitos de lactosa, y aun así, no debes olvidar que la dosis estandar son 3 globulitos, en casos sencillos, y 5 en casos fuertes.

Hahnemann nos miraría con cara de reprobación. Para él, la mejor dilución era la que llegaba a 30C. Una dilución de 10030 o lo que es lo mismo, 1060. Un uno seguido de sesenta ceros. 1:1000000000000000000000000000000000000000000000000000000000000. ¿Recuerdan el número de Amadeus? Este número es muy importante para nuestras cuentas. Es un número bastante grande. 6.02 × 1023 partículas/mol. Tomando en cuenta esto, podemos decir que en una dilución a 15C las posibilidades de que encontremos una molécula de nuestro medicamento en nuestrao alcohol son bastante bajas. En una solución de 30C lo más probable es que ni siquiera se encuentra una ni por casualidad. Pongámoslo en su apropiada dimensión. En un cuerpo de agua de 50m por 25m x 2m se encuentran 1032 moléculas de agua (molécula más, molécula menos) representando un total de 2500000 litros de agua pura y cristalina, mililitro más, mililitro menos. Pues bien, para garantizar encontrar una molécula del medicamento original en una dilución de 15C necesitamos buscar en el 1% de esa piscina, es decir, 25000 litros. Y eso suponiendo que esté perfectamente batida pero no agitada, cual vodka martini de James Bond. Los sucesores de Hahnemann alcanzaron diluciones mayores a 200C. Si mis cálculos son correctos, esto requiere diluir un centímetro cúbico de café en un océano del tamaño del Sistema Solar hasta Sedna, o posiblemente más grande.
Hahnemann, como no era muy diestro en matemáticas y además no conocía a Avogadro, murió sin saber que sus remedios eran inocuos, razon por la cual curaban. En una época en que la práctica más común era sangrar al paciente para drenar los malos humores, tomarse unas gotitas de agua o alcohol no producía ningún daño, lo cual era bueno. Inútil, pero bueno. Pero sus sucesores sí conocieron a Avogadro. La solución a este irónicamente insoluble problema con la solubilidad de un medicamento fue la energía del medicamento.

¿Energía del medicamento, dije? Sí, energías del medicamento. Por alguna increíble casualidad del destino, resulta ser que el agua y el alcohol tienen memoria. Una memoria muy rara, por cierto: son perfectamente capaces de copiar las acciones benéficas de un medicamento diluido en ellos, mas son incapaces de recordar las acciones maléficas de todo lo demás. Por si fuera poco, al saber que están destinados para hacer el bien, ignoran por completo sus recuerdos de cuando atravesaron los filtros purificadores y se niegan a asociarse con el frasco que los contiene. También ignorarán sus orígenes, a menos que así le convenga al abnegado homeópata que preparará con ellos poderosos medicamentos.

Pero esperen, que aún hay más. La memoria del agua es vibracional, lo que significa que puede capturarse a través de un dispositivo que pueda leer vibraciones, como un micrófono. Esta grabación puede ser convertida en un archivo de audio y enviarse como archivo adjunto por internet, donde otro abnegado y tecnológico homeópata reproducirá el archivo frente a un botecito con agua o alcohol, la cual, como es evidente, adquirirá todas las propiedades del medicamento previo. Es decir, ahora lo único que necesitamos en caso de emergencia es guardar todos los medicamentos en una base de datos de sonido, y listo. Medicinas económicas al alcance de la humanidad.

Para terminar este extenso artículo, analicemos un momento las causas por las que la homeopatía funciona.

Así es. Precisamente por eso. Si no pueden ver nada en la pantalla es porque tuve que diluir un poco la respuesta para que cupiera en la pantalla.

La verdad es que la homeopatía no funciona. No existe forma de que funcione, excepto a bajas diluciones (y diría yo, sólo a dilución 1x), en cuyo caso estamos hablando de concentraciones iguales a las que se encuentran en una pastilla alópata tradicional. Pero miles de personas se curan… dirá alguien. Sí, pero no por la homeopatía. Por el efecto placebo.

Un placebo es una sustancia farmacológicamente inerte. Por extraño que parezca, esta sustancia inerte e inocua puede ser capaz de provocar un efecto positivo a ciertos individuos enfermos si éstos creen o suponen que la misma es o puede ser efectiva. A este efecto se le conoce como efecto placebo. Podemos definir el efecto placebo como el fenómeno por el cual los síntomas de un paciente pueden mejorar con un tratamiento inocuo e inútil, simplemente porque el enfermo espera que funcione. Así pues, todas las sustancias que se emplean con fines curativos o paliativos provocan, al administrarlas, un doble efecto: el efecto farmacológico real y el efecto provocado por sugestión. Si la sustanciano tiene efecto farmacológico alguno, aún así puede presentarse una cura; en estos casos, lo más probable es que la enfermedad haya sido psicosomática o que el sistema de defensas naturales del organismo haya hecho sanar al enfermo.

Podemos comprobar esta teoría nosotros mismos, ejerciendo de homeópatas. Sólo necesitamos una oficina llena de frasquitos verdes, balncos y azules con etiquetas de colores llenos de globulitos empapados en alcohol. Un par de diplomas de las Academias Ambulancia que nos confirmen como médicos homeópatas o doctores en ciencias muy ocultas también ayudan. Hay que verse como médico de categoría: nada de dar consulta en bermudas, camisa hawaiiana y sandalias: hay que hacerlo con fina bata de lino, traje italiano y corbata de seda, y hacerlo con una cara tal que se demuestre que exhudamos sabiduría por todos los poros del puerco –digo– del cuerpo. Si se tienen canas en las sienes mucho mejor. Hágase que el paciente recite pacientemente sus síntomas, y si no reconocemos nada particularmente grave (digamos, nuestro paciente tiene una gripita pasajera), tómese un frasquito al azar pero de manera que no se vea que se toma al azar, y extiéndaselo al paciente junto con la recomendación de que se tome tres globulitos cada cuatro horas, durante 5 días. Y al final, casi como con vergüenza, cuando el paciente les pregunte cuánto es, digan humildemente “Nada más 20 pesos.” Adivinen qué pasará:

  1. Nuestro medicamento homeopático resultará sumamente efectivo, por supuesto. Siempre he dicho que los globulitos de azúcar con tequila Don Julio hacen maravillas. Es más, deberíamos prescindir de los globulitos…
  2. las defensas naturales de nuestro paciente acabarán con el virus de la gripa siguiendo el cauce natural de las cosas. Pero como nuestro paciente no se preocupará demasiado por no estar saludable, estará más relajado y el sistema inmunológico se concentrará mejor en su tarea.
  3. Si fallamos, no importa. Nuestra reputación es inmune al lodo. Además, para eso están los médicos de verdad, para que ellos carguen con la culpa de todos los males. Ellos son los que entierran pacientes, no nosotros.

Ah, la sufrida vida de un homeópata…

10 Responses to “Homeopatía-Howto…”

  1. Darth Tradd | 23/11/06

    ¡Golden! ¿Dónde escuché ese nombre antes?

    En fin, ya decía yo que me equivoqué al no haber estudiado homeopatía o algo similar. Ya lo dijo el Dr. Cacahuate:

    http://www.drcacahuate.com/

    Lo que nunca había escuchado era eso de que le podías mandar las vibraciones (¿El modelo será de Bose-Einstein? ¿De Maxwell-Boltzman? No, espera, eso es para el estado sólido. Retiro lo dicho) del agua a larga distancia. Suena casi tan bueno como los cristales de agua que se ponen lindos y hermosos (al estilo yucateco) si les hablas bonito:

    http://www.hado.net/index2.html
    http://netmar.com/~maat/archive/aug1/consciouswater.html

  2. Pereque | 23/11/06

    Excelente. De antología.

  3. Antonio | 23/11/06

    Saludos Jack,
    Oye, con eso del principio de los similares, me pregunto si Hahnemann no se lanzó para presidente de la república prusiana por su propio partido homeopático

    Un ABrazo

  4. sentoki | 23/11/06

    Estupenda definición. Aunque contra el insomnio yo creo que no hace falta tantas disoluciones, de hecho si mezclas una parte de café con otra parte de alcohol, pongamos por ejemplo coñac, lo que obtienes es un carajillo, que en dosis moderadas después de comer, además de un maravilloso digestivo, te entra un calorcillo y estas tan a gusto que enseguida estás roncando. Garantizado.

    Saludetes.

  5. Cataclísmica | 23/11/06

    Esa fórmula es estupenda, Sentoki querido, pero definitivamente no es homeopática.
    Mi abuelo acostumbraba fumarse un coñac y beberse un puro cuando estaba enfermo. Decía que así se acababa con la enfermedad, unas veces sola y otras con todo y paciente. Yo creo que lo hacía para poder quedarse en su estudio fumando y bebiendo sin que nadie lo molestara.

  6. Mus | 24/11/06

    El asunto del efecto del placebo es complicado, pero conviene desterrar un mito: el del propio placebo. El efecto del placebo quizá no se deba (al menos no exclusiva ni principalmente) al hecho de que alguien piense que tomar un chocho que se supone terapéutico lo curará: es decir, no se trata de efectos psicosomáticos — o mejor dicho, permítanme insistir, no solo de ellos–. Esta es una forma sencilla y de explicar el efecto, pero la cosa es mucho más compleja,

    Por ejemplo, uno de los fenómenos que podría explicar el efecto del placebo es el efecto Hawthorne, según el cual la respuesta de los sujetos cambia por el mero hecho de ser observados (tanto si se toman un chocho como si simplemente saben que están en una investigación). Esto viene a ser una especie de principio de Heisenberg aplicado a la conducta humana.

    Otra posibilidad es que la propia investigación (y no digamos la mera observación anecdótica) esté sesgada en su diseño o ejecución, o sujeta a la chiripa, o serendipia como le gusta a Jack llamarla. Otra posibilidad es que los sujetos sometidos a estudio reciban un estándar de atención mucho más estricto que el que reciben normalmente: si uno va más seguido al médico, sin pasarse, y además el médico es un investigador –que suelen ser mejores médicos, dicho sea con todas las precauciones aplicables–, sus posibilidades de curar con un placebo quizá no mejoren, pero tendrá más chance de evitar problemas paralelos que en condiciones reales (es decir, si no estuviera tomando el placebo) no detectaría o detectaría tarde. En definitiva, y hablando en general, un sujeto de un estudio suele estar en mejores manos por el mero hecho de estar en un estudio. Esto lo saben muchos sujetos de estudio, que eligen participar en estudios de investigación por la simple razón de que saben que van a ir más al médico y se sienten más controlados, más vigilados y más dispuestos a seguir instrucciones de todo tipo (p. ej. dietéticas, de estilos de vida, etc.)

    La investigación del efecto del placebo es compleja en sí misma, porque implica cierto grado de engaño a los sujetos y esos engaños están mal vistos según la concepción moderna del consentimiento informado. La propia investigación de la homeopatía con conceptos y estrategias de investigación clínica tradicional enfrenta graves retos de diseño, entre otras cosas porque los fundamentos de la medicina convencional y la homeopatía se apartan tantísimo que las comparaciones clásicas del método científico imperante resultan un poco chistosas.

  7. tonyx# | 24/11/06

    vaya, que bueno que explicas porque es un fraude, la verdad es que ya me lo parecia pero soy muy perezoso para investigar, pero es que en realidad es dificil pensar, en contra de todo hecho cientifico que tomar bolitas de azucar remojadas en alcohol te vaya a hacer efecto alguno… quimicamente, una explicacion posible es el efecto placebo, o simples serendipias como tu dices, igual podriamos usar M&M’s y nadie lo notaria… solo nos aseguramos de borrarles las M’s ^_^U

  8. Don Pastrami | 24/11/06

    Holi lo hace: a los pacientes más reacios a NO tomar medicinas en el Civil Holi les da pastillitas de miel con vitamina C (de esas que cuestan 25 pesos el kilo) y funcionan bastante bien. Cata gusta de darles chochitos con tequila a sus pacientitos, para que los padres se calmen y no se la pasen dándoles antibióticos.

    En otro tenor de cosas, efectivamente el efecto placebo es algo digno de ser investigado, ya que el acercamiento simplista que utilicé yo implica que el paciente cree que lo que se le da es efectivo. Para descartar esto (en cierta manera) se diseñan pruebas de doble ciego durante el desarrollo de medicamentos. Estas pruebas incluyen un grupo de control, un grupo con placebo y un grupo con medicamento. Los médicos que atienden a los pacientes del grupo placebo y el grupo medicado no saben en qué grupo se encuentra su paciente. Los pacientes de ambos grupos no saben si toman un placebo o un medicamento. Al finalizar la prueba se comparan los resultados: si no hay una desviación estadística significativa en cada uno de los grupos de prueba comparados con el grupo de control, es porque el medicamento no sirve y se debe regresar a la mesa de dibujo. Qué cosas…

  9. Alarum Raia | 25/11/06

    En Chelsea, el barrio de galerías de arte de Nueva York, vi un espectacular en un puente que me encantó. Es una frase de Patrick Mimran:

    Art is like homeopathy, it only works for you if you believe in it.

    y bueno, tiene un poquito que ver con el tema… je je

  10. Don Pastrami | 25/11/06

    Completamente cierto, Maya, completamente cierto.

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