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El Rediezcubrimiento de América

October 16th, 2006 | Filed under Historia del Mundo al Molcajete.

1492, en un lugar conocido como Palos, que muchos años después estaría en Huelva y sería conocido como Palos de la Frontera, se embarcó un italiano medio loco llamado Christopher Robin Columbus New México, (a) “Er Niño de los Huevos.” Pero empecemos por el principio.

Allá en Castilla, los Reyes Catódicos, don Fernando y doña Isabel, estaban en la más ruinosa de las bancarrotas tras expulsar a los moros de España y montar la primera cadena nacional de televisión. En eso estaban cuando llegó un italiano, de bigotito recortado, pelo engominado y ropas elegantes, a pedir audiencia con su majestad. Venía a ofrecerle un trato al Rey, consistente en una pastillita azul de su invención y a la que el italiano le atribuía la curiosa propiedad de “levantar a los caídos en batalla y permitir que regresen a luchar un día más.” Don Fernando no estaba muy interesado aún en dicha pastilla, diciendo que todavía su ejército tenía mucho vigor, pero que le dejara su tarjeta por si algún día se ofrecía algo. Don Christpher Robin pasó entonces al plan B, y le dijo a doña Isabel que conocía tierras maravillosas donde el sol era dorado, el mar azul, las arenas blancas, y cientos de negros serviciales llevaban constantemente daiquirís y piñas coladas mientras le daban un masaje relajante y adelgazante. Evidentemente doña Isabel se interesó, sobre todo por la parte del masaje reductivo, y pidió informes detallados de dicho lugar.

Procedió Christopher Robin a extender una serie de mapas, astrolabios, sextantes, compases, reglas, escuadras y un huevo duro con mucha pimienta, este último parte de su desayuno pero no se había podido comer. Le mostró a doña Chabela la localización de una serie de tiempos compartidos, y una serie de fotografías y folletos en color.
–¿Y cómo se llaman estas islas, don Crístofer? –dijo doña Isabel.
–Algunos les dicen las Antillas, otros le dicen el Caribe…
–Olvídese del Caribe –dijo don Fernando tomando un folleto en que aparecían unas morenas de muy buen ver y mejor tocar– ¿cómo se llega a las indias?
–Navegando para allá, su majestá…
–Coño, hubiéramos empezado por ahí, ¿cuándo partimos? ¿El boleto incluye una de esas pastillitas que me mostró antes?
–Normalmente no, Majestá, pero por ser usté haré una excepción –y le alargó un frasquito.

Fernando empeñó hasta la camisa (decidió que haría el viaje en traje de baño) y doña Isabel todas sus joyas (quería comprarse nueva joyería allá, aprovechando que el oro estaba a la baja) y se largaron desde el puerto de Palos con dirección al Caribe. Al ver las naves en las que iban a partir, Isabel preguntó cómo se llamaban los barcos, mientras que Fernando (que según las crónicas estaba mirando para otro lado) exclamaba “Santa María, qué Pinta tiene la Niña.” Evidentemente, los deseos del Rey eran órdenes y las naves pasaron a llamarse la Niña, la Pinta y la Santa María. Embarcaron y salieron del puerto de Palos el 3 de agosto de 1492, pero aprovechando viaje doña Isabel insistió en que se desviaran a visitar a su comadre doña Beatriz de Bobadilla en La Gomera, en las islas Canarias. De ahí salieron el 6 de septiembre y se dirigieron a la tercera estrella a la derecha y de frente hasta el amanecer, cantando algo que sonaba a “Igual que en viejos tiempos las velas ya se apagan…”

Pero lo malo es que el ayudante de Christpher Robin, un inglés chaparro y peludo de nombre Gwynner Thoupoo (a quien le decían el Osito), que era el que tenía a su cargo los mapas y demás instrumentos, había confundido kilómetros con leguas y el viaje parecía interminable. Y los Reyes empezaron a cansarse y a molestar todos los días con la cantileta de “¿A qué hora llegamos?” Y lo que es peor es que a don Christopher Robin le empezaron a dar dolores de cabeza y mareos constantes, por lo que su primer oficial, don Juan de la Cosa, le mantenía una constante provisión de aspirinas y dramamine, a la vez que le tenía a don Fernando una abundante provisión de pastillitas azules que pagaba doña Isabel en efectivo.

Una tarde, desesperado, don Christopher convocó a junta general, y le informó a todos los tripulantes de la Pinta, la Ñiña y la Santa María que le otorgaría un premio de 100 redoblones (que eran unas curiosas monedas de cuatro veces el valor de un doblón y que hacían un sonido extraño al caer) a quien descubriera tierra. Y acto seguido regresó a sus habitaciones, verde del mareo y con un dolor de cabeza taladrante.

Don Juan de la Cosa se había quedado sin Dramamine y sin Aspirinas, y había tenido que pedirle provisiones a don Martín Pinzón, que subió a la Santa María una noche con la única pastilla que le quedaba y que había encontrado en las pertenencias de la tripulación. Don Christopher se la tomó ni tardo ni perezoso, y pareció recuperarse. Se asomó por la escotilla de su camarote, y comenzó a gritar “¡Hemos llegado, coño!” con una constancia digna de mejores causas.

Don Juan y don Martin se abalanzaron a las otras escotillas para ver dicha maravilla, pero no vieron nada más que unos pocos peces fosforescentes y un par de algas.
–Pueh no veo ná, ¿te da cuén? –dijo don Juan, que tenía un acento español tan cerrao que por las mañanas tenía que abrirlo con llave inglesa.
–¡Que sí, coño, que sí, que ahí están las luces de los casinos!
–¿Casinos? ¿donde?–preguntó don Martín, que ya quería echarse unas partidas de poker con alguien que tuviera dinero.
–Ahí, coño, ahí, donde dice “Mirage” y “Tropicana.”
–Pueyó zigo zinver ná.
–¿Es que estáis ciegos, mecagüentó? ¡Ahí, enfrente, donde están todas las luces de neón, coño!
–Pero Almirante, ahí no hay nada de luces…
–¡Estoy rodeado de incompetentes! ¡Si las luces están clarísimas! ¡En lugar de haber llegado a las Antillas hemos llegado a las Vegas!
Y en eso se escuchó claramente a un grumete, un tal Rodrigo de Triana, que gritaba “¡Tierra a la vista! ¡Tierra a la vista! ¡Me he ganado los 100 redoblones!”
–¡Te has ganado una leche, chaval! –gritó don Christopher Robin, que también era muy tacaño– ¡Que la tierra la he visto yo antes y aquí tengo dos testigos! –y se puso a dar vueltas mientras bailoteaba y canturreaba algo así como “Uno de enero, dos de febrero, tres de marzo y cuatro de abril…”
El resto de la historia es por todos conocido, pero siempre faltó un elemento clave para resolver el enigma. ¿Qué era esa pastillita confiscada que consumió el almirante en tan tremendo trance? Tal vez nunca lo sepamos. Lo único seguro es que en el frasquito donde estaba almacenada la pastilla estaba inscrita una frase bastante curiosa, que decía Lyserg Säure-Diäthylamid…

5 Responses to “El Rediezcubrimiento de América”

  1. Ekkaia | 17/10/06

    Don Pastrami:

    Hoy precisamente que la blogósfera dejó de girar (al menos la parte que me interesa y leo diariamente) recuerdo que había un tipo -que creía, Mexicano- que comentaba chido y religiosamente en el blog del Gonzo…

    Veo que usted no forma parte de la población activamente inconsciente que olvidó el día de la raza… muy buen poste.

  2. tonyx# | 18/10/06

    me recuerda al antishow de los tepichines, precisamente sobre el descubrimiento y la conquista de america, voy a ponerlo en un servidor de ftp para que lo bajen, esta chido, pero en mp3 mide como 60 megas… luego les paso la direccion…

  3. Antonio | 19/10/06

    Saludos,

    Está bueno el post, aunque le hace falta un poco de rigor histórico, pero por lo demás está muy bien.

    Lo mejor de todo es la definición de redoblones: que eran unas curiosas monedas de cuatro veces el valor de un doblón y que hacían un sonido extraño al caer. Ya busqué en el DRAE y la verdad es que no da una definición tan completa y adecuada.

    Espero seguir disfrutando de cápsulas ilustrativas de este tipo o de algún otro, como por ejemplo de LSD.

    Un Abrazo

  4. Don Pastrami | 19/10/06

    Hombre, es que en este caso estamos hablando no de riogor histórico sino de rigor histérico. Por eso estamos en la sección de “La Historia del Mundo al Molcajete: Episodios históricos que pudieron, debieron, no pudieron o no debieron ser…”

  5. Angel | 23/10/06

    Debo reconocer que no había leido otra histeria del “descubrimiento” más creíble que esta. Antes me quedaba con la de Alfredo Bryce Echenique, que no le anda a la zaga, pero la suya es excelente. No encaja mucho con la de los libros serios pero ¿quién se cree esos aburridos mamotretos?
    Por cierto, por aquí, al otro lado del charco lo del día de la “raza” se mantuvo hasta el final del franquismo. ¿Raza? Pero si aquí tenemos sangre de tos los colores salvo, tal vez, polinesia. Iberos, celtas, cartagineses, alanos, suevos, vándalos, romanos, griegos, árabes… pasaron por aquí, se quedaron sus genes, cuando no ellos mismos.
    Raza. Sí. Como los chuchos callejeros, más o menos.

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