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Ejecuten Orden 66…

August 14th, 2006 | Filed under La Famiglia.

Y ahí estaba yo, en la recepción de una boda, que no sólo no era de mi familia sino que ni siquiera era de mi círculo de amigos. Discutía yo sobre avanzadísimos temas metafísicos (¿Cuál es la receta exacta de la salsa marinara del Monstruo Volador de Spaguetti?) con varios contertulios de mesa, mientras Lilith, Cata y otro enorme grupo de féminas se reunían en torno a la hermana de la novia, que tenía seis meses de embarazo. Nadie pelaba ni al novio, ni a la novia, ni al cura que había sido invitado, ni al juez del Registro Civil que estaba leyendo de manera sumamente aburrida la Epístola de Melchor Ocampo. En eso estaba cuando uno de mis jóvenes educandos pregunta “¿De qué año es la epístola?”

Y ahí voy yo a responder…

Melchor Ocampo, autor de la epístola que lleva su nombre, la escribió allá por julio de 1859, un día en que aparentemente no tenía nada más qué hacer. No tuvo mucho tiempo de inactividad, sin embargo, porque don Melchor (ya lo comenté en alguna otra ocasión) murió por envenenamiento con plomo en 1861 (lo fusilaron). La dichosa epístola se leía siempre en las ceremonias de enlace civil, hasta que a alguien se le ocurrió preguntar por qué se leía, si don Melchor siempre fue gloriosamente soltero. Desde entonces la lectura es opcional. De cualquier manera transcribo la carta de marras, porque he recibido consultas a través de Google que buscan éste interesante cuanto vetusto texto:

Declaro en nombre de la ley y de la Sociedad, que quedan ustedes unidos en legítimo matrimonio con todos los derechos y prerrogativas que la ley otorga y con las obligaciones que impone; y manifiesto: que éste es el único medio moral de fundar la familia, de conservar la especie y de suplir las imperfecciones del individuo que no puede bastarse a sí mismo para llegar a la perfección del género humano. Este no existe en la persona sola sino en la dualidad conyugal. Los casados deben ser y serán sagrados el uno para el otro, aún más de lo que es cada uno para sí. El hombre cuyas dotes sexuales son principalmente el valor y la fuerza, debe dar y dará a la mujer, protección, alimento y dirección, tratándola siempre como a la parte más delicada, sensible y fina de sí mismo, y con la magnanimidad y benevolencia generosa que el fuerte debe al débil, esencialmente cuando este débil se entrega a él, y cuando por la Sociedad se le ha confiado. La mujer, cuyas principales dotes son la abnegación, la belleza, la compasión, la perspicacia y la ternura debe dar y dará al marido obediencia, agrado, asistencia, consuelo y consejo, tratándolo siempre con la veneración que se debe a la persona que nos apoya y defiende, y con la delicadeza de quien no quiere exasperar la parte brusca, irritable y dura de sí mismo propia de su carácter. El uno y el otro se deben y tendrán respeto, deferencia, fidelidad, confianza y ternura, ambos procurarán que lo que el uno se esperaba del otro al unirse con él, no vaya a desmentirse con la unión.

Que ambos deben prudenciar y atenuar sus faltas. Nunca se dirán injurias, porque las injurias entre los casados deshonran al que las vierte, y prueban su falta de tino o de cordura en la elección, ni mucho menos se maltratarán de obra, porque es villano y cobarde abusar de la fuerza.

Ambos deben prepararse con el estudio, amistosa y mutua corrección de sus defectos, a la suprema magistratura de padres de familia, para que cuando lleguen a serlo, sus hijos encuentren en ellos buen ejemplo y una conducta digna de servirles de modelo. La doctrina que inspiren a estos tiernos y amados lazos de su afecto, hará su suerte próspera o adversa; y la felicidad o desventura de los hijos será la recompensa o el castigo, la ventura o la desdicha de los padres. La Sociedad bendice, considera y alaba a los buenos padres, por el gran bien que le hacen dándoles buenos y cumplidos ciudadanos; y la misma, censura y desprecia debidamente a los que, por abandono, por mal entendido cariño o por su mal ejemplo, corrompen el depósito sagrado que la naturaleza les confió, concediéndoles tales hijos. Y por último, que cuando la Sociedad ve que tales personas no merecían ser elevadas a la dignidad de padres, sino que sólo debían haber vivido sujetas a tutela, como incapaces de conducirse dignamente, se duele de haber consagrado con su autoridad la unión de un hombre y una mujer que no han sabido ser libres y dirigirse por sí mismos hacia el bien.

Mientras yo comentaba a grandes rasgos la biografía de don Melchor y su participación en las Leyes de Reforma y la instauración del Matrimonio Civil, una compañera de escuela de Cata se me acercó con una mirada de furia para decirme que el texto es profundamente sexista, en especial el párrafo que inicia con “El hombre cuyas dotes sexuales son principalmente el valor y la fuerza…” En resumen, para la feminista compañera de Cata, todo se reducía a un “la mujer es silvestre, presocial, irracional, caprichosa y voluble.” Yo me limité a asentir:
—Sí, lo es, porque en el siglo XIX así era la mujer mexicana. Igual que en el XX y el XXI. Si no me cree, mírese: se enoja conmigo porque estoy explicando la vida y obra de don Melchor y no tengo absolutamente nada que ver con el tema. Es más, Lilith, aquí presente, se hubiera enojado mucho si no le hubieran leído la carta cuando nos casamos.
—¡Pues es una retrógrada!
—Es una ginecóloga, señorita, y muy probablemente hasta vaya a ser su maestra en el hospital…
—¡Animal! —dijo, y se fue muy enojada.
Mis compañeros de celda —digo— de mesa se me quedaron viendo muy raro. Yo les dije “Esto me pasa todo el tiempo desde que me casé” y regresé a mi explicación como si nada hubiera pasado.

El tiempo pasó, el tequila se acabó, alguien fue por la segunda botella, y los novios se fueron. Cata, que estaba muy contenta porque fue dama de honor de la novia, regresó rápido y así como quien no quiere la cosa se me acercó y me preguntó si podía ayudarle: aparentemente a los novios se les había roto la llave al tratar de abrir la puerta de la habitación y nadie encontraba por ningún lado al conserje. Tras repetir esa inmortal frase que hizo famoso al gobierno de Vicente Fox (”¿Y yo por qué?“) allá va el Maybrick a desfacer entuertos.

Y efectivamente, la tarjeta magnética que hacía las veces de llave se había roto en dos pedazos, uno de los cuales se había quedado adentro del lector. Y como el conserje no aparecía, tuve que ingeniármelas para abrir la habitación. Mientras tanto, mandé a Cata para que buscara a mis hermanos y les dije que ejecutaran la Orden 66.
—¿Orden 66? ¿seguro?
–Tú búscalos y regresa corriendo.
–Oki doki.

Una vez libre de molestias (los novios también molestaban, pero menos porque estaban en moderado estado etíilico) le dí una patada a la puerta. ¡Voilà! Se abrió como por arte de magia. Eso es a lo que yo llamo ingeniería cinética. Con ayuda de mi infalible navaja suiza reacomodé lo mejor que pude la contrachapa, saqué la tarjeta rota, y me senté a esperar a que llegara el atarantado del conserje, a quien le hice notar que el estado de la contra de la puerta era lamentable y un riesgo para la seguridad. Acto seguido llegaron Cata, Will, Lilith y Ed, con un grupo de muchachones variados. Will se paró frente a mí y se cuadró, diciéndome “Orden 66 ejecutada, señor.” “Ejecute orden 67, comandante” fue mi respuesta, y todos metieron a la habitación a los novios, cargándolos en hombros. El conserje, que me miraba raro, me dijo que regresaba en un momento con una contra nueva, mientras adentro seguía el jolgorio.
Cinco minutos tardó en regresar el conserje y otros 5 minutos en repara e instalar la contra. De paso cambió la chapa y me entregó una tarjeta de acceso nueva, para los novios. Para entonces, mis soldados ya estaban ejecutando la orden 68: allá adentro estaba un guateque de antología: se jugaba a los dados, al poker, al blackjack y al dominó. Por dinero. Los novios estaban muy entretenidos perdiendo y ganando dinero. Invité al conserje a que se uniera a la fiesta, pero no quiso, no sé si por culpa de los invitados o por sus múltiples ocupaciones. Estuvimos jugando dentro como media hora hasta que dije “Pelotón: Orden 69″

En ese momento, mis lugartenientes detuvieron la pachanga. Cata y Lilith metieron a la novia a la cama, y Will y Ed hicieron lo propio con el novio. A continuación, los taparon con las colchas. Procedimos entonces a hacer conteo de prendas. Prenda que se quitaba el novio, prenda que se quitaba la novia, hasta que calculamos que ya no había prendas qué quitar, a juzgar por el montón de ropa que se había acumulado. Comenzamos a cantar hasta que los dos bultos bajo las cobijas se convirtieron en uno solo y se comenzaron a escuchar sonidos extraños, momento en que mandé que se ejecutara la “Orden 70″. Todos salimos de la habitación, cerré la puerta con cuidado, y regresamos al salón donde se seguía celebrando la recepción.

Ya veremos los resultados de la Orden 69 en los próximos meses.
Uno de los muchachos del pelotón me preguntó si hacíamos esto desde hace mucho tiempo. La verdad es que no lo hacemos muy seguido, pero creo que la primera vez fue en la boda de una de mis primas. Desde entonces sólo lo hemos repetido con parientes y amigos muy cercanos, y se repitió en mi boda. Ésta vez fue un caso extraordinario porque sólo Cata conocía a una de las partes. Como sea, la verdad es que nos divertimos. Así que ya saben: para terminar con broche de oro una boda, nada como empezar con el pie derecho la luna de miel…

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