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El Hombre va a la Luna (ep. 5: Apolo 8 de regreso)

July 28th, 2006 | Filed under La Conquista del Espacio.

En nuestro capítulo anterior:

Nuestros héroes habían resuelto por fin la duda que más atormentaba a la Humanidad: Santa Clós existía. También habían abandonado la órbita lunar y se dirigían con singular entusiasmo a casa. Pero si bien lo difícil ya había pasado, ahora venía lo peligroso…

El bueno de Lovell se entretenía calculando la posición del Apolo 8, maniobrando la nave para poder ver las estrellas que le permitirían saber dónde estaban en caso de que algo le pasara a la computadora de a bordo, tecleando las instrucciones adecuadas para que la nave girara. Empleaba ese tiempo porque no había nada más qué hacer mientras no se acercaran a la Tierra. En eso estaba cuando la nave hizo funcionar sus motores. Una metida de pata del tamaño de una catedral gótica. Una entrada en blanco borró parte de la memoria de la computadora, entre otras cosas, la posición de la nave. Así que la Unidad de Medición Inercial pensó que todavía se encontraba en Cabo Cañaveral y comenzó a disparar los motores para corregir la altitud.

Evidentemente, en cuanto la tripulación se dió cuenta de lo que pasaba, detuvo a la computadora y comenzó a investigar lo sucedido. Ahora debían reingresar los datos que le dirían a la compuadora su posición real. Lovell invirtió 10 minutos en averiguar la posición del vehículo con exactitud, tras de localizar a Sirio y a Rigel alineando la nave con la ayuda de los impulsores de corrección de rumbo, y otros 15 minutos para ingresar los datos en la computadora. Este “entrenamiento” le sería de gran utilidad a Lovell unos 16 meses después. Ya llegaremos a eso.
Allá arriba no había gran cosa que hacer mientras no se acercaran a la Tierra. Los astronautas estaban relajados, tranquilos y felices, viendo el paisaje por las ventanillas y monitoreando la salud de la nave. Mientras los especialistas en balistica de la NASA en Houston calcularan la trayectoria y les dieran los datos correctos, todo estaría bien y podrían descansar los dos días y medio que faltaban para ingresar a la órbita terrestre y descender en el océano Pacífico. Bueno, casi. Faltaba una transmisión final, la quinta y última desde el Espacio. Era la tarde de Navidad y los astronautas le enseñaron al mundo cómo era vivir en el espacio, a blanco y negro, eso sí. Apenas terminar la transmisión, los tripulantes del Apolo 8 recibieron un regalito de parte de Deke Slayton: en el gabinete de comida había tres regalitos de parte de las esposas de Anders, Borman y Lovell, además de pavo verdadero con todo y relleno (deshidratado, claro) y tres botellitas de brandy (que no abrieron, para no comprometer la misión, en vista de la metida de pata de Lovell).

Dos días tranquilos y hasta aburridos transcurrieron antes de que la tripulación se preparara para el reingreso a la atmósfera terrestre. El plan era sencillo: la tripulación dejaría a la nave en la altura y posición justas y la computadora se encargaría de todo lo demás. Sólo si la computadora fallaba, Borman se encargaría de tomar el control. Por fortuna la computadora de a bordo no usaba Windows.
Los astronautas se metieron a la Cápsula de Reingreso, sellaron escotillas, se ajustaron los trajes, se separaron del Módulo de Servicio, se acomodaron en sus asientos, se colocaron los cinturones de seguridad, y se pusieron a esperar. Seis minutos antes de que entraran a las capas más altas de la atmósfera, la tripulación vio a la Luna erguirse majestuosa en el horizonte terrestre, justo como habían predicho los expertos en balística que vigilaban la trayectoria. Y entonces empezaron a caer. apenas habían empezado a entrar a la atmósfera terrestre cuando los astronautas vieron el plasma por las ventanillas. El plasma, en realidad aire supercalentado por la fricción de los escudos térmicos contra la atmósfera terrestre, le daba a las ventanillas una coloración amarillenta. La capsula comenzo a perder velocidad a causa de la fricción y la desaceleración estaba más o menos en el orden de los 6 g, que equivalen a algo así como 59 m/s² .Con la computadora controlando el descenso por el simple procedimiento de cambiar la derrota de la nave, es decir, su ángulo de orientación. El Apolo 8 descendía cual piedra con rumbo al océano. A nueve kilómetros de altura, la cápsula desplegó un paracaídas piloto que estabilizaría la nave; a los 3 kilómetros de altura la nave desplegó tres paracaidas principales. Y entonces cayeron a las frías aguas del Océano Pacífico.

Apenas tocar las aguas, los paracaídas arrastraron a la maltrecha nave y la pusieron en lo que la NASA denominaba Posición Estable 2: de cabeza. Y mientras se enconraban como el Martini de James Bond: batidos pero no agitados, Borman ya estaba mareado y esperaba de todo corazón que los tres globos de flotación colocaran a la nave en una posición más traquila y menos molesta. Cuarenta y tres minutos después llegó el primer buzo proveniente del USS Yorktown, poniendo como excusa que no los habían localizado antes porque habían aterrizado antes del amanecer. Cuarenta y cinco minutos después, la cápula y todos sus tripulantes (y el buzo) se encontraban en la cubierta del portaaviones, que apuntó proa a casa con su valiosa carga: los primeron hombres en haber sobrevolado la Luna.


Ah, la satisfacción de un trabajo bien hecho.

Pero eso no es todo, no. Falta más, mucho más.

En nuestro próximo episodio: tres nuevos héroes recibirán la misión de probar varios componentes del proyecto Apolo mientras se encuentran en órbita sobre la luna. ¿Podrán nuestros héroes con la tarea? ¡No se pierdan “El hombre va a la Luna” Episodio VI: Apolo IX!

5 Responses to “El Hombre va a la Luna (ep. 5: Apolo 8 de regreso)”

  1. Anónimo | 28/07/06

    Bueno, al menos estos tres se han salvado… ya estaba un poco asustado…anónimamente hablando, claro!

    Quedo a la espera del siguiente Apolo… eso sí, otra duda me ha llegado así, sin avisar… si Apolo era, en la mitología griega, el dios del Sol… no hubiera sido más lógico enviarlos a orbitar alrededor del sol? seguro que el modo rosticería sería mucho más efectivo…

  2. maybrick | 28/07/06

    Hubiera sido lógico, claro, pero los usacas nunca han sido buenos en mitología…

  3. Anónimo | 28/07/06

    Ah! tampoco en mitología??? :)

  4. David O | 28/07/06

    Siempre he tenido una duda: ¿Dónde queda el resto de la nave?

  5. maybrick | 28/07/06

    En el espacio.

    Éste es un aspecto que no comenté del todo bien allá arriba. Verás: la mayor parte del cohete Saturno V es el combustible. De éstos, la mayor parte se quema para elevar al resto del combustible (un tanto irónico, pero así es…) y empujar la segunda etapa del cohere. Esta primera etapa cae a tierra y se quema en el proceso. La segunda etapa se quema para empujar a la tercera etapa y a la nave. Queda en órbita por un tiempo y luego cae a tierra, quemándose en el proceso. La tercera etapa y el Apolo quedan en órbita. La tercera etapa se quema, empujando al Apolo hacia la Luna, y se desprende. No puede regresar a la tierra, porque está muy lejos, así que queda en órbita alrededor del Sol, una órbita ligeramente más rápida y más cercana al Sol que la Tierra misma. Tarde o temprano será atraída por un cuerpo celeste ya sea la Luna, la Tierra, Venus o el mismo Sol, y se estrellará o quemará. Por lo pronto ahí sigue. El Apolo permanece en órbita sobre la Luna, luego se dirige a Tierra. El Módulo de Servicio, la parte donde los Astronautas viven, se desprende un poco antes de iniciar el reingreso, y se quema. La càpsula, por el contrario, sobrevive al reingreso, pero muy dañada, y listo: se sacan a los astronautas y la cápsula es enviada a un museo.

    De toda la nave, sólo la cápsula de reingreso regresará, y no precisamente intacta. En cambio, del cohete no regresa nada. Por eso estas misiones eran tan caras: mandabas mil millones de dólares al espacio y regresaban nada mas diez millones.

    Cuando finalice con la serie Apolo (trataré muy exhaustivamente a los Apolos 8, 11, y 17) iniciaré con el Transbordador espacial. Probablemente llegue a narrar el destino del Challenger, si tengo tiempo y memoria, y veremos por qué se pensó desde el principio que esta misión fuera reutilizable.

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