Home   About   Contact   Log in

El Hombre va a la Luna (ep. 3: Apolo 8 en camino)

July 26th, 2006 | Filed under La Conquista del Espacio.

En nuestro capítulo anterior:

Borman viajaba por el espacio con el dudoso honor de ser el primer hombre con vómitos, mareos y ganas de tejer chambritas en el Espacio Sideral. La nave había quedado hecha un asco y la gasolinería más cercana estaba cada vez más lejos y sin posibilidades de regresar a tiempo para evitar otro accidente de esa naturaleza…

Para fortuna de nuestros héroes, el resto de la etapa de crucero del Apolo 8 pasó tranquila y sin incidentes, con la tripulación checando que todo estuviera bien y en orden, y con Lovell y Anders alejándose ligeramente cuando Borman les daba la espalda. La NASA tenía programada una transmisión de televisión a las 31 horas del viaje. Se utilizó una cámara de blanco y negro con un peso de dos kilos (bastante ligera para la época) con dos lentes: uno de ángulo ancho (muy ancho: 160 grados de apertura) y un telefoto (de nueve grados de apertura). En esta transmisión, la tripulación trató de darle un paseo por la nave a los televidentes y mostrarles la Tierra desde muy arriba. Borman describía lo que se veía desde la ventana del Apolo 8 porque, lamentablemente, en la Tierra lo único que veían los televidentes era un disco blanco. A falta de filtros apropiados, la luz de la Tierra saturó la cámara. El hecho de no tener con qué visualizar la imagen hacía que los astronautas apuntaran a ciegas. Y después de 17 minutos de transmisión, la rotación del Apolo 8 debido al Modo de Rosticería hizo que la antena de alta ganancia dejara de apuntar a la Tierra. Lovell alcanzó a terminar la transmisión deseándole a su mamá un feliz cumpleaños.

Para este momento el horario planeado para que los astronautas durmieran había sido hecho bolita y tirado al cesto de la basura. A las treinta y dos horas y media del lanzamiento, Lovell se durmió, tres horas y media antes de lo planeado. Media hora después Anders hizo lo mismo, tomándose una píldora para dormir y –dicen los malintencionados– recomendándole a Borman que se pusiera un tapón para pasar la jornada. Para este momento, a pesar de dirigirse hacia allá a muy altas velocidades, ninguno de los tres astronautas había visto la Luna. Y es que, de las cinco ventanas que tenía la nave, tres estaban empañadas por culpa del sellador de silicón, que al calentarse con el sol había lanzado algunos gases; y a que la posición de la nave impedía que pudieran ver la Luna desde las otras dos ventanas. De hecho, no fue sino hasta que la tripulación le dio la vuelta a la Luna que pudieron verla en todo su esplendor.

Habían transcurrido ya 55 horas desde el despegue y era tiempo de hacer otra transmisión de televisión. Para entonces, los astronautas se las habían ingeniado para tomar los filtros de las cámaras fotográdicas y montarlas en el teleobjetivo de la cámara de TV. Parece ser que un jovencito llamado Angus MacGyver se enteró de esto y comenzó una fructífera carrera como espía, utilizando como principales herramientas para desfacer entuertos una útil navaja suiza y toneladas de rollos de cinta de ducto. Pero divago. Decía yo que los astronautas tenían que hacer una transmisión de televisión. Ésta vez, el encargado de describir las imágenes fue Jim Lovell, que describió lo mejor que pudo la Tierra, lo que era visible y los colores que se podían ver. Esta vez, la transmisión duró 23 minutos y Lovell ya no le deseó un feliz cumpleaños a su mamá.

Y a las cincuenta y cinco horas y cuarenta minutos desde el despegue, el Apolo 8 entró al campo gravitacional de un cuerpo celeste que no era la Tierra. Si bien técnicamente esto no es correcto (la Luna está en la influencia del campo gravitacional terrestre, y la tierra está en la influencia del campo gravitacional solar, y así sucesivamente) en la práctica la gravedad que ejercía la Luna era mayor a la gravedad que ejercía la Tierra, así que ahora, y para todo efecto práctico, el Apolo 8 estaba bajo control de Selene. Haciendo un poco de cálculos matemáticos, los tres hombres se encontraban a 62,377 kilómetros de distancia de la Luna, viajando a una velocidad de 1,216 m/s; es decir, iban rapidísimo. Increíblemente, el momento les pasó desapercibido a los astronautas porque los jovenazos aún estaban calculando su trayectoria y velocidad con respecto al Cabo Kennedy. Y seguirían haciéndolo hasta que efectuaran su última corrección de curso, cuando cambiarían a un marco de referencia basado en la orientación ideal de la nave respecto a la Luna, y utilizarían por segunda ocasión el motor del Sistema de Propulsión de Servicio para darse un empujón en la órbita lunar. Faltaban 13 horas antes de que estuvieran en órbita alrededor de la Luna.

El mayor evento antes de insertarse en la órbita lunar era la segunda corrección de curso. Ésta debía ser retrógrada, es decir, se debía desacelerar la nave algo así como 60 centímetros por segundo. De esta manera, la distancia a la que pasaría la nave de la superficie de la Luna sería menor, permitiendo que se insertaran en órbita. Exactamente a las 61 horas de efectuado el lanzamiento, y a 39,000 kilómetros de distancia de la Luna, la tripulación encendió el motor del Apolo 8 por 11 segundos. Eso les permitiría dar una vueltecita por la luna a escasos 115 kilómetros de distancia, que en términos astronómicos es como para extender la mano y tocar la Luna. Y sin una atmósfera que te dificulte la visualización, la vista sería perfecta (si descontamos el maldito vaho del aislante de silicón en las ventanillas). Tres horas después, la tripulación se preparó para ejecutar la acción LOI-1: Lunar Orbit Insertion-1, es decir, la primera Inserción en Órbita Lunar de la Historia. No había margen para el error. Muy abajo, y caes a la Luna. Muy arriba, y te vas al espacio sin posibilidades de regresar a Casa. Y peor aún: había que hacerlo en la Cara Oculta de la Luna por culpa de la física mecánica orbital. No sólo ningún ojo humano había visto en vivo y en directo el Lado Oculto de la Luna; tampoco había posibilidades de comunicarse con la Tierra, porque había un estorbo muy grande: la Luna. Qué ironías…

En Houston, el Control de Misión estaba preocupado. Sí, se habían hecho miles de cálculos y simulaciones. Pero, ¿Y si algo fallaba? ¿Y si los muchachos no podían insertarse? ¿Y si no existiera Santa Claus? Se tomó entonces una decisión democrática. La pregunta era un simple “¿Va o no va?” A las 68 horas, Control de Misión les informó que la decisión era “Va, montando el mejor pájaro que pudimos encontrar.” (Go, “riding the best bird we can find”). Sesenta y ocho horas con cincuenta y ocho minutos después del despegue, el Apolo 8 se ocultó detrás de la Luna.

Diez minutos antes de la inserción lunar, la tripulación inició un último chequeo de la nave, esperando no tener problemas porque ya no había forma de comunicarse con la Tierra. Verificaron que cada switch estuviera en su posición adecuada, que cada contacto que debía estar cerrado estuviera cerrado, que cada contacto abierto debía estar abierto, que cada luz que debía estar encendida estuviera encendida y que cada luz que debía estar apagada permaneciera apagada, en resumen, que todo estuviera bien. Y entonces los astronautas, faltando dos minutos para iniciar la maniobra, vieron al sol iluminando oblicuamente la superficie lunar. Fue Lovell quien lo vio primero, pero había tan poco tiempo para admirar…

Exactamente a las 69 horas, 8 minutos y 16 segundos desde el lanzamiento, el Sistema de Propulsión de Servicio se encendió por cuatro minutos y 13 segundos, colocando al Apolo 8 y su tripulación en órbita alrededor de la Luna. La tripulación describiría ese tiempo como los cuatro minutos más largos de toda su vida. Y es todo debía ser perfecto, con exactitud milimétrica (a escala espacial, claro está), si no querían ir a visitar Saturno o ver la superficie de la Luna muy de cerca y sin posibilidades de retorno. O incluso hubieran podido haber terminado en una órbita elíptica que hubiera hecho peligrar la misión o incluso impedir que se llevara a cabo. Tras verificar que todo estuviera en orden, los tres astronautas lanzaron un suspiro de alivio y se prepararon para ver a la Luna de cerca durante las siguientes 20 horas.

Mientras tanto, en Houston, Control de Misión seguía esperando. ¿La inserción lunar habría sido exitosa? ¿La Luna ya conocería lo que es tener su propio satélite? ¿se habrán estrellado los astronautas? ¿habrán salido disparados con dirección a Neptuno? ¿Existe Santa Claus? Y entonces, justo en el momento preciso, se recibió una señal proveniente de la nave, indicando que el Apolo 8 mantenía una órbita de 311 por 112 kilómetros sobre la Luna.

Esta historia continuará…

Comments are closed.

It seems you're using an unsafe, out-of-date browser. Click here to upgrade to Firefox for free. X