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triple play!

July 21st, 2006 | Filed under La Famiglia.

Con este beisbolero título me refiero en realidad a la triple fiesta de este mes. Tobs, Ichuel, Cata y Lord Ed.
¡Eufemismos! Pasan los años y me canso cada vez más…
Cuando uno cuenta con una familia tan compleja como la mía, las cosas más inverosímiles son cosa normal. Verán:
Por alguna extraña combinación de circunstancias, corría el año de 1981, allá en la ciudad de Nueva York, cuando mi hermano Edoardo Maybrick vió la luz un 21 de julio, a eso de las 7:36 de la mañana. No recuerdo el hospital, pero dudo que haya sido el Sacred Heart, por la simple razón de que no hay un hospital llamado Sacred Heart en New York City. Creo que nació en el Bellevue de la First Avenue, pero no lo recuerdo. Yo tenía unos 8 años entonces.

Al poco tiempo la Famiglia se transladó a Madrid, por el trabajo de mi señor padre. Allá, exactamente un año después, un 21 de julio de 1982, nació Catalina Maybrick. Fue, si la memoria no me falla, en la unidad de ginecología del Hospital Universitario Ramón y Cajal. Para ese entonces yo ya tenía nueve años y estaba más bien preocupado por el hecho de que ya eran muchas nacionalidades las que tenía que aprenderme en la Famiglia…

Para 1983 la Famiglia ya estaba en México. Nada más llegar, mi madre se ligó las trompas de Falopio. Para cuando entré a la escuela primaria en México y me preguntaban que dónde había nacido, y respondía que en Palermo, casi siempre me hacían contar la historia de mi vida y obra. Y apenas tenía 10 años, carajo… para el año siguiente decía yo que había nacido aquí y me dejaban en paz, aunque de gringo no me bajaban (inglés, inglés, inglés, repetía yo pacientemente. Mi abuelo es inglés, no gringo…) y de cualquier manera tenía que explicar mi historia. La única que me comprendía en la primaria era Lilith, que a su vez tenía que contar la historia de tener un padre mexicano de padres griegos, y una madre griega de pura cepa que creció en México. Y como nosotros éramos vecinos, conocíamos a la perfección la historia y los sufrimientos del otro.

Los años pasaron. Ed y Caty crecían y cumplían años, como suelen cumplir años todos los niños. En las fiestas todo mundo creía que eran gemelos, porque habían nacido el mismo día. Claro está, cuando Ed entró a la primaria y Caty no, algunos se dieron cuenta de esa peculiar circunstancia y se pùsieron a investigar. Cuando Caty y Ed se dieron cuenta de ese hecho inusual, exigieron cada uno una fiesta por separado, pero mi madre, mujer de recursos, siguió organizando una sola: pero con dos pasteles independientes. Pronto Ed y Cata descubrieron que la peculiar circunstancia de ser “gemelos” les permitía obtener el doble de regalos: las invitaciones a las fiestas terminaban en un “Posdata: mi hermano también cumple años” o en un “A propósito: también es el cumpleaños de mi hermana.” Esto continuó hasta el último año de la secundaria.
En la preparatoria, y ya con el pelo de colores, Cata dejó de celebrar en conjunto con Ed. Fue en esta época en que celebró su fiesta el 28 de diciembre (para mayor información, ver el artículo “Los Mininovios IV: Neil Armstrong“). Y siguió celebrando en esta fecha mientras estudiaba su carrera de enfermería. Cuando se pasó a Medicina regresó al 21 de julio, por una razón muy importante: mis hijos gemelos.

Cuando nació Jay, todo marchaba bien. Llegó Nirvana, y todo marchó bien. En ambos casos, logré vivir mi vida sin preocuparme por cambios de pañales. Y entonces llegaron los gemelos. Era un 30 de noviembre de 2002 cuando Lilith me dijo:
–Estoy embarazada.
–Pero hoy no es el día de los santos inocentes
–No seas animal…
Y a partir de ahí ya no supe qué más decir.
Durante ese primer mes Lilith se veía total y absolutamente descompuesta. Según sus propias palabras, era peor que cuando tuvo a Jay, y tomando en cuenta que en ese tiempo todos éramos primerizos, en mi mente sólo había lugar para una conclución lógica y apabullante, producto de la sabiduría ancestral heredada en línea directa desde Henry Maybrick, de West Sussex, United Kingdom of Great Britain and Ireland. Así pues, lancé una aventurada hipótesis.
–No me digas que van a ser gemelos…
–No seas tonto, Jack. ¿Cómo van a ser gemelos si no hay antecedentes en ninguna familia?
–Pues entonces no encuentro otra solución que no sean trillizos…
–Me voy a dormir –respondió.
Pasaron los días, y las semanas, y los meses, y pronto un ultrasonido confirmó mis sospechas.
–Mellizos. –sentenció el ginecólogo.
–Mellizos –repetí yo.
–No les creo –dijo Lilith, y tomó ella misma la sonda. Diez segundos después, dijo:
–Mellizos.
–Mellizos –confirmé yo.
–Mellizos –insistió el ginecólogo.
–¡Mellizos! –gritamos Lilith y yo al mismo tiempo.
Mellizos. Dos óvulos habían surgido al mismo tiempo y por una extraña combinación de circunstancias ambos habían sido fecundados y ambos se habían implantado en el útero de mi fértil esposa. Doña Clepsidra Palatinaikos estaba encantada, igual que mi señora madre. La única que no estaba encantada era Lilith. Ella estaba bastante preocupada. Yo no, porque sabía que en los dos partos anteriores ella también había estado muy preocupada y no pasó nada.
Y un 19 de julio Lilith me llama al trabajo por la mañana.
–Jack, ya.
–Pero falta un mes…
–Pero ellos no lo saben…
–¿Pero estás segura de que no es un parto falso?
–¡Soy ginecóloga y tengo dos hijos, por el amor de Dios, sé de lo que hablo!

Y allá fui. Eran las 11 de la mañana cuando Lilith ingresó a la unidad de Ginecoobstetricia del Centro Médico de Occidente, y yo me quedé allá afuera, fumando un cigarro tras otro porque no se me ocurría nada mejor qué hacer. Pasaron los minutos, luego pasaron las horas, y yo tomé mi infaltable navaja suiza y un montón de tornillos que traía en el carro, y me puse a arreglar las sillas de la sala de espera. Un par de padres primerizos se pusieron a ayudarme. Las cuatro de la tarde y ya habíamos reparado la mitad de las sillas defectuosas. De Lilith, nada. Las ocho de la noche. Los padres primerizos y yo seguíamos esperando. Alguien trajo un dominó. Con los respaldos de cuatro sillas que estaban más allá del bien y del mal ensamblamos una improvisada mesita. Las once de la noche. Yo narraba historias de terror de cuando Jay era bebé. Doce de la noche. Una enfermera se me acerca y me dice que el parto de Lilith era muy complicado porque insistió en hacerlo natural y se negó a que le hicieran una cesárea mientras no fuera imprescindible. Pero que el primer bebé ya había nacido y era un precioso y saludable niño de dos kilos y medio que nació con un mes de adelanto, pero bastante sano. Ni siquiera iba a ocupar incubadora. Mentiría si dijera que me tranquilicé un poco. Regresé a la salsa de espera a fumarme media cajetilla de Faros, uno tras otro, hasta casi quemarme los dedos. Los primerizos, nada. Los partos primerizos suelen ser muy tardados (con Jay, Lilith tardó exactamente 28 horas) y así se los expliqué.

Y entonces me dí súbita cuenta. ¡Había nacido un niño cuando faltaba muy poco para que se acabara el día! ¡Mis hijos gemelos nacerían en distintos días!

Y así fue. A las doce y tres cuartos de la noche la misma enfermera salió a decirme que ahora era el feliz padre de una preciosa niña de dos kilos ciento cincuenta gramos, a quien metieron en la incubadora por pura precaución. La madre sería llevada a una habitación en cuestión de minutos (en cuanto expulsara las dos placentas) y podría yo pasar a ver a mis criaturitas un poco después.
–¿A qué hora nacieron?
–A las 11:44 el primero, y a las 12:24 la segunda.
Habían nacido en días distintos. Sin posibilidad de reconciliación.
Cuando subí a visitar a Lilith, que se vehía exhausta pero feliz con su par de tamales envueltos en frazadas azul y rosa, le hice notar ese ligero detalle.
– Pues agradece que no nacieron el uno el 31 de diciembre y la otra el 1 de enero…
Ante esa apabullante lógica, me limité a besarla y a ver a las dos bolitas hinchadas que dormían apaciblemente a cada lado.
–¿Y cómo se van a llamar? –nos preguntó en la mañana Holi. Lilith respondió:
–Cristóbal y Ana Karina.
Tobi no dijo nada ante la mención de su nombre, pero Kari lanzó un gorgorito.
–Mira, como Caty –dijo Holi.
–Como Caty –repetí.
En ese momento supe que la historia de mi familia se repetiría en mi casa. Oh, sí. Se repetiría.

Feliz cumpleaños, cuarteto. Los quiero con todo mi ser, aunque los cuatro conspiren para matarme de un infarto.

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