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Don Juaro Benítez

July 12th, 2006 | Filed under Uncategorized.

En su tiempo ya hablamos y discutimos sobre la controvertida figura de Juan Otorrino Laringologocochea, héroe de la Independencia de México, sin calle, sin estatuas y sin reconocimiento. Pues hoy vamos a hablar sobre la figura de don Juaro Benítez, héroe de la Intervención Francesa, sin calle, sin estatuas y sin reconocimiento.

Don Juaro Benítez Marindo nació el 22 de septiembre de 1805 en el poblado de Quesillo, en lo que hoy es el Estado Libre y Soberano de Oaxaca. Hijo de don José Justo Benítez y doña Queta Marindo, ambos criollos ricos dedicados a la importación de boinas sin rabitos, negocio en el cual eran socios de la familia Laringologocochea, que aportaban los rabitos para dichas boinas, obteniendo ambos pingües beneficios al evitar los gastos de importación, ya que en la compleja ley aduanal de la Nueva España, sólo podían llamarse boinas aquellas que tuvieran rabito; y al no poder catalogarse en esa categoría, sus impuestos eran lógicamente menores.

Pero divago. Decía yo que don Juaro Benítez tuvo una infancia muy interesante en su pueblo natal de Quesillo. Cuando tenía cinco años, Juarito acompañó a uno de sus sirvientes a pescar en una laguna cercana. Ahí el sirviente, que estaba fumándose un cigarro, se subió en un montecito cerca de la orilla para ver si conseguía un sitio mejor para pescar, mas cosa interesante el montecillo esultó ser una ballena azul. El hecho de que hubiera una ballena azul en medio de una laguna a más de cuatrocientos kilómetros de la playa más cercana impresionó tanto al joven Juaro (y ni qué decir de la impresión que se llevó su sirviente) que decidió que en el futuro se alejaría de los sirvientes y en general de todos los indios, en especial cuando fumaran cosas raras y comieran champiñones con formas y colores chistosos.

A partir de aquí Juaro comenzó a interesarse en política, y siguió atentamente el desarrollo de la Guerra de Independencia, al grado tal de que las autoridades virreinales y las fuerzas rebeldes lo consultaban a él cuando era necesario obtener información de primera mano; gracias a ello se logró consumar la independencia, pues cuando Juaro recomendaba algo, un espía insurgente comunicaba al cuartel general la información pertinente y se podía preparar un contraataque efectivo.

Juaro tenía 17 años cuando se presentó ante él don Agustín de Iturbide, con la intención de que le recomendara un curso de acción apropiado. Juaro le cobró un buen número de pesos fuertes en oro y le recomendó que contratara al sargento Pío Marcha, con la intención de que él arengara a la multitud para que lo nombraran emperador. Don Agustín se marchó encantado sin escuchar la segunda parte del plan de Juaro, que era la de no gastar mucho al principio para no quebrar la banca mexicana; como concecuencia de no hacer caso a ésto, don Agustín perdió la Silla.

Esto provocó que Juaro montara en Cólera. Cólera, el mejor caballo purasangre que tenía, lo llevó a gran velocidad a la Ciudad de México, donde se instaló de manera permanente. Ahí, su talento natural como Gryllidae (grillo) en la política mexicana. A pesar de divulgar continuamente los métodos ideales para gobernar a la compleja sociedad mexicana, quienes ejercían el poder por regla general erraban dramáticamente en el desarrollo e implementación de las ideas de Benítez, al grado tal de que con algunos políticos intentó describirles exactamente lo contrario de lo que debían hacer, con intención de que al meter la pata hicieran un Homero (Simpson) y las cosas marcharan bien. Lamentablemente, la estulticia de estos personajes hizo que al meter la pata, la metieran tan bien que no pudo recuperarse el plan original. Por ejemplo, cuando Antonio López de Santa Anna le pìdió ayuda a Benítez para recuperar Tejas, Benítez le dijo que bajo ninguna circunstancia se llevara a las tropas mexicanas caminando (cosa que fue lo primero que hizo Santa Anna) y al intentar acomodar los destrozos que Santa Anna hizo en el álamo, le recomendó (esperando que hiciera exactamente lo contrario) que después de recuperar el Álamo se detuviera a descansar mientras perseguía a Sam Houston. El imbécil de Santa Anna se detuvo a descansar en un vallecillo cerca de un río, se puso a dormir a pierna suelta, y Sam Houston y compañía lo capturaron e hicieron prisionero, con lo que México perdió Tejas. Y luego todo el Norte. Cuentan las crónicas que don Juaro Benítez se echó a llorar de rabia cuando pidió explicaciones a Santa Anna por haber arruinado su plan, y éste le respondió con un lacónico “Es que yo había entendido otra cosa…”

Harto de la incompetencia de los gobernantes mexicanos, Benítez se embarcó con rumbo a Austria para exponerle a Francisco I la conveniencia de que lo eligieran a él (a Benítez, claro está) como Emperador del Imperio Austriaco. Los chismorreos de la Corte pronto recorrieron toda Europa hasta llegar a oídos de Napoleón III, que en 1863 le pidió a Maximiliano que aceptara el trono del Segundo Imperio Mexicano, frente a don Juaro. Y don Max aceptó. Ante esto y la perspectiva de lo que se veía venir, don Juaro Benítez optó por sufrir un infarto masivo al miocardio y morirse de puro coraje ahí mismo.

Así falleció este importante prócer mexicano, autor de esa inmortal frase que dice “El Derecho al Respeto Ajeno sólo se consigue a bofetadas…”

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