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Colores en el pelo

June 22nd, 2006 | Filed under Uncategorized.

La vida era muy sencilla cuando Catalina era una bebé. Si lloraba, sólo había dos posibilidades: o quería comer o ya había descomido. La diferencia entre uno u otro estados era el olor.

Mas tarde Caty aprendio a hablar, ya en suelo mexicano. Si decía “Guna” es que la Luna estaba en el cielo. Si decía “A Ventes” quería decir “No inventes.” Si decía “Eche” quería leche. Si decía “A Pana” quería decir “Por favor, deposítame en el piso que me estoy mareando.”

Posteriormente Caty aprendió a manipular cosas. No bien aprendió que Papá guardaba en el cajón de su buró un botecito de Pomada de la Campana del Dr. Bell, se la aplicó en la cabeza, causándole un disgusto a mi papá y un dolor de cabeza a mi mamá, que no podía limpiarle la dichosa pomada a Caty.

Un tiempo después de ese episodio con la pomada de mi papá, apareció en la vida de Catalina, de manera más o menos regular y constante, Don Cloro.

Don Clodomiro de la Garza y Somellera (apellidos falsos, evidentemente, aunque el nombre es bastante real) es el padrino de bautizo de Cata. Don Clodomiro hizo el viaje a España especialmente para bautizar a la bolita rosada que era entonces mi hermana menor. Don Clodomiro tiene, además, la curiosa costumbre de pintarse el bigote de verde. Justifica esta ecológica afición con base al hecho de que todo mundo le dice “Don Cloro” y que “Cloro” proviene de “Kloros”, que signifca “verde” en griego. Cata tenía en ese entonces tres años, y era tan traviesa e hiperactiva como un cachorro de viejo pastor inglés que se bebió un litro de café (escribo esto a propósito, para la lista de las Frases Comparativas Más Estúpidas de la Literatura Universal, disponible en 42 Metros Bajo Tierra: El Foro de los Pensamientos Más Profundos). Un día, decía yo, Cata hizo alguna barrabasada cuando estaba de visita con sus padrinos, y Mamá la castigó mientras terminaba de beberse su café con su comadre. No encontró mejor lugar que la biblioteca de don Cloro, donde sólo había un escritorio vacío, una silla y los libreros de la biblioteca, que estaban muy altos como para que Cata la alcanzara; así que ahí se quedó mi hermana. Catita, niña de recursos, se puso a tratar de abrir todos los cajones del escritorio, y los encontró cerrados todos, excepto uno. De ahí sacó lo primero que vió: un botecito con una brocha.

Caty tomó la brocha, y en vez de embarrarla en la pared, el piso o el escritorio, como los niños comunes y corrientes, procedió a embarrarla en su cabeza, que en ese entonces estaba cubierta por una larga melena color marrón claro tirando a rubio. Cuando Mamá y mi tía Clara fueron por ella, la niña estaba muy a gusto, en el piso, pintándose el pelo de verde: el tono líquido que usaba don Cloro para decorar su bigote.

Mi tía Clara se rió (al fin y al cabo, sólo era su ahijada, no su hija, y además la Gatita Catita no había manchado nada y estaba muy contenta pintándose el pelo) mientras que Mamá tomó a la chiquilla y la metió rápidamente al baño para tratar de remover el tinte de la cabeza de mi hermana. Lo único que consiguió fue dejarle la coronilla de color verde clarito. Inmediatamente Mamá quiso rapar a la niña, pero mi tía Clara, divertida como ella sola (de otra manera no hubiera aguantado al loco de su marido), logró convencer a Mamá de que no acudiera a las tijeras y en su lugar procedió a pintarle el pelo a Caty de un color más parejo y menos raro: negro.

El tiempo pasó y el pelo de Caty creció, dejando ver que su tono natural era castaño claro, y se veía rara con el pelo negro y las raíces claras. Luego el tiempo volvió a pasar, y el pelo de Caty se oscureció de manera natural, hasta llegar al castaño oscuro tirando a negro que es la marca de fábrica de la Famiglia. Y el tiempo volvió a pasar…

Cuando Caty cumplió 12 años, don Cloro le regaló a Caty una colección de tintes para el cabello a base de agua que había comprado en Japón, en un reciente viaje. Al principio, Caty sólo se pintaba el pelo en ocasiones especiales, y se cuidaba mucho de que no la vieran así en la secundaria, hasta que un domingo se le olvidó despintarse el pelo y se fue el lunes a la escuela con un color verde brillante en el cabello. Y como nadie le dijera nada ofensivo y su popularidad aumentó, decidió dejarse siempre pintado un mechón de pelo.

Para cuando entró a la prepa, su mechón era su marca registrada. Tongolele usaba un mechón blanco, Vanilla Ice un mechón rubio, Thalía un mechón dorado: Caty Maybrick usaba un mechón verde, azul, rojo, amarillo o morado. Para cuando salió de la prepa, el mechón había evolucionado a varias combinaciones de colores. Para cuando entró a la escuela de enfermería, el tinte a base de agua había evolucionado a tinte permanente, verde y azul. Oscuros, para no hacerse notar tanto, pero no tanto como para que no se viera que era un tono diferente. Si alguien le preguntaba que por qué, decía que porque era el último alarido de la moda en Madrid, y como ella había nacido allá… pues lo había adoptado. Todo mundo pensaba que Caty era española, y ella contribuía a la confusión hablando con acento español a la gente a que no conocía. Pronto tuvo que regresar a los tintes a base de agua cuando comenzó a hacer sus prácticas profesionales. Esto le permitía despintarse el pelo cuando atendía pacientes, y volver a pintárselo después.

Lo mismo sucedió cuando entró a la facultad de medicina. Pero, fuera de su ambiente de estudios, incluso en su graduación (ustedes la recordarán, hace menos de un mes), Cata siguió pintándose el pelo en colores animé. A veces de varios tonos a la vez.
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Todo esto fue únicamente para poner una fundamentación a la historia de hoy. Hace dos días Cata y yo, discutiendo en torno al Mundial (y al hecho de que yo sigo sospechando que ella, y sobre todo sus gritos de “¡Rafa, cásate conmigo!” en los entrenamientos en el club Atlas Colomos, fue la causa principal por la cual Rafael Márquez aceptara irse al Mónaco hace ya algunos ayeres), terminamos apostando la cabellera en el partido México-Portugal. Yo aposté que México perdía dos goles a uno, a pesar de lo cual pasaría a la siguiente ronda, mientras que Cata afirmaba que México ganaría dos goles a uno. En el calor de la batalla los términos de la apuesta se fijaron y pasó a escogerse el castigo: si yo ganaba, Catalina se pintaría el pelo de negro gótico (negro negro) con tinte permanente y se quedaría así por lo menos hasta el fin del mundial sin cubrirlo con tintes permanentes o temporales de cualquier tono. En cambio, si ella ganaba, yo me pintaría el pelo de azul oscuro con tinte permanente y me quedaría así hasta que finalizara el mundial. Si ninguno de nosotros ganaba, entonces ambos tendríamos que pintarnos el pelo.

El resultado no fue muy del agrado de Cata, que no le hizo honor a su primer nombre. A pesar de lo cual aceptó de mala gana pintarse el pelo. No vieran ustedes la cara de felicidad que traía mi señora madre: por fin su hija menor iba a volver a verse normal todos los días. Y entonces Cata volvió a hacerme una apuesta. Al principio pensé que me iba a proponer un doble o nada, pero no: simplemente me dijo que en el momento en que México perdiera me iba a pintar el pelo de negro ultravioleta. Éste es un negro con un curioso color morado cuando sales a la luz del sol. No se ve tan mayativo –digo– llamativo y no afecta gran cosa a las personas respetuosas de la moral y las buenas costumbres. Así que espero que México llegue a la final… porque no planeo pintarme el pelo. Aunque, como hombre de palabra que soy, si México pierde el próximo sábado… me pintaré el pelo.

¿Que cómo se ve el pelo de Cata?
Se ve así:


Al menos, así se veía en el 2004.

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