Los mininovios (vi)
June 16th, 2006 | Filed under Cataclismos.¡Ay! Sufro tanto siendo yo, que no creo que nadie de ustedes pueda soportar la carga que es ser una Maybrick. Y es que nos gusta hacer las cosas al revés, yo creo que por influencia de mi madre. En ese caso, creo que lo que no soporto es ser una Ruiz. ¡Ay!
Recordando a todos los mininovios me acuerdo especialmente de un mininovio de verano.
Lo conocà en Puerto Vallarta. Allá fuimos mis compañeros de la prepa y yo cuando nos graduamos. Ya saben, en esa época todo prometemos que nos volvemos a ver cada mes y que seremos amigos hasta el fin de los tiempos… y entramos a la facultad y se nos olvida.
Estabamos todos, y en particular yo, en la casa de playa de un compañero nuestro. Yo estaba estrenando bikini en una época en que no me convenÃa usar bikini porque estaba yo muy blanca y me quemaba con mucha facilidad. Como sea, yo estaba muy a gusto cocinándome a fuego lento junto con un coco, bajo una palmera, descansando después de haber nadado un rato, cuando de pronto de pronto una de mis compañeras grita “¡Tiburón!” y todos salen del agua con una velocidad digna de Ana Gabriela Guevara. Todos menos yo, porque ya estaba afuera. Yo me metà al agua, porque sabÃa yo que los tiburones de Puerto Vallarta no atacan a las prsonas, porque los delfines no los dejan, y sobre todo porque los tiburones no usan trajes de buceo. Asà que me metà al agua y nadé hasta donde estaba la aleta del tiburón.
Hice unas señas y el “tiburón” salió a la superficie para hablar. Lo llamaré Tiburcio. Tiburcio Rompeolas. Tiburcio era un verdadero Adonis, niñas: alto, bonceado, moreno, fuerte, fornido, formal y nada feo. Además tenÃa 18 años y estaba estudiando para biólogo marino en el Centro Universitario de la Costa, y en sus tiempos libres era buzo. Lo que parecÃa una aleta resultó ser un cuaderno de notas sumergible, que él se ponÃa en medio de los tanques de oxÃgeno para poder nadar con todas las extremidades. Lo invité a la playa, porque querÃa platicar con él y para que Chillidos aprendiera a distinguir entre un cuaderno y una aleta de tiburón.
Platicamos un rato. A mà el niño me habÃa hecho tilÃn y quedamos de vernos en la noche para que me llevara a una discoteca. Yo no le dije que no tenÃa 18 años, que lo averiguara él. Y para las ocho de la noche, vestida con mis mejores galas nocturnas (que consistÃan en una blusita de seda rosa y una falda plisada negra) me fuà al malecón a esperar a Tiburcio.
Tiburcio llegó a las 9, justo cuando yo me comÃa unas papitas fritas que me habÃa comprado en la plaza. Nos saludamos, y me invitó a ir a una discoteca cuyo nombre no recuerdo y que de todos modos no importa, porque ya no existe. Fuimos caminando, porque estaba a apenas dos cuadras. Entramos, y me sorprendió ver que el guardia de seguridad era un tipo que parecÃa el clon de Sylvester Stallone. Llegó Tiburcio, saludó al tipo como si lo conociera de toda la vida, y Rambo nos cedió el paso. Subimos las escaleras (la disco estaba en un segundo piso) y Tiburcio me dijo que el guardia era su primo.
Nos sentamos en una mesa que milagrosamente estaba vacÃa, ordenamos algo de beber y nos paramos a bailar.
Cuando dejó de sonar la mÃsica porque se habÃa ido la luz, regresamos a la mesa entre los chiflidos de la concurrencia. Yo tomé mi vaso, me tomé mi coca cola, y entre sorbo y sorbo Tiburcio y yo platicamos de todo menos de mi edad. Justo cuando llegó la luz, me terminé mi refresco, y la linda de yo le pidió otro igual al mesero. El mesero, obeviente, llevó otro vaso a la mesa mientras nosotros bailábamos.
Después de un rato regresamos a la mesa y yo tenÃa tanta sed que me tomé mi bebida de un solo trago. Pronto, todo lo agradable y decente que habÃa estado se transformó en una bestia incontrolable (pero muy alegre) que se estrellaba con todos y con todo. Lo más vÃvido que tengo en la memoria antes de desmayarme, fue que me bebà los vasos de dos mesas mientras le decÃa a todo quien se me atravesaba que lo amaba, para luego abrazarlo y besarlo. Luego me puse a bailar como trompo de Apizaco (cual vulgar peonza, para que me entiendan en España) y a tropezarme con todo y todos. Tiburcio y su gemelo me sacaron arrastrando porque yo no podÃa mantenerme en pie, y junto con sus dos primos los guardias Rambo y Rocky me bajaron a la calle, donde evidentemente vomité. No sé si con esa acción perjudiqué a Rocky, a Rambo, a Tiburcio, a su gemelo o a los cuatro, la cosa es que poco después me desmayé.
Recuperé el conocimiento cuando Tiburcio me lavaba la cara en el mar, que al fin y al cabo estaba a menos de 15 metros de la disco. Como siempre he tenido bien claras mis prioridades, recuerdo que le dije algo asà como “Si manchas mi blusa te mato.” Tiburcio no se dió por aludido, porque luego me preguntó cuánto habÃa bebido.
–Dos cocacolas… –dije con voz estropajosa.
–Qué dos cocacolas ni qué ocho cuartos… ¿Qué estuviste bebiendo?
–De verdad, dos cocacolas…
–Pero si estás bien tomada…
–Pues le han de haber echado algo a los hielos.
–¿Qué pediste?
–Dos cocas, de veras –dije, tratando de ubicar su cara para acariciarlo.
–¿No pediste nada con vino?
–Cocacola es la chispa de la vida –dije, me reà de mi broma y vomité otra vez. Por fortuna no salpiqué ni mi blusa ni a Tiburcio.
–Pero hueles a alcohol…
–Yo pedà una coca…
–¿Y luego?
–Otra igual…
No sé si estuvimos asà por un buen rato o sólo lo repeti varias veces en mi mente. La cuestión es que me dormà y cuando desperté estaba hecha bolita en una colchoneta, en la casa de mi compañero. SentÃa sombras y tenÃa más sed que una locomotora de vapor. Cuando pregunté a qué hora habÃa llegado, me sorprendÃ… llegué a las 11 de la noche en estado lamentable. Y me habÃa ido a las 8 de la noche, es decir, que sólo habÃa estado afuera 3 horas.
Cuando me recuperé lo suficiente como para comprobar que por fortuna ni mi falda ni mi blusa habÃan sufrido daños, hice que un par de mis compañeros me acompañaran a la disco y preguntaran qué significaba pedir “otro igual” en el bar. “Otro igual, por favor”, significa generalmente pedir un mojito o una cuba libre, que era la bebida de la casa, Asà que mientras Tiburcio y yo seguÃamos bailando, el mesero vió que mi bebida era negra y me llevo “Otra igual.”
Y yo, que nunca antes habÃa bebido alcohol, de pronto me tomé una cuba libre de altura, y el efecto que me hizo fue tan grande que hasta el dÃa de hoy lo recuerdo y me duele la cabeza.
Y por supuesto, nunca volvà a ver a Tiburcio…