Los mininovios (v)
June 15th, 2006 | Filed under Cataclismos.Esta vez le toca el turno a Jack, con perdón de Lilith.
Jack y Lilith se conocen desde que llegamos a México a finales de 1982. Desde siempre han sido los mejores amigos y eso es algo que admiro mucho, porque no es fácil tener la personalidad de Jack conviviendo con la personalidad de Lilith. Pero a pesar de ser amigos, Lilith y Jack no se hicieron novios sino hasta que ambos estaban en la facultad. Cuando Jack estaba en la secundaria, y yo era una preciosa chiquilla de caireles azules y ojos rubios (déjenme soñar) Jack se hizo su primera novia.
DebÃa ser algo asà como 1988 o 1987. La niña en cuestión se llamaba Heidi. Al menos asà le decÃan; creo imaginar por qué: Heidi era la niña de las montañas. Recuerdo perfectamente su nombre porque yo me la pasaba brincando alrededor de ellos diciendo “Heidi, Heidi” igual a como Ichuel grita diciendo su nombre a quien quiera oÃrla.
FÃsicamente no recuerdo a Heidi. Era muy mona porque siempre me daba un dulce, y por aquà me encontré una foto de ella abrazando a Jack. Ahora sé que ella usaba frenos, antes no sabÃa lo que eran.
Pero bueno, decÃa yo que Jack llegó con Heidi un dÃa a la casa. No habÃa nadie, excepto yo. Mamá habÃa ido de compras y me habÃa dejado ahà porque tenÃa yo gripa. Jack llegó, abrió la puerta, entró con Heidi y justo cuando cerraba la puerta yo bajé corriendo las escaleras gritando algo, no sé qué. La cosa es que me pegué contra Heidi. Según Jack cuenta, después de pegarme contra ella me puse a llorar. Yo no recuerdo haber llorado, aunque a lo mejor sà lo hice. Heidi me levantó, me arregló el moño que traÃa en la cabeza y me preguntó cómo me llamaba.
–Cady. –dije, toda mormada.
–¿Eres la hermanita de Jack?
–SÃ.
–¿Y por qué bajaste corriendo?
–Podque quedÃa ved quién llegaba…
Tras esta edificante conversación, quedaron dos cosas en claro: una, que a Heidi no le importó que me hubiera estrellado contra ella, y dos, que era yo bastante bruta. Se me quitó un poco con el paso del tiempo, pero no mucho, como verán.
–¿Cómo de llamas? –le pregunté.
–Heidi.
–Te padeces a Badbi.
–Gracias…
–¿Quiedes jugad conmigo?
–¿A qué?
–A la casita.
–Bueno…
Jack se quedó un tanto desanimado, porque yo creo que esperaba otra cosa cuando fue con Heidi a la casa. No sé si simplemente hacer la tarea, besarse y manosearse o incluso directamente experimentar con los misterios de la reproducción humana. Asà que subió las cosas de Heidi y las suyas a su cuarto, y mientras tanto Heidi y yo nos sentamos en mi mesita infantil que tenÃa en la cocina de la casa. Como toda una expérta ama de casa de cinco años, saqué mi juego de té marca “Mi AlegrÃa”, lo llené con té helado de verdad del que habÃa en el refrigerador, y nos pusimos a platicar “cosas de señoras grandes.” Y en eso llegó Jack. Como a mÃ, a pesar de traer la nariz tapada, me habÃa dado hambre, me levanté a hacer sandwichitos, que era lo más elevado de mi arte culinario. Ahora que lo pienso, creo que sigue siendo lo más elevado de mi arte culinario.
Aquà un paréntesis. Por alguna extraña razón, a mà me gustan los sandwiches de pepinillo. Simplemente tomo una rebanada de pan, lo unto con mayonesa, mostaza o margarina (a veces hasta los tres), le coloco unas pocas rodajas de pepinillos encurtidos, y lo doblo. Asà que esa vez, evidentemente que hice lo propio: querÃa hacer sandwiches de pepinillo porque yo recordaba haber oÃdo que en Inglaterra se comÃan sandiches de pepinillo con el té. Era yo muy inocente…
Lo malo es que esta vez no habÃa pepinillos. HabÃa, sin embargo, un bote en la repisa de abajo del refrigerador, junto al espacio donde deberÃan haber estado mis pepinillos, y tenÃa rodajas de algo que se parecÃa a mis pepinillos pero no lo eran. Tampoco habÃa mostaza, margarina ni mayonesa, pero yo sabÃa que a mis papás y a mis hermanos mayores les gustaba echarle una agüita roja que habÃa en una botellita de vidrio con etiqueta verde. Asà que les eché mucho de eso, razonando que si a ellos les gustaba, a Heidi también. Asà que hice mis sandwiches con esos pepinillos raros y el agüita roja mientras Heidi platicaba con Jack. Y regresé con mis sandwichitos infantiles de pepinillos más verdes que de costumbre. Tampoco podÃa yo oler nada, asà que no supe qué era esa cosa que habÃa agarrado. Hice tres sandwichitos, uno para Jack, uno para Heidi, y uno para mÃ.
Jack agarró uno, y estaba a punto de morderlo, pero sonó el teléfono y lo dejó para poder contestar. Heidi agarró uno, y lo mordió. Yo agarré uno, y lo mordÃ. Y acto seguido me puse a gritar y a llorar. ¡No eran rodajas de pepinillos, sino rodajas de chiles jalapeños! ¡Y el agüita roja era salsa Tabasco! Heidi dejó caer su sandwich, se tomó todo el té de mi tetera “Mi alegrÃa” y se levantó a buscar algo para tomar agua mientras se le salÃan las lagrimas, Jack llegó corriendo, tomó su sándwich, lo olió, y rápidamente dedujo lo que pasaba. Abrió el refri, sacó un cartón de leche y me hizo tomar un par de tragos y hacer gargaritas, para que se me pasara lo enchilado. Hasta se me destapó la nariz. Luego hizo lo mismo con Heidi, y cuando las dos recuperamos la normalidad, Jack no pudo contener la risa. Heidi estaba muy enojada con Jack por reÃrse de ella, y cruzó los brazos y puso cara de enojo. A mà me gustó cómo se veÃa Heidi y yo también crucé los brazos y puse cara de enojo. Jack nos dijo que éramos muy chillonas y para muestra se comió los tres sándwiches de jalapeños y salsa tabasco sin decir nada. Heidi le pidió a Jack su mochila y se quiso ir. Yo me querÃa ir con ella, pero ella no quiso porque yo era la que habÃa hecho los sandwiches. Entonces crucé los brazos y puse cara de enojada. Heidi nada más dijo “los dos están locos” y de todos modos se fue.
Y asà le eché a perder la primera cita a Jack… y no serÃa la última.