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Los mininovios (iv)

June 14th, 2006 | Filed under Cataclismos.

Era 1997. Acababa yo de entrar al primer año de la preparatoria. Por tanto, tenía yo 16 años recién cumplidos y la vida parecía buena. Por esa época me hice otro mininovio. Ay, niños, no sé qué haría sin ustedes.
Le diré Neil Armstrong, porque se la pasaba en la Luna. Neil llegó el último día de clases antes de las vacaciones de invierno con una maceta con una preciosísima rosa color Sangre de Cristo, del tamaño de un puño, abierta, fresca y rozagante, envuelta en papel de china rosa mexicano. Y viva. Llega Neil a mi silla y me dice “Ten, Feliz cumpleaños.” Como es natural, casi me derrito ahí mismo, salvo por un pequeño detalle… yo no cumplía años ese día. Me dió pena decirle que no era mi cumpleaños, en especial porque la rosa estaba preciosísima, pero mi mamá siempre me dijo que diga la verdad, así que con todo el dolor de mi alma, le tuve que decir que se había equivocado de fecha.
–Ay, Neil –dije–, está preciosísima, pero no es mi cumpleaños.
–Ya lo sé –respondió– pero como vamos a estar de vacaciones no te voy a poder ver y quería regalarte algo.
Para entonces mis amigas ya comenzaban con los chismes. Y no es que Neil no estuviera mono: era moreno de ojo claro, como surfista gringo de película. Yo no había tenido oportunidad ni de oler la rosa y ellas ya se la pasaban para verla de cerca.
–¿Quién te dijo cuándo cumplo años?
–Tu hermano.
–Tengo tres.
–El que a veces viene por tí en un carro negro.
–Bueno… es que Jack… –yo ya estaba muy mortificada. Me mordía la uña del meñique (es mi único mal hábito, los otros son peores hábitos) y no tenía el corazón para decirle que el inútil de mi hermano mayor gusta de decirles a todos que nací el 28 de diciembre, porque dice que soy una inocentada que mi Mamá le hizo a mi Papá. En realidad nací el 21 de julio, julio 21, justo como Edo. Sólo que yo nací un año después que mi hermano. Yo buscaba las palabras para decirle eso sin que ambos quedáramos como estápidos frente a todos. Poco importó, porque inmediatamente entró un profesor y tuvimos que volver a nuestros lugares.

Mientras el maestro nos enseñaba a escribir con propiedad, eventualmente la rosa dió la vuelta por el salón, llena de papelitos de felicitaciones de todos mis compañeros. Hasta el maestro puso una tarjeta de presentación. Mis compañeras se limitaban a reirse y firmaban el papel de china rosa que envolvía la maceta.

Entonces se fué el maestro, y yo tomé una decisión radical que marcaría mi vida para siempre: les dije que los invitaba a todos a mi fiesta de cumpleaños el 28 de diciembre. No vieran ustedes cómo se puso el salón: habría más fiesta después de las Posadas y antes del Año Nuevo. Entre tanto grito, la única voz cuerda fue la de Neil, que preguntó:
–Y si no es indiscreción… ¿dónde está tu casa?
–Oye, si cierto –dijo alguien.
–Neta, no sabemos –dijo otro.
–Yo sí sé –dijeron mis amigas.
Como había un montón de gente a quien nada más conocía por su número de lista, dibujé un mapa en el pizarrón y les dí la dirección de un terreno que mi papá había comprado en Zapopan, y que en ese momento estaba apenas cercado por una malla ciclónica. Ahí cabríamos todos, haríamos una carne asada en la tarde, y nos quedaríamos hasta que el frío nos dejara en la noche. Todos se fueron con la dirección, y yo me fui corriendo a buscar un teléfono público para hablar con Jack. Abrazando mi rosa, por supuesto.

Jack contestó el teléfono en su oficina. Le conté la historia y me dijo “Tu novio es un inocente”
–¡No es mi novio!
–Ya lo será…
–¡Cállate!
–Bueno, ¿quieres que te ayude o no?
–Sí…
–Okey, yo me encargo de que mi papá nos preste el terreno.
–¿Y cómo le vamos a hacer para esconderlos?
–¿A quiénes?
–A los regalos.
–Ah, no hay problema, yo me encargo de todo…

“Yo me encargo de todo.” Claro. Mágicas palabras de Jack en las que he aprendido a no confiar a base de experiencia. Y es que cuando Jack las pronuncia, efectivamente, él hace todo… pero alguien se encarga de echarle a perder sus planes. Y esta vez, fue Neil.

Llegó el 28 de Diciembre. Mis hermanos montaron una especie de carpa en una parte del terreno, por si llovía o peor aún, nevaba (acababa de nevar el 13 de diciembre, algo que no se había visto en Guadalajara desde 1873). Mi hermana y yo pusimos el asador y empezamos a marinar la carne en cerveza para que quedara tierna y sabrosa. Ya me habían llamado muchos confirmando que iban a ir, así que llevamos 5 kilos de carne. Eran algo así como las 4 de la tarde cuando llegó una camioneta de un vivero y se paró frente a donde estábamos. Jack miró la camioneta y dijo en son de broma:
–Llegó tu novio.
–¡Jack! –grité.
–¿Qué? –preguntó.
–Hola — dijo Neil…
Jack y yo nos quedamos helados. Holi fue la primera en hablar.
–Hola… ¿Eres Neil?
–Sí…
–Llegas temprano… pásale. –Y fue a abrir la puerta de la cerca. Al pasar cerca de mí me dijo “esté chido el chamaco.” Yo me puse roja.
Neill me saludó con un beso y un abrazo y me dijo que me traía un regalo.
–Pero ya me diste uno.
–Pero ese no cuenta… Oigan, muchachos, ¿me pueden ayudar?
–Sí, claro.. dijeron Jack, Memo y Edo.
Y allá van los cuatro, con rumbo a la camioneta.

Y regresaron los cuatro, con sendos rosales. Transportaron nada más y nada menos que 16 rosales de diversos colores, incluyendo uno trepador de flores blancas. Estaban los pobres rosales (de invernadero) muriéndose de frío, pero aún así, se veían preciosos. Dieciséis rosales de invernadero, a razón de 150 pesos por rosal (en ese tiempo) eran 2400 pesos. ¡Me acababan de regalar 2400 pesos en plantas! ¡Plantas vivas! Y luego bajaron un par de costales de abono, una coa y una pala. ¡Y Neil se puso a plantar las rosas en el terreno!

Holi y yo nos quedamos mudas. Literalmente mudas. ¿Qué chico te regala tres mil pesos en plantas en tu cumpleaños, en una época en que la crisis financiera estaba en su etapa más crítica? ¡Pues Neil!

Tras una hora, las rosas ya estaban plantadas. Neill nos dijo que eran rosas europeas, y que normalmente se vendían por 450 pesos, porque eran capaces de resistir el frío mejor que las rosas americanas. Y que me regalaba una por cada año que yo cumplía. Yo me puse a hacer las cuentas. ¡Neil me acababa de regalar 7200 pesos! ¡7200 pesos! ¡Eso es lo que Jack ganaba en cuatro meses y Neill me lo acababa de regalar así nada más porque sí!

Neil le explicaba a Jack las características de cada planta (porque todas eran diferentes) y la forma de cuidarlas para que el próximo año en primavera dieran miles de flores pequeñas o unas pocas flores grandes. Holi me dió un codazo y me dijo algo así como “De verdad le gustas.” Yo me derretí. Me le acerqué por detrás a Neil, lo abracé, y le dije algo así como “Nunca nadie me había regalado algo como esto.” A continuación, lo besé.

Neil y yo salimos juntos algunas veces, pero no funcionó. No nos entendíamos, a pesar de que me gustaba mucho estar con él y a él le gustaba mucho estar conmigo, es decir, que a los dos nos gustaba estar juntos. Terminamos como muy buenos amigos, y a Neil todavía lo veo seguido.

Ay, Neil, ojalá las cosas entre los dos hubieran funcionado…

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