Posted by Don Pastrami on the 22nd of March, 2006 at 12:00 am under no category.    This post has no comments.

Hay dos temas de los que quiero hablar antes de que se termine este mes: don Benito Juárez y el Batallón de San Patricio.

COn un poco de retraso, hoy hablaremos sobre don Benito Juárez, Benemérito de las Américas, y trataré de desmitificar un poco su figura.
Marcelino Juárez y Brígida García fueron los padres de Benito Juárez Garcáa, lo cual, por otra parte, era bastante obvio. Benito Juárez nació en San Pablo Guelatao, en lo que hoy es el estado de Oaxaca. Era puro indio zapoteco, como lo denotan sus facciones. Todavía en aquellos tiempo, ser chaparro, prieto y feo era una desventaja bastante grave, y si a eso le sumamos que a la edad de doce años el joven Benito no sabía hablar en español y mucho menos leer ni escribir, se podrán dar una idea de lo grave que estaba la situación. El joven Benito fue enviado a la capital del Estado, Oaxaca, para que lo auxiliara su hermana Josefa. Josefa lo colocó en la casa de su patrón, don Antonio Salanueva, un encuadernador de libros. Don Antonio vio potencial en el joven indio, así que junto con el profesor Domingo González se empeñaron en que el niño aprendiera el castellano, a leer y a escribir. Y Benito aprendió muy pronto. Salanueva sabía, en aquella época, que sólo había una carrera que podría mantener con vida a Benito: cura. Así que Benito ingresó al Seminario de la Santa Cruz, pero fue demasiado inteligente y rebelde para los reverendos padres, y al terminar el bachillerato, Juárez se inscribió en el Instituto de Ciencias y Artes de la ciudad de Oaxaca hasta titularse como abogado en 1834.

No bastaba con que Benito Juárez fuera indio, chaparro, prieto, feo y además abogado: Juárez también decidió ingresar en la política, y comenzó su larga carrera como regidor en el ayuntamiento de Oaxaca, en 1831, cuando aún era un estudiante del Instituto de Ciencias y Artes. Y no sólo eso: apenas terminó sus estudios, colaboró como maestro del Instituto de Ciencias y Artes, fue electo diputado local y después federal, asumió el puesto de Juez de lo Civil y más tarde, la gubernatura de su estado natal; se le nombró Director del Instituto de Ciencias y Artes, después, con Juan Álvarez en la presidencia, se convirtió en Ministro de Justicia. También fue Ministro de Gobernación y Presidente de la Suprema Corte de Justicia y finalmente Presidente de la República. Una carrera ascendente y meteórica, damas y caballeros. Claro, no todo fue miel sobre hojuelas.

Durante el gobierno de Anastasio Bustamante, a Juárez lo encarcelaron y desterraron a Tehuacán (no al mismo tiempo, evidentemente) por haber solicitado velar en la ciudad de Oaxaca los restos de Vicente Guerrero, asesinado después de la infame traición de Picaluga.

Por si esto fuera poco, Juárez, liberal recalcitrante, tuvo sus diferencias con los conservadores. Tan fuertes fueron estas diferencias que, en uno de los innumerables regresos de mi general Antonio López de Santa Anna a la Presidencia, Juárez fuera enviado en calidad de prisionero a San Juan de Ulúa, de donde se le mandó a La Habana y posteriormente se le deportó a Nueva Orleans.

Don Benito no se iba a quedar quieto en Nueva Orleans, evidentemente. En esa ciudad, Juárez estableció contacto con los también liberales Melchor Ocampo, José María Mata y José Guadalupe Montenegro. Al cabo de un tiempo, Juárez regresó a México de manera un tanto subrepticia.
Y llegó el Plan de Ayutla (plan que, por cierto, en Guadalajara tiene una calle de sólo dos cuadras de longitud. Lo sé: viví allí siete años). Cuando triunfó el Plan de Ayutla (cuyo objetivo era el derrocamiento de Santa Anna) y siendo presidente de la República Juan Álvarez, éste expide la Ley Juárez el 22 de noviembre de 1855, en la que se abolían los fueros. Esto permitió enjuiciar y encarcelar a muchos colaboradores del antiguo régimen, con resultados de los que ya hablaré en su momento.

Con el apoyo de Miguel Lerdo y Melchor Ocampo, Juárez procedió a expedir las Leyes de Reforma, las que establecen lo siguiente:

  • Separación del Estado con respecto de la Iglesia.
  • Ley del Registro Civil
  • Ley de Panteones
  • Traspaso de los bienes eclesiásticos a la Nación.

Juárez estaba sentado en la Silla cuando llegó de metiche Napoleón III, y con él, la Intervención Francesa. Fueron tiempos difíciles. Muy duros. Tanto, que es aquí cuando se da la firma del Tratado McLane-Ocampo.

Corría el año 1859 cuando, por necesidad y obligación, mas no por gusto, se firmó el infame Tratado Mc Lane-Ocampo, mediante el cual México hacía ciertas concesiones a Estados Unidos relacionadas con el derecho de tránsito por el Istmo de Tehuantepec, incluyendo la construcción de un par de puertos y una vía ferrea exclusiva, y la garantía de la seguridad de los gringos y sus mercancías, a cambio de que Estados Unidos reconociera el gobierno liberal de Juárez como el único legítimo en el país. Para nuestra fortuna, el Congreso norteamericano no aprobó dicho Tratado.

Don Benito Juárez se reeligió. En la campaña para la siguiente elección, Porfirio Díaz se opuso a la reelección de don Benito en 1871, por medio del Plan de la Noria (ironías de la vida nacional…). Don Porfirio eventualmente habría de subirse a la Silla, y el 21 de marzo de 1891, mi general Díaz develó una estatua de Benito Juárez que se encuentra en Palacio Nacional. Hay una placa debajo de la estatua, que dice: “Los cañones quitados en 1860 por el ejército liberal a las tropas del partido conservador en las batallas de Silao y Calpulalpan y fragmentos de los proyectiles disparados por la artillería francesa contra Puebla de Zaragoza durante el sitio de 1863 dieron el metal con el que se fundió esta estatua.”

Don Benito Juárez habría de sucumbir, víctima de una angina de pecho, antes de terminar su último periodo presidencial.

Ésta es la biografía más común de don Benito, pero aquí ya lo tenemos elevado a la categoría de Mito. Juárez fue mucho más que un mito: fue un Hombre.

Lo primero que podemos decir sobre don Benito, para comenzar a ubicarlo en su justa dimensión, es que para llegar a ser Presidente de la República tuvo que dejar de ser indio. No me refiero a que le molestara el hecho de ser prieto, feo y chaparro (don Benito se sentía orgulloso de su origen), sino que, para competir con blancos, criollos y hasta con mestizos, y ser mejor que todos, sólo tuvo un arma: la educación. Podemos decir que, en el momento justo en que Benito Juárez se convirtió en el Abogado Benito Juárez, dejó de ser indio para siempre, y se convirtió en un ciudadano mexicano.

Juárez nunca regresó a Guelatao. Ni siquiera tuvo conmiseración con los indios: cuando aplicó las leyes de Reforma, no sólo afectó a la Iglesia, sino a la propiedad comunal indígena, que se fraccionó en favor de latifundistas, originando con ello que los indios tuvieran que convertirse en peones acasillados, que a su vez fueron explotados por los hacendados porfiristas. A don Benito no sólo no le tembló la mano para obligar a las comunidades indígenas a ceder sus tierras: cuando era necesario impuso la Ley a sangre y fuego.

Se dice que se casó con la hija de su antiguo patrón, una muchacha de raza blanca. Pero no, la verdad es que Margarita Maza era hija de Antonio Maza, sí, pero no era legítima ni natural (¿hay hijos artificiales?) sino “expósita”, como lo aclara su fe de bautismo. Adoptada, pues. Es de comprenderse que don Antonio, de ascendencia italiana, vería con desasosiego y malos ojos que su hija se casara con un pobre abogado indio, que “era muy bueno” en palabras de doña Margarita, pero quien le llevaba 20 años de edad y era, además, viudo y con dos hijos. En cambio, como no era su hija “verdaderamente” pues aceptó de buen grado el matrimonio, el cual fue muy feliz en términos amorosos. Don Benito no quería “tiernamente” a su esposa, no, la quería “apasionadamente” y con un amor más ardiente que una plancha que lleva una hora conectada. En una de sus cartas a Margarita, Juárez terminaba así: “tu esposo que te ama y te desea” lo que en esa época era casi equivalente a decir “espérate a que llegue a casa y me vas a tener que decir que pare porque no podrás dejar de chillar.” El matrimonio Juárez Maza pasó penurias y privaciones, cierto, pero también, luego del triunfo de la República en 1857, vivió en la prosperidad.

De haber vivido más, don Benito seguramente hubiera seguido sentado en la Silla. Estuvo 14 años y medio sentado en ella, y de no ser por la angina de pecho que lo mató, hubiera seguido ahí arriba. Ese fue un rasgo que del que lo acusaban sus detractores, incluso quienes pertenecían a su mismo partido. Amaba el poder y lo ejerció sin importarle la democracia ni las críticas en su contra. Pero –porque siempre hay un pero– fue al mismo tiempo un respetuoso absoluto de la libertad de imprenta y de pensamiento. Soportó las más furiosas y groseras diatribas que en la prensa de la época le endilgaban, le importó una chingada el número de caricaturas políticas que le dedicaron, y respetó las decisiones desfavorables que emitían los poderes legislativo y judicial y que impedían sus planes y proyectos. Porque, por más amante del poder que haya sido, Benito Juárez no fue autoritario ni despótico. Simplemente le gustaba la Silla.

De haber vivido en el siglo XX o en el Siglo XXI, Juáres hubiera sido tachado como neoliberal o como globalizador. Pero como vivió en el siglo XIX, es simplemente liberal. Don Benito sabía que la libre competencia y la libre empresa son los pilares económicos del liberalismo. Promovía, con un entusiasmo digno de mejores causas, que los particulares pudieran generar riqueza, y por tanto, sabía que al Estado sólo le correspondía velar por la seguridad de “sus intereses”: no de los del Estado: de los ciudadanos. Gracias a él, México tuvo una poítica abierta de atracción de inversión extranjera y de inmigración, pues aseguraba que México necesitaba de “capitales y personas laboriosas de otros países.” Y aún con la firma del Tratado McLane-Ocampo, en el cual había razones políticas para hacerlo, existían poderosas razones económicas que el gobierno mexicano no se atrevió a proclamar: el tratado “produciría un acercamiento comercial entre los dos países.” Era como un TLCAM del Siglo XIX.

Juárez tampoco era una perita en dulce ni mucho menos paternalista: simplemente no creía en las bondades del paternalismo, y sostenía la tesis de que todos debían rascarse con sus propias uñas. Quizá por esta razón, las únicas veces que decidió apoyar obras de caridad social, fue cuando impulsó la fundación de la escuela de ciegos y del hospicio de pobres, en la Ciudad de México. Al mismo tiempo, fue muy enfático en señalar como una de las causas del atraso nacional, “a la multitud de pensionistas que pretenden vivir sobre el erario como los retirados, cesantes, jubilados, viudas y otras denominaciones”, es decir, rechazaba la tesis de que “vivir fuera del presupuesto, es vivir en el error.” Si hoy Juárez levantara la cabeza…
Don Benito nacionalizó los bienes de la Iglesia. Si lo vemos desde un punto de vista puramente económico, hizo bien: era necesario fraccionar y hacer circular la propiedad raíz concentrada en pocas manos. Juárez dijo que los expropió por la necesidad militar de castigar a los conservadores en su principal fuente de ingresos. ¿Lo hizo en beneficio del pueblo? No. Los bienes nacionalizados se remataron al mejor postor, a precios irrisorios aún para la época, y fueron adquiridos por quienes serían más adelante los terribles latifundistas de la época porfiriana. El alcance del decreto de exprtopiación fue tal, que nacionalizó bienes que la Iglesia tenía en administración pero que no le pertenecían, como los que habían sido legados de cientos de difuntos para el sostenimiento de obras piadosas y de caridad.

Pero don Benito no era un comecuras, no, señores. Don Benito, a pesar de su fama de libre pensador y hasta de ateo, era un fervoroso guadalupano. Cuando era gobernador de Oaxaca, asistía a las procesiones en honor de la Virgen de Guadalupe, una de sus hijas se llama Guadalupe, decretó como día festivo el 12 de diciembre, el jueves y viernes de la “Semana Mayor” o Semana Santa (ahora ya saben por qué los mexicanos nos vamos de vacadiones en esa época), el jueves de “Corpus” y Navidad. Es más: sólo hubo una orden eclesiástica que se libró de la nacionalización: la Basílica de Guadalupe. Recordemos que su lema era “Dios y Libertad” y que la Constituci�n de 1857, que Juárez juró defender, comienza con la frase: “En el nombre de Dios y con la autoridad del pueblo mexicano.” Incluso, dado que los sacerdotes ya habían perdido gran parte de sus privilegios, Juárez quiso devolverles a los sacerdotes el derecho a votar, pero se lo impidieron.

Aunque a Juárez se le haya construido una fama de guardián de la legalidad, porque aplicó rigurosamente la ley en contra de sus adversarios, la aplicó de manera discrecional: “a los amigos, justicia y gracia; a los enemigos, nada más justicia.” Don Benito llegó a la Presidencia porque no quiso apoyar a Ignacio Comonfort, quien deseaba reformar la Constituciñon; luego, 10 años después, Juárez intentó reformarla tal y como lo había sugerido Comonfort. Mientras tanto, durante la “gran década nacional”, que no es otra cosa que la Intervención Francesa, gobernó con facultades extraordinarias, sin tomar en cuenta a la Constitución; por eso, como la Ley Suprema lo obligaba a dejar la Presidencia en 1865, decidió no hacerle caso y prorrogar su mandato, y muy a pesar de que la misma Carta Magna prohibía la pena de muerte por delitos políticos, aprobí la ejecución de Maximiliano, quien cometió el delito de usurpar el gobierno del país, lo cual es claramente un crimen político. Juáres lo aprobó porque Maximiliano lo hixo con el apoyo de otra potencia, lo cual lo convertía en Crimen de Guerra. Juárez, un legalista y un profundo conocedor del Derecho, quiso modificar la Constitución mediante un procedimiento no previsto en ella. Por supuesto, lo objetaron y no pudo hacerlo. En cambio, un aspecto poco conocido es que reconoció los actos jurídicos entre particulares y entre el gobierno y los ciudadanos, realizados en la época del segundo imperio mexicano.

Yo ya hice mi parte. Nadie soy para juzgar a don Benito. Pero ustedes, damas y caballeros, pueden darme algunos veredictos…

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