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Oh, l’amour, l’amour

February 16th, 2006 | Filed under Uncategorized.

Hace un par de días fue catorce de febrero, día del amor y de la amistad para la gran mayoría de mis conciudadanos, entre los que se incluyen mis hermanas Cataclísmica y Holocáustica, mis hermanos Lord Ed y Bill Matraca, y mi señora esposa Lilith. La excepción somos quienes celebramos el día del amor y la amistad… y la fundación de Guadalajara.

Generalmente me he librado de las aglomeraciones resultantes de éstas fechas porque Lilith, en su papel de Jefe de Médicos, tiende a no tomarse los días de fiestas y en cambio acumular días en temporada baja para irnos a vacacionar de manera más económica, y ayer no fue la excepción. Holocáustica hizo lo mismo, en tanto que Cataclísmica se fue con su novio actual a cenar y a bailar, aprovechando que se podía y que mi cuasicuñado tenía presupuesto disponible. Will no tiene actualmente ni perrito que le ladre, lo cual implica que se la pasa con una sonrisa de oreja a oreja, y puede llegar a la casa con un six de cervezas y una pizza familiar para ver las Olmpiadas de Turín en total paz y tranquilidad. Pero Lord Ed… Lord Ed es neoyorkino.

El muchachón llegó el lunes en la noche con cara de preocupación a la casa de este humilde narrador: por más que había buscado un restaurant medianamente fino y al alcance de su presupuesto, todos estaban totalmente llenos. Y él quería que este 14 de febrero, en el que cumplía exactamente dos años desde que se ligó –digo– se hizo novio de mi cuasicuñada Lily Marlene, fuera bastante especual, por el simple hecho de que quería proponerle matrimonio.

Lilith inmediatamente tomó cartas en el asunto. Convocó a reunión general de la sección romántica de la familia, es decir, Cata, y Holy, y planearon todo con lujo de detalles mientras Ed, y un servidor devorábamos un platón de macarrones con queso que yo había preparado en un instante, pues si me atengo a que las muchachas terminen de discutir, en vez de cenar hubiéramos desayunado.

La cosa terminó de la manera más sencilla posible para el poco tiempo del que disponíamos: montaríamos una mesa en el patio de la oficina de Ed, colocaríamos mantel y servilletas de lino, un candelabro de plata con tres velas, herencia de mi suegra, la vajilla china de la dinastía Zen (¿o sería de Talavera?), las dos mejores sillas de madera labrada de casa de mis padres, el estéreo de Jay con música romántica (y no quedó muy convencido mi hijo sobre esa idea), un frorero de cortal cristado (digo, cristal cortado) con rosas de los altos (no de los Altos de Jalisco, no: de los altos de los semáforos, por la urgencia) y una cena sencilla de tres tiempos, cocinada por un servidor de ustedes en persona, vestido con mis mejores galas de chef: soupe d’oignon como entrada, filet au poivre como plato principal y crèpes suzette a la flamboyant como postre. Y como digestivo, como era ocasión especial, mi última botella de vino de hielo Reil Vidal. El anillo de compromiso, evidentemente, en su estuche de terciopelo negro, perfectamete pulido, sin ninguna huella humana. Lord Ed sería llamado de la oficina con carácter de urgente a las 9:00 de la noche, justo al recoger a Lily Marlene para ir a cenar, y tendría que desviarse a la oficina. Sellamos el pacto con un apretón de manos, y Ed se fue ligeramente más calmado.

Y llegó la noche siguiente. Todo muy bien, excepto que las cosas para preparar la cena ya no estaban disponibles, porque (caray) porque alguien se las había comido antes. Tengo fundadas sospechas de Kiddy the Bill o de Cataclísmica, y probablemente pueda incluso meter a la lista de sospechosos a mi perra. Para mi mala fortuna, me enteré de esa situación a las ocho de la noche, cuando la cena era a las nueve. También me enteré de que nadie había ido por las silals de la casa de mis padres ni por el candelabro a casa de mi suegra, y que el único mantel de lino que había en mi casa tenía una mancha de algo sospechosamente similar a chocolate. No me quedó más remedio que avisarle a Ed que el plan de la cena de tres tiempos quedaba cancelado ante la impetuosidad de la situación, y que a cambio me vería obligado a ofrecerles una cuidadosa selección de finos platillos italianos. Acto seguido, revisé mi despensa y lo único que me encontré no me dejaba preparar gran cosa.

Pero soy hombre de recursos, y ante tan crítica situación se me ocurrió mandar a Moños, Jay, Ana y Pecas a la tienda a comprarme algunos ingredientes mientras yo preparaba mi mundialmente desconocida masa para pizza. Mientras tanto, Bill, que era el único que estaba disponible, subía la única mesa pequeña que teníamos disponible en la oficina, le colocaba un mantel cuadriculado como de restaurante italiano, colocaba un par de velas sobre otras tantas botellas vacías, colocaba un servilletero, y dos de las sillas menos dañadas del salón comedor, y ponía un par de platos que decían Forza Italiana en los bordes. Todo tenía un aspecto de restaurante siciliano de mala muerte, al grado tal de que sólo faltaba Sonny Corleone para sentirse en el barrio italiano de Nueva York.

Evidentemente no pensaba yo crear una pizza para una cena romántica a la luz de las velas. Pensaba más bien en un calzone pugliese, flanqueado por unos pocos panzarotti y un risotto Risotto alla parmigiana, aprovechando la feliz circunstancia de que tenía mucho queso disponible. Y caray, así lo preparé.

Quien no haya probado un auténtico calzone italiano puede decir que es simplemente una pizza doblada a la mitad. La verdad es un pco más compicada, aunque la receta básica sí se parece mucho. Pero los ingredientes son diferentes, empezando por los tipos de queso que se utilizan, ya que el calzone lleva queso proscioutto, ricotta y mozarella, que lo asemejan en sabor más a una lasaña que a una pizza Margherita.

Como sea, para cuando Lily Marlene y Lord Ed legaron a la oficina, yo me encontraba aún en atavío de chef (incluyendo mi gorro alto) y en mi más puro acento siciliano le grité a Ed que era un pezzonovante, ante lo cual Lily Marlene se limitó a reir. Acto seguido, los senté, le pregunté a Lily si quería algo en especial para beber y cuando me dijo que tomaría lo que Ed bebiera, me limité a preguntarle a Ed en italiano si debía destapar el vino de hielo, un chianti o si bastaría con la botella de Padre Kino tinto que guardo para las emergencias. Para mi sorpresa, y contestándome en su escaso italiano, Ed pidió el Padre Kino, siempre y cuando lo presentara en la botella de vino de hielo.

Hice una reverencia, me retiré a realizar el fraude –digo– presentar el vino, descorché la botella (recuerden que la acababa de encorchar), les serví una copa, Lily lo probó, dijo que era el mejor vino tinto que había probado en su vida, a lo cual le dije un piropo en italiano (que no entendió).

Regresé unos segundos después del tercer brindis para servirles un poco de risotto, que no es por mentir, pero me quedó bastante bueno para haberlo hecho con tanta prisa y sobre todo, con arroz instantáneo.

Acto seguido, les serví dos panzarotti a cada uno, y lo acompañé con un poco de queso parmesano recién rallado y un poco de salsa de tomate especiada. No sé si fueron las prisas, pero los panzarotti parecían más ravioles grandes que calzone pequeños. Como sea, eso permitió que mis calzone pasaran un poco más de tiempo en el horno y tomaran un delicioso color dorado claro, y cuando los serví acompañados de una salsa de tomate a las finas hierbas especiada con chile guajillo, queso mozarella desmenuzado, y un poco más de parmesano por encimita, como si fuera nieve, hasta a mí se me antojó.

Lamentablemente, no dejaron ni las sobras, y a punto estuvieron de no comer postre, un helado (napolitano, como se habrán de imaginar) con una cucharadita de crema chantilly y una pasita con chocolate en lugar de cereza (porque no tenía). Un éxito. Rellené la botella de vino de hielo con Padre Kino así como quien no quiere la cosa y me retiré, dejando a la pareja sola para que Ed llevara a cabo la segunda parte de su plan.

Como no podía yo regresar, dado que ya había anunciado mi retiro, envié al Ejército de Liberación de Guagaguengue al rescate, a pesar de lo elevado de la hora (poco importaba, porque la señora Fuego estaba celebrando con su marido, y sus niñas seguían en mi casa a las diez u media de la noche). Los niños recogieron el servicio de mesa con gran rapidez y sin romper un plato, tal como se espera cuando hay premio de por medio (helado napolitano en este caso). La música empezó a sonar, y según Lord Ed, cuando tras la tercera pieza fue al estéreo a cambiar el disco, regresó con el anillo de compromiso, e hizo La Pregunta, Lily Marlene se puso a dar saltitos de alegría y a decir que sí repetidas ocasiones, para a continuación besarlo y volver a decir que sí.

Un final feliz. Ya me hacía falta…

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