La Guerra Británico-Americana
December 31st, 1969 | Comments Off | Filed in UncategorizedPocas cosas son tan olvidadas en nuestros países que le rezan a la Virgen María en español (es decir, del Bravo hacia el sur) como la Guerra Británico Americana de 1812.
Ésta fue, sin temor a equivocarme, la primera vez que un país europeo invadía a una nación independiente en América: recuérdese que los Estados Unidos adquirieron su independencia en 1784 (y no en 1776, que fue cuando firmaron la declaración de independencia).
No sólo eso: no habían pasado ni siquiera treinta años desde que los estadounidenses habían adquirido la independencia y ya estaban enfrascados en una guerra contra una de las potencias más fuertes del mundo. El resultado fue obvio: los estadounidenses perdieron de una manera total y absolutamente deshonrosa. Mas no por la superioridad inglesa.
Si hemos de conocer los hechos que llevaron a ésta guerra, encontramos, además de la codicia estadunidense, a los conflictos napoleónicos. El prestigio de los múltiples triunfos de Napoleón Bonaparte hizo pensar a muchos estadounidenses que los ingleses llevaban las de perder. Y es que, a todas luces, los ingleses no quedaban muy bien parados, y se limitaban a bloquear el continente con su flota. La lucha en el mar era violenta y costosa para ambos lados. Y los americanos, apoyados en la bandera de la neutralidad, comerciaban con ambos lados y obtenían jugosas ganancias ignorando el bloqueo.
Y mientras más duraba el conflicto, los ingleses se metían en serios problemas, hasta llegar al extremo de prohibir a los yanquis ejercer ese negocio e incautar barcos estadounidenses. Esta situación arruinó a varias empresas navieras de Nueva Inglaterra. (más tarde, cuando los británicos requerían tripulantes para sus naves, abordaban en cualquier sitio buques yanquis y hacían abordar por la fuerza a los marines ingleses).
Si a eso le agregamos que los estadounidenses pensaban que expandirse era no sólo una opción, sino un deber patriótico, tendremos servido el plato para una guerra. Hemos de recordar que Estados Unidos acababa de comprar Louisiana, operación que volcó las simpatías yanquis hacia el lado de Francia, hundiendo, de paso, a los ingleses. (A causa de que la determinación de vender la Louisiana la tomó Napoleón mientras se bañaba, se dice que la guerra de EUA contra Inglaterra comenzó en una bañera). Ya S.M. Lipset lo dice: “Los estadounidenses no lo saben, pero los canadienses no olvidan que dos naciones, no una, surgieron de la revolución americana”. Thomas Jefferson, en ese entonces presidente de los Estados Unidos, cree a pie juntillas que conquistar Canadá es cosa de simplemente marchar hacia esos territorios, incluido Québec, y tomarlos. Eso, dice, les dará experiencia para poder expulsar finalmente a los ingleses de Halifax y después del continente. Es sólo cosa de iniciar la expansión hacia el Norte.
La manera en que los yanquis se deciden a expandirse comienza con los indios. Los especuladores de tierras y los comerciantes de pieles poco a poco los acorralan y ellos se rebelan a hacer más transacciones con llos norteamericanos. Entonces, al carecer de medios legales que les permitan expandir sus tierras, los yanquis recurren a trucos sucios.
De ellos, el mayor hijo de la chingada (en este caso no es sólo la Historia quien lo juzga, lo juzgo yo en persona) fue el general William Henry Harrison, en ese entonces gobernador de Indiana. Harrison trata con unos indios irresponsables y simula la compra de extensos territorios, que resultaron ser los campos de caza de un jefe indio, Tecunseh. A continuación Harrison encabeza una fuerte columna militar y marcha a tomar posesión de esas tierras. Tecumseh no era un alma de dios: era un guerrero orgulloso y valiente, que luchaba por lo que le pertenecía a él y a su pueblo. Harrison, sin embargo, tiene las armas y la fuerza de los números: en Tippecanoe Harrison se enfrenta con Tecumseh, lo vence y hace una feroz carnicería con su gente. ¿Qué hizo Harrison para justificarse? Inventó que Tecumseh se había aliado con los ingleses para despojarlo de lo que "legalmente" le pertenecía. Así, de una plumada, convirtió su crimen en un acto heróico. De este modo, se transformó en el héroe de Tippecanoe y muchos llamaban por ese nombre a Harrison.
La guerra comenzó de una manera absurda. Poco después que el barco de guerra inglés ‘Leopard’ abordó en alta mar al ‘Chesapeake’, yanqui, con intención de registrarlo (el comercio con Francia estaba ya prohibido) la crisis se agravó. Entonces el Presidente envió al Congreso un informe detallando la situación y dando cuenta de 6.057 casos de enlistamientos ilegales, hechos por los ingleses, de ciudadanos norteamericanos para servir por 3 años en la escuadra real.
Al fin, la guerra fue declarada el 18 de junio de 1812. Inglaterra se indignó, y con justa razón, sintiéndose apuñalada por la espalda, en medio de una lucha que ella consideraba sagrada: la de combatir a Napoleón. Las ‘razones’ de la guerra, oficialmente, fueron los deseos de reemplazar a los colonialistas británicos y españoles. Harrison fue el agente provocador más importante.
No sólo eso: poco tiempo después, los ‘conquistadores del Canadá’ comenzaron una serie de pequeñas batallas en las cuales, una tras otra, los impacientes, mal entrenados y peor dirigidos soldados estadounidenses, a pesar de la superioridad numérica, fueron vencidos o se retiraron desordenadamente. Ni siquiera fue una guerra en forma. James Wilkinson, el general de brigada más antiguo, carecía de capacidad para el mando (no sólo eso: fue cómplice de Aaron Burr y traicionó a los Estados Unidos vendiéndose a España). Otro general de brigada, William Hull, con experiencia en la Revolución, donde llegó a coronel, ya estaba muy viejo y achacoso. (El viejito se entregó en Detroit sin disparar un tiro). Sin ánimo para luchar, las heterogéneas e indisciplinadas tropas no pudieron conquistar Canadá. Ni siquiera pudieron entrar a ese territorio.
Así iban las cosas, derrota tras derrota, y por default, en una guerra donde todas las ventajas eran yanquis, ya que los ingleses estaban muy ocupados en Europa para darle la menor importancia al conflicto americano. Y en cuanto cayó vencido Napoleón, Gran Bretaña envió un ejército a la región de los Grandes Lagos para reforzar la defensa del Canadá. Acto seguido 5,000 soldados ingleses desembarcaron cerca de Washington sin encontrar ni la más pálida resistencia entre los militares, superiores en número. En Bladensburg, los defensores apenas perdieron 10 hombres y llevaban otros 40 heridos, cuando huyeron desordenadamente hacia la capital. Incluso hay crónicas de la época que afirman que muchos ingleses sufrieron insolación intentando alcanzarlos.
Washington ni siquiera tivo defensa. Las autoridades huyeron gritando "sálvese quien pueda", y los ingleses entraron como Pedro por su casa. Bueno, si hasta un par de locos, que la Historia consigna simplemente como Crochano y Ross, se dieron el lujo de incendiar la Casa Blanca y otros edificios públicos, sin que nadie dijera ni pío.
Así, con Washington en poder del enemigo y con sus fuerzas en una retirada sumamente vergonzosa, los norteamericanos se rindieron. El 25 de diciembre de 1814 se firma la paz en Gante, Bélgica.
Para hacerle justicia a quien justicia merece, el acto de cobardía de William Harrison se descubrió varias generaciones después, luego de que varios investigadores demostraron la verdad de su turbio negocio de tierras, aclarando de una vez por todas que los ingleses nada tuvieron que ver con el comportamiento del pobre Tecumseh. Tan tarde se zanjó esta cuestión, que el ‘héroe Tippecanoe’ alcanzó a explotar su prestigio (y sus propiedades), llegando a ser el Presidente de los Estados Unidos en 1841, siendo ya anciano. Para fortuna del mundo, Harrison murió a un mes de asumir el cargo.