Zoaltines y tragones
Publicado por Don Pastrami el 01/06/2008, a las 11:53:08 am. y etiquetado como Descategorizados. Este artículo tiene cero comentarios.Ubíquese usted, estimado lector, y usted, estimada lectora, en la Guadalajara de antes de la Revolución, allá por cuando el siglo estaba a punto de cambiar. En ese tiempo, cuando la moral y las buenas costumbres eran férreas y las suegras eran tan peligrosas como los suegros, pero sin barba, había pocas oportunidades de demostrarle a la persona amada que uno estaba cual plancha que se había quedado demasiado tiempo en el carbón caliente.
Para ello, la sociedad tapatía utilizaba el zoaltín, que era una curiosdad bastante curiosa, compuesta por masa de maíz, chocolate, azúcar y una pizca de canela. La confección resultante se convertía en bolitas, que se enhebraban en un collar y se vendían como pan caliente en la Alameda, el Mercado Libertad y en general todo el primer cuadro de la ciudad. La estrategia era muy sencilla. El galán adquiría un zoaltín, y lo ofrecía a la persona amada. La muchacha en cuestión tomaba el zoaltín, miraba al muchacho, y tenía tres opciones.
La primera, tirar el zoaltín. Esto implicaba decir de una manera correcta y formal que su corazón ya le pertenecía a alguien más, o dicho de otra forma: “Todos mis huesitos ya le pertenecen a otro.” Otra opción era decir “Ni aunque fuera usted el único hombre sobre la faz de la tierra dejaría que mi perro retozara cerca suyo” o bien “estás más feo que un perro sarnoso.”
La segunda, aceptar el zoaltín. La chica podía olerlo o incluso colocárselo (pues el zoaltín es un tanto duro, con una consistencia a medias entre una galleta y un tamal, y sin soltar migajas), lo cual quería decir “Pues mal partido no eres. Veamos cuántos pesos tienes en casa y si le caes bien a mi mamá, mi papá y mis tías, y ya veremos si te dejo que vengas a casa los jueves de 5 a 7 a visitarme, acompañada y de una persona de confianza para que no pienses en raptarme y huir conmigo a tierras lejanas donde nos casaremos y tendremos una familia grande y feliz, rodeada de enormes parcelas y con muchos cabalos, vacas y pollitos.” Es que en ese tiempo las muchachas tapatías eran muy románticas. Por supuesto que al muchacho que le aceptaban el zoaltín se volvía loco de amor, se iba a una cantina a celebrar con rompope o moscatel y trazaba planes para lograr que alguien de la familia de la chica lo presentara, y poder adquirir derechos de visita los jueves de 5 a 7, donde planearía el rapto de la chica para poder huir a tierras lejanas donde se casarían tendrían una familia grande y feliz, rodeados de enormes parcelas y con muchos caballos, vacas y pollitos. Es que en ese tiempo los muchachos tapatíos enamorados eran medio brutos. Hay cosas que no cambian.
La tercera opción, tal vez la más importante, y el sueño de todo elemento tapatío de aquella época, era que al ofrecer un zoaltín a la persona amada, la persona amada tomare el zoaltín, y le plantara un mordisco enfrente de todos. Al zoaltín. Eso, damas y caballeros, era amor del bueno: El joven enamorado sentía desfallecer, y se iba de inmediato a la cantina a celebrar con rompope o moscatel, y a veces con ambos, para buscar a alguien que lo presentara a la familia de la chica en cuestión, pues le urgía tener derechos de visita los jueves de 5 a 7, para poder convencer a los padres de la chica que era un buen partido para ella. Al cabo de cinco años de visita, el joven, acompañado de sus padres, pedía la mano de la muchacha. La futura suegra lloraba un poquito, el futuro suegro, con gesto adusto, indicaba que los tiempos no eran los adecuados, que era preferible esperar un poquito más, y que las relaciones apresuradas no llevaban a ningún lado, pero igual terminaba concediendo no sólo la mano sino a toda la muchacha.
Pues bien, todo esto me ha venido a la mente, además de para dar a conocer un poco más sobre la sociedad tapatía de antaño y hogaño, por los curiosos esfuerzos de mi hermana Cataclísmica de insistir en aparejar a mi compadre Quoth con una chica japonesa, muy mona ella, eso lo puedo asegurar por experiencia propia; aunque en realidad parece que ninguna de las dos partes está muy interesada en la otra, a juzgar por el hecho de que en 4 meses Cata no ha logrado que salgan ni una sola vez. Esto me recordó la prueba del zoaltín: si estando a principios del siglo pasado Quth le hubiese ofrecido un zoaltín a Tomoka, ella se lo hubiera comido, sin dudarlo, sin necesidad de pensar en los puntos uno, dos o tres descritos anteriormente, y Quoth habría pensado en por qué demonios lo habrían obligado a darle algún zoaltín a una chica que caminaba con su novio al lado.
Cata no pierde la esperanza, pero me temo que en este momento tratar de aparejar a Quoth es como tratar de hacer que una mula beba agua cuando no tiene sed.
Por cierto, esta vez sí me llegó mi permiso de migración. Ya es oficial. Los Maybrick regresamos a Vancouver.
